El bullicio de Harrods era un contraste violento con el silencio sepulcral que solía reinar en la suite del penthouse. Luciana caminaba con una elegancia natural, moviéndose entre los estantes de perfumes caros y telas importadas como si fuera la dueña del mundo, o al menos de esa pequeña parcela de lujo. Yo, en cambio, me sentía como una intrusa. Cada vez que mis dedos rozaban una prenda que costaba más de lo que mi familia ganaba en un año, sentía un pinchazo de culpa en el pecho.
—Necesitas dejar de mirar las etiquetas de los precios, Lara —me dijo Luciana, sacándome de mis pensamientos mientras sostenía un vestido de seda color perla frente a mí—. Para hombres como Máximo o Aldo, el dinero no es un recurso, es una herramienta de control. Si no lo gastas, ellos sienten que no te poseen lo suficiente. Así que, por el bien de tu salud mental, gástalo todo.
Le dediqué una sonrisa forzada, pero mi mente seguía en otro lugar. Seguía en el coche. Seguía en el roce de los dedos de Máximo y en la forma en que mi cuerpo había traicionado años de convicciones en apenas unos minutos de embriaguez.
Después de un par de horas recorriendo tiendas, Luciana pareció notar mi distracción. Me tomó del brazo y me guio hacia una pequeña terraza privada de una cafetería exclusiva, lejos de los oídos indiscretos de los compradores y de los guardaespaldas que nos seguían a una distancia prudencial.
—Estás demasiado callada, incluso para ser tú —dijo Luciana una vez que nos trajeron el té—. Y tienes ese brillo de confusión en los ojos que solo aparece después de una noche... interesante. ¿Qué pasó ayer después de que nos fuimos?
Sentí que el calor subía de nuevo a mis mejillas. Tomé la taza de té con ambas manos, buscando refugio en el calor de la porcelana.
—Bebí demasiado vino —confesé, bajando la vista—. Mucho más de lo que debí.
—Eso lo noté antes de irme. Estabas llamando «abuelo» al hombre más peligroso de Europa —rio Luciana, pero luego su expresión se volvió seria—. ¿Y qué más? El vino suele quitar las inhibiciones, pero no crea sentimientos que no existan de antemano.
Solté un suspiro largo, sintiendo que si no hablaba con alguien, iba a terminar perdiendo la razón.
—Pasó algo en el coche —susurré, sintiendo una punzada de vergüenza—. Yo... yo me acerqué a él. Lo besé. Y no fue un beso cualquiera, Luciana. Fue algo... oscuro. Algo que me hizo sentir cosas que no debería sentir. Él me tocó y yo no lo detuve. Al contrario, quería más.
Hice una pausa, apretando los dientes para evitar que las lágrimas de frustración salieran.
—Me siento como una hipócrita. Toda mi vida me preparé para el convento. Pasé años orando por la pureza de mi alma, alejándome de cualquier tentación. Y ahora, de repente, este hombre llega y derriba todo lo que soy con solo una mirada. Me siento sucia, Luciana. Siento que he traicionado a Dios, a mis votos y a mí misma. Pero lo peor de todo... lo que más me aterra... es que una parte de mí quiere que vuelva a pasar.
Luciana dejó su taza sobre la mesa y me miró con una compasión que me desarmó. No había juicio en sus ojos, solo una comprensión profunda y vivida.
—Lara, escúchame bien —dijo con voz suave—. No eres una hipócrita. Eres una mujer. Durante dieciocho años te enseñaron a reprimir tu naturaleza, a creer que tu cuerpo es un pecado y que el deseo es una mancha. Te encerraron en una idea de santidad que no deja espacio para la humanidad. Pero lo que sentiste anoche no fue obra del demonio, fue tu propio cuerpo despertando.
—Pero él no es un buen hombre —rebatí desesperada—. Es violento, es arrogante, tiene a otras mujeres... ¡Me chantajeó con la vida de mi madre! ¿Cómo puede estar bien sentir deseo por alguien así?
Luciana asintió, reconociendo la validez de mis palabras.
—Tienes razón, no es un buen hombre bajo los estándares comunes. Pero en nuestro mundo, la moralidad es un lujo que no siempre podemos permitirnos. ¿Está mal sentir deseo por él? No. Es una respuesta biológica a un hombre que emana poder y protección, aunque esa protección sea una jaula. El deseo no pide permiso ni revisa el currículum moral de nadie. Simplemente sucede.
—¿Entonces está bien sentirse así? —pregunté, sintiendo un hilo de esperanza mezclado con temor—. ¿No voy a ir al infierno por desear a mi esposo, aunque sea un monstruo?
