CAPITULO 15

2189 Words
La tensión en la suite era un hilo de seda a punto de romperse. Tras mis palabras, Máximo se había quedado a escasos centímetros de mí, su aliento rozando mis labios, sus ojos escaneando los míos como si buscara la grieta definitiva en mi armadura de santidad. Por primera vez, no retrocedí. Me obligué a sostenerle la mirada, sintiendo el pulso acelerado no solo por el miedo, sino por esa electricidad nueva y prohibida que Luciana había nombrado: deseo. Estaba dispuesta a dejar que sus labios reclamaran los míos de nuevo, a probar si la sobriedad era capaz de igualar el fuego de la noche anterior, cuando el mundo real decidió intervenir con la sutileza de un mazo. El timbre de la suite sonó. Fue un sonido estridente, fuera de lugar en la atmósfera cargada de la habitación. Máximo se tensó al instante. Sus manos, que hace un segundo acariciaban mi mandíbula con una posesividad casi tierna, se cerraron en puños. —Quédate aquí —ordenó con una voz que recuperó toda su dureza glacial. —¿Quién podría ser a estas horas? —pregunté, sintiendo un frío repentino al perder el calor de su cuerpo. Él no respondió. Caminó hacia la puerta con la mano instintivamente buscando el arma que guardaba en su sobaquera, aunque estuviéramos en un hotel bajo su control absoluto. Yo, impulsada por una curiosidad que empezaba a ser mi peor enemiga, no me quedé en el sofá. Me moví hacia el pasillo que conectaba la estancia principal con el recibidor, manteniéndome en las sombras, justo donde podía ver sin ser vista. Máximo abrió la puerta. Al principio, solo vi una silueta femenina recortada contra la luz del pasillo. Pero cuando ella dio un paso hacia el interior, sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Era ella. La voz del teléfono. La mujer que había causado que Máximo se quedara petrificado en medio del pasillo del hotel días atrás. Stella. No era en absoluto como la imaginaba. Había esperado a una mujer despampanante, llena de joyas y arrogancia, una versión femenina de Máximo. En cambio, vi a una mujer delgada, casi frágil, con una piel de una palidez enfermiza que contrastaba con su cabello oscuro. Sus ojos eran grandes y estaban cargados de una fatiga que me resultó dolorosamente familiar. Vestía una gabardina elegante pero sencilla, y sus manos temblaban ligeramente mientras sostenía un bolso pequeño. —¿Máximo? —su voz era un susurro quebrado, el mismo que había escuchado por el móvil. —¿Qué demonios haces aquí, Stella? —la voz de Máximo no tenía rastro de la pasión que me había mostrado minutos antes. Era una mezcla de furia, dolor y algo que me dolió reconocer: vulnerabilidad—. Te dije que no nos veríamos. Te dije que este capítulo estaba cerrado. —Lo sé... lo sé, pero no podía dejar que terminaras así. No después de enterarme de que estás aquí, en Londres, con... ella —Stella hizo una pausa, y sus ojos recorrieron la suite hasta que, por un segundo, parecieron fijarse en la sombra donde yo me ocultaba. —No tienes derecho a venir aquí. Ningún derecho —Máximo dio un paso hacia ella, no para abrazarla, sino para marcar una barrera—. Te envié dinero, te aseguré una vida lejos de mi padre. ¿Por qué arriesgarlo todo? Stella soltó una risa seca, que terminó en una tos leve. —¿Dinero? ¿Crees que el dinero importa cuando te han dicho que tus días están contados? Te llamé porque tenía miedo, Máximo. Miedo de morir sola sin que supieras que nunca quise ese dinero, que nunca quise dejarte. Sentí una punzada de náuseas. Estaba presenciando una confesión de amor y tragedia, un drama del que yo no formaba parte. Era la intrusa en mi propio matrimonio. La "niña", la "cría", la esposa por contrato, observando el reencuentro del hombre con el que acababa de compartir un beso abrasador y la mujer que claramente poseía su alma. Stella se acercó a él. Para mi horror, Máximo no se alejó. Ella puso una mano en su mejilla, y por un momento eterno, el gran Máximo Bernard, el hombre que disparaba