El silencio que siguió a la partida de Stella fue mucho más ensordecedor que sus sollozos. Me quedé ovillada en la cama, sintiendo cómo el frío de la suite se me colaba por los huesos a pesar de las mantas de seda. Máximo no volvió a intentar abrir la puerta, pero sentía su presencia al otro lado, una sombra pesada y dominante que ocupaba cada rincón del penthouse.
Mi mente era un caos de imágenes fragmentadas: el rostro pálido y enfermo de Stella, la mirada de agonía de Máximo al sostenerla, y el eco de mis propias palabras cargadas de un despecho que me quemaba la garganta. ¿En qué momento me había convertido en esto? Yo, que soñaba con la paz de un claustro y la entrega total a la oración, ahora estaba revolcándome en el fango de los celos y la traición.
Me sentía asqueada. Asqueada de él, de su pasado sangriento, pero sobre todo, asqueada de mi propia vulnerabilidad. Odiaba que, incluso en medio de mi furia, una parte traicionera de mi cuerpo aún recordara la presión de sus manos y la promesa de un placer que ahora me parecía un pecado doblemente sucio.
—No puedo más —susurré contra la almohada, sintiendo que las paredes se cerraban sobre mí.
Fue entonces cuando mis dedos rozaron el frío metal del teléfono que Máximo me había regalado esa misma mañana. Lo tomé como si fuera un arma cargada. Él me lo había dado para que "no tuviera que pedir servilletas prestadas", pero para mí, en este momento, era una balsa de salvamento en medio de un naufragio.
Encendí la pantalla. El brillo me lastimó los ojos, pero busqué frenéticamente en la memoria del dispositivo. Sabía que Máximo, en su arrogancia, probablemente habría rastreado todo, pero no me importó. Necesitaba una voz que no estuviera manchada por la sangre de los Bernard. Necesitaba a Leslie.
Leslie era mi ancla. Mi mejor amiga desde la infancia, la única persona que conocía mis sueños de convento y que había llorado conmigo cuando mi tío me anunció mi compromiso. Leslie no pertenecía a este mundo de mafiosos y tratos de sangre; ella era real, era luz, y sobre todo, era la única en la que podía confiar plenamente.
Con las manos temblorosas, marqué su número, rogando a Dios que no lo hubiera cambiado en estas últimas semanas de mi desaparición. El tono de llamada sonó una, dos, tres veces...
—¿Bueno? —la voz de Leslie sonó al otro lado, un poco soñolienta pero inconfundible.
—¿Leslie? —mi voz se quebró en un sollozo ahogado.
—¿Lara? ¡¿Lara, eres tú?! ¡Dios mío, casi me muero del susto! Nadie me decía dónde estabas, tu tío no me dejaba entrar a la casa... ¿Dónde estás? ¿Estás bien?
—No, Leslie... no estoy bien —las lágrimas finalmente desbordaron, calientes y amargas—. Estoy en Londres. Me casaron con él, Leslie. Es un monstruo, todo es una mentira... Por favor, necesito que vengas. Necesito verte o me voy a volver loca.
Hubo un silencio del otro lado, seguido por el sonido de Leslie moviéndose rápidamente.
—¿Londres? ¿Inglaterra? Lara, apenas tengo dinero para la renta del mes, ¿cómo voy a ir hasta allá?
—Él me dio unas tarjetas —dije, mirando hacia la bolsa que había dejado tirada en el suelo—. Tienen fondos ilimitados. Puedo comprarte el pasaje ahora mismo, te enviaré los datos por mensaje. Por favor, Leslie, eres la única que puede recordarme quién soy antes de que este hombre termine de destruirme.
—Escúchame bien, Lara. Si estás en peligro, voy a ir. No me importa quién sea ese tipo ni qué tan poderoso se crea. Si me envías ese boleto, mañana mismo estoy ahí. Pero prométeme que vas a aguantar.
—Te lo prometo —colgué el teléfono, sintiendo un pequeño estallido de adrenalina.
Pasé los siguientes minutos navegando por aplicaciones de viaje con una destreza que no sabía que poseía. Usé una de las tarjetas de Máximo para comprar el vuelo de primera clase más rápido desde México a Londres Heathrow. Sentí una satisfacción retorcida al usar su propio dinero para conspirar contra su control. Envié los detalles a Leslie y borré el historial de navegación, aunque sabía que su equipo de seguridad probablemente lo detectaría tarde o temprano.
Me quedé sentada en el suelo, mirando la puerta. "Mañana", me repetí. "Mañana tendré a alguien de mi lado".
La mañana siguiente fue un ejercicio de actuación. Salí de la habitación cuando supe que Máximo estaba en el despacho de la suite atendiendo llamadas de negocios. No quería verlo, pero necesitaba que creyera que mi arrebato de ayer se había transformado en una resignación silenciosa.