—Si existiera un infierno para las mujeres que desean a hombres complicados, todas estaríamos allí, Lara —contestó ella con una sonrisa triste—. No te castigues por ser humana. La culpa es la cadena más pesada que nos ponen. Si sigues luchando contra lo que sientes con esa ferocidad, terminarás rompiéndote. Tienes que aprender a aceptar que puedes odiar lo que él hace y, al mismo tiempo, desear lo que te hace sentir. Son dos verdades que pueden coexistir.
Me quedé en silencio, procesando sus palabras. El peso en mi pecho no desapareció, pero se volvió un poco más ligero. Era la primera vez que alguien me decía que mis sentimientos no eran una aberración.
—Tengo miedo —confesé—. Tengo miedo de que, si me rindo a este deseo, pierda mi esencia. Miedo de que la Lara que quería servir a Dios desaparezca y solo quede una mujer vacía que vive para los caprichos de Máximo.
—La Lara que quería ser monja ya murió en el momento en que firmaste ese contrato —dijo Luciana con una franqueza que me dolió, pero que necesitaba escuchar—. Pero eso no significa que la nueva Lara tenga que estar vacía. Puedes usar ese deseo como un arma, o como un refugio. Si aprendes a disfrutar de la pasión que él despierta en ti, le quitas un poco de poder sobre tu sufrimiento. No dejes que el sexo sea solo una herramienta de dominio para él; conviértelo en algo que tú también disfrutas.
—Él me dijo esta mañana que no le pidiera perdón a Dios —recordé, sintiendo un escalofrío—, porque antes de que este viaje termine, voy a sentir mucho más.
—Y tiene razón —asintió Luciana—. Máximo no se detendrá hasta haberte explorado por completo. Es un hombre que devora lo que posee. Mi consejo es que dejes de ver esto como una batalla entre el bien y el mal. Míralo como una exploración de ti misma. No eres una santa, Lara. Eres una mujer joven con un cuerpo que está descubriendo su propio lenguaje. No hay pecado en el placer, incluso si el hombre que te lo da es el diablo.
Pasamos el resto de la tarde hablando de cosas más triviales, pero sus palabras se quedaron grabadas en mi mente como una brújula en medio de la niebla. Al regresar al hotel, las bolsas de compras colgaban de mis brazos, pero lo que más pesaba era la nueva perspectiva que llevaba conmigo.
Entré a la suite y lo encontré allí. Estaba de pie en el balcón, de espaldas a mí, mirando hacia la ciudad mientras el sol comenzaba a ocultarse, tiñendo el cielo de un naranja sangriento. Se quitó el saco y se desabrochó los primeros botones de la camisa, revelando la tensión de sus hombros.
Mi corazón dio un vuelco. Esta vez no fue solo por miedo. Fue por esa pizca de deseo que Luciana me había dicho que no reprimiera.
Máximo se giró al escucharme entrar. Sus ojos, oscuros y penetrantes, me recorrieron con una intensidad que me hizo soltar las bolsas en el suelo. El aire en la habitación pareció volverse más denso de repente.
—¿Te divertiste gastando mi dinero, pequeña abuela? —preguntó con esa voz arrastrada que ahora me hacía vibrar por dentro.
Caminé hacia él, tratando de mantener la compostura, pero sintiendo cómo mis pensamientos puros luchaban su última batalla contra la marea creciente de mi curiosidad.
—Aprendí que el dinero no es lo único que se gasta en Londres —le contesté, sorprendiéndome a mí misma por el tono de mi voz.
Máximo arqueó una ceja, claramente intrigado por mi nueva actitud. Se acercó a mí con pasos lentos, deteniéndose justo frente a mí, atrapándome entre su cuerpo y el borde del sofá.
—¿Y qué más has aprendido, Lara? —susurró, inclinándose hacia mí.
Lo miré a los ojos, sintiendo el aroma a tabaco y deseo que emanaba de él. Recordé las palabras de Luciana: "No dejes que sea solo una herramienta de dominio para él".
—He aprendido que no necesito pedir perdón por lo que mi cuerpo siente —respondí, aunque mi voz temblaba ligeramente.
Máximo sonrió, una sonrisa que esta vez no tenía burla, sino una promesa oscura y profunda. Me tomó de la barbilla, obligándome a mirarlo.
—Me gusta esa lección —dijo antes de inclinar su rostro hacia el mío.
En ese momento, la Lara que rezaba en la capilla pareció quedar muy lejos, sepultada bajo los escombros de una vida que ya no existía. Y mientras sus labios rozaban los míos, supe que el viaje hacia el abismo apenas estaba comenzando, y que esta vez, yo no cerraría los ojos.