a los pies de la gente para que se detuviera, cerró los ojos ante el contacto. —Mírame —suplicó Stella—. Sé que te casaste con ella por deber. Sé que ella es solo un peón de tu padre. Pero yo sigo aquí. Sigo siendo la misma Stella que... —No eres la misma —interrumpió él, abriendo los ojos. Su voz era ahora un hilo de agonía—. Mi padre te rompió, Stella. Y al hacerlo, me rompió a mí también. No puedo mirarte sin ver la sangre de nuestro hijo. No puedo tocarte sin recordar que no pude protegerte. ¿Hijo? ¿Sangre? El rompecabezas de su pasado se armaba frente a mí con piezas de horror. No solo habían sido amantes; habían compartido una pérdida que yo no podía ni empezar a imaginar. Me sentí pequeña, insignificante. Mis dudas sobre si "estaba bien sentir deseo" parecían ridículas frente al peso de su historia. —Pero estoy enferma, Máximo. El cáncer... —Stella comenzó a llorar abiertamente, y antes de que pudiera procesarlo, se lanzó a sus brazos. Máximo la rodeó. No fue un abrazo de amante, fue un abrazo de protección, de consuelo. Pero para mí, verlo sostener a otra mujer con esa intensidad, ver su rostro hundido en el cuello de ella, fue como recibir una bofetada helada que me devolvió a la realidad de un plumazo. Toda la charla de Luciana, todos mis intentos de "explorar mi deseo", se convirtieron en cenizas. Recordé el jet privado. Recordé a la asistente de vuelo. Y ahora esto. Máximo Bernard no era un hombre con el que se pudiera construir nada; era un hombre lleno de fantasmas que siempre tendrían más peso que yo. Yo solo era la sustituta, la niña de relleno necesaria para una herencia. La rabia, una rabia pura y ardiente que nunca había sentido, comenzó a hervir en mi pecho. Me harté de esconderme. Me harté de ser la espectadora pasiva de mi propia desgracia. Salí de las sombras con pasos firmes, el eco de mis tacones resonando contra el mármol del recibidor. —Vaya... espero no interrumpir un momento demasiado íntimo —dije con una voz cargada de un sarcasmo que me desconocí. Ambos se separaron de golpe. Stella me miró con sorpresa y una pizca de culpabilidad. Máximo, en cambio, recuperó su máscara de frialdad en un parpadeo, aunque sus ojos traicionaban una agitación profunda. —Lara. Te dije que te quedaras en la habitación —dijo él, su voz volviéndose autoritaria de nuevo. —Y yo te dije que no era una prisionera —respondí, caminando hasta quedar frente a ellos—. Hola, Stella. Soy Lara, la "escuincla" con la que se casó tu gran amor. Un gusto conocerte finalmente, aunque las circunstancias sean tan... melodramáticas. —Lara, por favor, ella no está bien... —intentó decir Máximo, dando un paso hacia mí. —¡No me toques! —le grité, retrocediendo como si su contacto me quemara—. No te atrevas a usar ese tono de protección conmigo después de lo que acabo de ver. ¿Esto es lo que haces, Máximo? ¿Me pides que me porte como una esposa, me compras teléfonos y vestidos caros, me besas en el coche hasta hacerme perder la cabeza, y luego traes a tu ex a nuestra suite para consolarla? —Ella tiene cáncer, Lara. No es lo que piensas —dijo él, tratando de mantener la calma, aunque vi la vena de su cuello latir con fuerza. —¡Me da igual lo que tenga! —mentí, aunque en el fondo sentía lástima por ella, la rabia era más fuerte—. No se trata de su enfermedad, se trata de ti. Se trata de que nunca me dijiste la verdad. Me tienes aquí como un adorno mientras tú sigues viviendo en un pasado lleno de sangre y de otras mujeres. Me pides lealtad, me hablas de honor, ¡y eres el hombre más desleal que he conocido en mi vida! Stella dio un paso atrás, abrumada por mi estallido. —Yo... yo no quería causar problemas. Solo necesitaba verlo. —Ya lo viste —le espeté, girándome hacia ella—. Ya viste que sigue siendo tu salvador. Ahora, si me disculpas, esta es supuestamente mi noche de bodas continua y me gustaría tener un poco de dignidad en lo que queda de ella. —Lara, basta —Máximo me tomó del brazo, esta vez con