Desayuné sola en el gran comedor, ignorando las miradas de los guardaespaldas apostados en la entrada. A las once de la mañana, mi teléfono vibró. Un mensaje de Leslie: "Acabo de aterrizar. Estoy en un taxi. Pásame la dirección exacta".
Mi corazón dio un vuelco. Me levanté y caminé hacia el despacho. Golpeé la puerta dos veces antes de entrar. Máximo estaba sentado detrás de un escritorio de nogal, rodeado de pantallas y papeles. Al verme, dejó su teléfono de lado y me estudió con esa mirada indescifrable que siempre me ponía en guardia.
—Veo que has decidido salir de tu cueva —dijo con voz ronca—. ¿Sigues pensando que me voy al infierno o ya se te pasó el berrinche?
—Viene una amiga a verme —dije, ignorando su provocación—. Leslie. Compré su vuelo con tu tarjeta. Estará aquí en veinte minutos.
Máximo arqueó una ceja. Por un momento pensé que estallaría en cólera por haber usado su dinero sin permiso para traer a alguien de afuera, pero para mi sorpresa, soltó una carcajada seca.
—Eres más lista de lo que pareces, abuela. Usar mis propios recursos para traerte un refuerzo... —se puso de pie y caminó hacia mí—. ¿Crees que ella podrá salvarte de lo que sientes cuando te toco? ¿Crees que una niña de pueblo va a ser un obstáculo para mí?
—Ella es lo único real que tengo —le respondí, sosteniéndole la mirada—. Y si tienes un poco de decencia, nos dejarás solas.
—Dejaré que se quede en una de las habitaciones de este piso —sentenció él, pasando por mi lado y rozando mi hombro de una manera que me hizo estremecer—. Pero no olvides quién paga el techo sobre su cabeza, Lara. Y no olvides que ella solo está aquí porque yo lo permito.
Veinte minutos después, el timbre volvió a sonar. Esta vez, corrí yo misma a abrir.
—¡Lara! —Leslie se lanzó sobre mí en cuanto la puerta se abrió. Su olor a vainilla y el familiar tacto de su chaqueta de mezclilla me trajeron de vuelta a la realidad de una manera que el lujo de Londres nunca podría.
—Gracias por venir, gracias... —sollocé en su hombro, ocultando mi rostro mientras la guiaba hacia adentro.
Leslie entró a la suite con los ojos muy abiertos, observando la opulencia del lugar con un gesto de desprecio.
—Vaya casita se carga el "abuelo" —murmuró, tratando de hacerme reír. Pero su broma murió en cuanto vio a Máximo de pie junto a la ventana.
La tensión en la habitación se volvió espesa. Leslie, a pesar de ser pequeña, se puso frente a mí con una valentía que me conmovió. Máximo la evaluó con una frialdad clínica, como quien observa a una hormiga interesante pero insignificante.
—Así que tú eres la famosa Leslie —dijo Máximo, caminando hacia nosotras—. Bienvenida a Londres. Espero que tu estancia sea... reveladora. Estaré en el bar del hotel si me necesitas, Lara. Intenten no quemar el penthouse con sus chismes.
Salió de la habitación sin mirar atrás, dejándonos finalmente solas.
Leslie me tomó de las manos y me llevó hacia el sofá. Me miró fijamente, analizando cada detalle de mi rostro, desde las ojeras hasta el ligero hinchazón de mis labios que aún no desaparecía del todo.
—Cuéntamelo todo, Lara. Desde el principio. Y no te atrevas a omitir nada.
Y lo hice. Durante las siguientes horas, las palabras salieron de mí como un torrente contenido por una presa rota. Le hablé de la boda fría, del viaje en el jet, de la asistente de vuelo, y finalmente, de lo que había pasado ayer: el vino, el coche, el roce de sus manos y la aparición de Stella.
—Es un monstruo, Leslie —dije, sintiendo cómo la vergüenza volvía a inundarme—. Pero lo peor es lo que me pasa a mí. Siento que mi fe se está desmoronando. Siento que... que me gusta cuando me toca. Me odio por eso. Siento que estoy perdiendo mi alma en este lugar. ¿Cómo puedo desear a alguien que me hace tanto daño?
Leslie me escuchó en silencio, apretando mis manos de vez en cuando. Cuando terminé, suspiró profundamente y se recostó en el sofá.
—Lara, escúchame bien. Lo que te está pasando se llama supervivencia —dijo con una madurez que no le conocía—. Estás atrapada en una situación extrema, con un hombre que está diseñado para seducir y dominar. No eres una pecadora por sentir que tu cuerpo reacciona a él. Eres una mujer joven, con hormonas, y ese tipo, por muy imbécil que sea, es un espécimen que cualquier mujer notaría. No te hace mala persona, ni te quita tu fe. Solo te hace humana.
—Pero yo quería ser monja, Leslie... quería pureza —sollocé.
—La pureza no es la ausencia de deseo, Lara. Es lo que haces con tus principios —me corrigió—. El problema no es que sientas deseo, el problema es que él lo usa para controlarte. Y esa tal Stella... es solo una prueba de que él no tiene nada que ofrecerte más que dolor y fantasmas. Tienes que salir de aquí.
—¿Cómo? —pregunté, mirando hacia la puerta donde sabía que había hombres armados—. No puedo dejar a mi madre sola. Él la mataría.
—No vamos a huir hoy —susurró Leslie, acercándose a mi oído—. Pero he estado investigando. Tu tío... él recibió un pago enorme por este matrimonio, pero hay documentos que no cuadran. Si logramos encontrar pruebas de que este contrato es ilegal o de que hubo coacción extrema bajo las leyes internacionales, quizás podamos anularlo sin que él pueda tocar a tu madre.
—¿De verdad crees que eso sea posible? —un rayo de esperanza, genuino y brillante, atravesó la oscuridad de mis pensamientos.
—Lo vamos a intentar. Por ahora, necesito que juegues su juego. No dejes que vea que estamos planeando algo. Si él quiere una esposa sumisa, dásela... pero guarda tus garras para cuando sea el momento de atacar.
Pasamos el resto de la tarde ideando planes imposibles, riendo de viejas anécdotas de nuestro pueblo y tratando de ignorar que estábamos en el centro del poder de los Bernard. Por un momento, me sentí de nuevo como la Lara de antes.
Pero la realidad volvió a golpearnos cuando la puerta de la suite se abrió a las ocho de la noche. Máximo entró, pero no venía solo. Venía acompañado de Walter, el jefe de seguridad, y ambos tenían expresiones que prometían tormenta.
—Leslie, es hora de que te retires a tu habitación —dijo Máximo sin preámbulos. Su mirada se clavó en mí, y supe que había descubierto algo—. Lara y yo tenemos asuntos pendientes.
—No me voy a ningún lado —dijo Leslie, levantándose.
—No fue una sugerencia —la voz de Máximo bajó una octava, volviéndose peligrosa—. Walter, acompaña a la señorita a la habitación continua. Y asegúrate de que no tenga acceso a internet por el resto de la noche.
—¡No puedes hacer eso! —grité, poniéndome entre ellos.
—Puedo hacer lo que quiera en mi hotel, Lara —Máximo caminó hacia mí, ignorando a Leslie, que forcejeaba inútilmente con Walter—. Especialmente cuando descubro que mi esposa ha estado usando mis tarjetas para comprar vuelos internacionales y conspirar a mis espaldas.
Walter se llevó a Leslie, que me gritaba que fuera fuerte. Me quedé sola con él en la inmensidad de la suite. El aire parecía haber desaparecido. Máximo se acercó tanto que su pecho rozaba el mío.
—Así que... ¿planes de escape? —preguntó, tomando un mechón de mi cabello y enrollándolo en su dedo—. ¿Realmente creíste que no me daría cuenta?
—Solo quería ver a mi amiga —dije, tratando de que mi voz no temblara—. No he hecho nada malo.
—Traer a una civil a este nido de lobos es lo más peligroso que has hecho, Lara. No solo para ti, sino para ella. ¿Qué crees que pasaría si mi padre se entera de que hay un cabo suelto llamado Leslie?
El pánico me atenazó. No había pensado en la seguridad de Leslie bajo esa luz.
—No le hagas daño, por favor... ella no sabe nada.
—Eso dependerá de ti —Máximo me tomó de la cintura, pegándome a él con una fuerza que me dejó sin aliento—. Me cansé de los juegos, Lara. Me cansé de tus dudas de monja y de tus pequeñas rebeliones. Anoche me pediste placer, y hoy me robas. Creo que es hora de que entiendas quién manda aquí.
Me llevó hacia la habitación principal, y esta vez no hubo vino que nublara mi juicio. Estaba plenamente consciente de cada roce de su piel, de la furia en sus ojos y de la pizca de deseo que, a pesar de todo el odio y el miedo, volvía a encenderse en mis entrañas como una maldición.
Leslie estaba a solo unos metros, encerrada por mi culpa. Mi madre estaba a miles de kilómetros, bajo su amenaza. Y yo... yo estaba aquí, atrapada entre el hombre que despreciaba y el despertar de un cuerpo que ya no reconocía como mío.
—Vas a aprender, Lara —susurró él contra mis labios mientras cerraba la puerta de la recámara—. Vas a aprender que en este mundo, la única fe que importa es la que me tienes a mí.
Cerré los ojos, enviando una última plegaria silenciosa al cielo, preguntándome si Dios aún podía escucharme en este rincón oscuro de Londres, o si finalmente me había quedado sola en manos de mi propio demonio personal.