fuerza, obligándome a mirarlo—. No hables de cosas que no entiendes. Stella es parte de mi vida de una forma que tú nunca comprenderás. Esa frase fue el clavo final. “De una forma que tú nunca comprenderás”. —Tienes razón, Máximo —dije, mis ojos llenándose de lágrimas que me negaba a dejar caer frente a ellos—. Nunca lo comprenderé porque yo sí tengo principios. Yo sí sé lo que significa el respeto. Me dijiste que antes de que este viaje terminara sentiría mucho más... y tenías razón. Siento un asco profundo. Por ti, por este matrimonio y por la estúpida idea de que podía confiar en un hombre como tú. Me solté de su agarre con un tirón violento. Miré a Stella, que parecía a punto de desmayarse, y luego volví a mirar a Máximo. —Disfruta de tu visita. Pueden usar el sofá, la cama o el suelo, me da igual. Yo me largo de aquí. —No vas a ningún lado —rugió Máximo, pero yo ya corría hacia la habitación. Entré y cerré la puerta con llave, aunque sabía que él podría derribarla si quisiera. Me apoyé contra la madera, escuchando el murmullo de sus voces en el recibidor. Oí a Máximo llamar a seguridad, supongo que para que escoltaran a Stella a una habitación del hotel o a un hospital. Oí el silencio que siguió. Me dejé caer al suelo, abrazando mis rodillas. El vestido verde esmeralda, el collar, el perfume... todo se sentía como un disfraz barato. Luciana me había dicho que el deseo no revisaba el currículum moral, pero se le olvidó mencionar que el deseo duele el doble cuando se mezcla con la traición. Sentí una punzada de deseo traicionero incluso en ese momento de odio. Odiaba que, a pesar de todo, mi cuerpo aún vibrara por el recuerdo de sus manos. Me sentí sucia, pero no por el pecado s****l, sino por la debilidad emocional de haber empezado a creer en él. Pasaron los minutos, tal vez una hora. Finalmente, escuché pasos pesados acercándose a la puerta de la habitación. Unos nudillos golpearon la madera con suavidad, un contraste total con la violencia de antes. —Lara. Abre la puerta. Stella ya no está aquí —su voz sonaba cansada, desprovista de su arrogancia habitual. —Vete al infierno, Máximo —contesté desde el suelo. —Lara, tenemos que hablar. Hay cosas que no sabes, cosas sobre mi padre, sobre lo que le hicieron a ella... —¡No quiero saberlo! —grité—. No quiero ser parte de tu mundo de tragedia y venganza. Me vendieron a ti para salvar a mi madre, no para ser tu confidente ni la que cure tus heridas de guerra mientras tú sigues enamorado de un fantasma. Déjame en paz. Escuché un suspiro largo del otro lado. —No estoy enamorado de un fantasma, Lara. Estoy atormentado por mi propia incapacidad de haberla salvado. Pero lo que pasó en el coche... lo que pasó hoy antes de que ella llegara... eso no tenía nada que ver con Stella. —Mientes —susurré, aunque no estaba segura de si él podía oírme—. Mientes porque es lo único que sabes hacer. Me levanté y me metí en la cama, cubriéndome hasta la barbilla. Me sentía vacía. La pizca de deseo que había nacido esa tarde se había transformado en una astilla de hielo clavada en mi corazón. Máximo Bernard no era mi redención, ni mi exploración, ni mi placer. Era mi castigo. Y Londres, con todas sus luces y sus tiendas de lujo, no era más que una extensión del purgatorio donde mi alma se estaba perdiendo. Cerré los ojos, tratando de invocar la paz de la capilla, pero solo veía el rostro pálido de Stella y la mirada de dolor de Máximo cuando la sostenía. Supe entonces que este viaje no me enseñaría a disfrutar del placer, sino a sobrevivir al dolor de amar a un hombre que ya estaba muerto por dentro. La puerta permaneció cerrada, pero el silencio que compartíamos a través de la madera era más ruidoso que cualquier grito. Había empezado a odiarlo de nuevo, pero esta vez, el odio tenía un sabor amargo porque estaba mezclado con el veneno de los celos. Y eso, para una futura monja, era el pecado más difícil de confesar.
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