La puerta de la recámara se cerró con un chasquido metálico que resonó en mis oídos como el sello de una tumba. Pero no era una tumba fría; el aire en la habitación estaba cargado, denso, vibrando con una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara. Máximo no me soltó. Sus dedos seguían hundidos en mi cintura, manteniéndome pegada a su cuerpo con una firmeza que no admitía réplica. Podía sentir el calor que emanaba de su pecho, el latido rítmico de su corazón contra el mío, y esa fragancia a sándalo y peligro que empezaba a nublar mi juicio con la eficacia de un narcótico.
—¿Crees que puedes traerme una distracción y esperar que no me dé cuenta, Lara? —su voz era un susurro ronco, una caricia áspera contra mi oído que me hizo estremecer.
—Ella no es una distracción, es mi amiga —logré articular, aunque mi voz sonaba débil, desprovista de la fuerza que había intentado fingir frente a Leslie—. No puedes tenernos a todos bajo tu bota, Máximo. No puedes controlar los afectos de la gente.
Él soltó una risa seca, un sonido carente de alegría que vibró en mi propio pecho. Me obligó a caminar hacia atrás hasta que mis corvas chocaron con el borde de la inmensa cama. Me sentó allí de un empujón firme pero extrañamente lento, y luego se inclinó sobre mí, apoyando las manos a ambos lados de mis muslos, atrapándome en el círculo de su dominio.
—Puedo controlar todo lo que me pertenece —sentenció, y su mirada recorrió mi rostro con una intensidad devoradora—. Y tú me perteneces. Por contrato, por apellido y, muy pronto, por voluntad propia.
—Nunca por voluntad —mentí, sintiendo cómo mis pulmones luchaban por encontrar oxígeno en el espacio reducido entre nosotros.
Máximo se acercó aún más, tanto que nuestras narices se rozaron. Sus ojos oscuros estaban fijos en los míos, buscando la fisura, el momento exacto en que mi resistencia se desmoronara.
—Mientes tan mal, pequeña monja —susurró, y su mano subió por mi cuello, recorriendo la línea de mi mandíbula con el pulgar—. Tu boca dice que me odias, pero tu pulso... tu pulso me está gritando otra cosa. Siento cómo tiemblas, y no es solo de miedo. Es hambre. Es el hambre de lo prohibido que llevas reprimiendo desde que te pusieron ese rosario en las manos.
Quise apartar la cara, quise gritarle que se fuera al infierno, pero mis músculos no obedecieron. Era como si mi cuerpo hubiera decidido entablar una tregua secreta con su enemigo. La cercanía de Máximo, su olor, la promesa de una descarga eléctrica que solo él sabía provocar, estaban desmantelando mis defensas una por una. Recordé las palabras de Luciana en la cafetería: "El deseo no pide permiso". Y Dios mío, qué razón tenía.
Él comenzó a desabotonar su camisa con una parsimonia tortuosa, sin apartar los ojos de los míos. Cada botón que cedía revelaba un poco más de su piel bronceada, de los músculos tensos de su pecho, de las cicatrices que contaban historias de una violencia que yo no quería conocer. Me sentí hipnotizada. Mis pensamientos puros intentaron invocar una oración, un salmo, cualquier cosa que me devolviera la cordura, pero las palabras se deshacían antes de formarse. En su lugar, solo había imágenes: sus labios sobre los míos en el coche, el roce de sus dedos bajo mi falda, el calor abrasador de su aliento.
—¿Sabes qué es lo que más me irrita de ti? —preguntó él, dejando la camisa caer al suelo—. Que intentes fingir que no eres de carne y hueso. Que intentes convencerme de que prefieres un convento frío a esto.
Sus manos bajaron de nuevo, pero esta vez no se detuvieron en mi cintura. Se deslizaron por mis muslos, subiendo lentamente por la seda de la blusa verde que él mismo había elegido. El contacto de sus palmas calientes contra mi piel me arrancó un gemido ahogado. Cerré los ojos, avergonzada de mi propia reacción, pero él me tomó de la barbilla, obligándome a mirarlo.
—No cierres los ojos, Lara. Quiero que veas quién es el hombre que va a romper tu santidad. Quiero que veas que no hay ningún Dios aquí que te salve de lo que tú misma deseas.
Se inclinó y capturó mis labios en un beso que no tuvo nada de sutil. Fue una invasión. Sus labios reclamaron los míos con una autoridad que me dejó sin aliento, y por un segundo, mi mente gritó "¡Pecado!", pero mi cuerpo respondió con un "¡Más!". Mis manos, que deberían haber estado empujándolo, se alzaron por instinto y se hundieron en su cabello oscuro, atrayéndolo más hacia mí.
El beso cambió. Dejó de ser una agresión para convertirse en una seducción letal. Máximo suavizó el contacto, usando su lengua para delinear mis labios, invitándome a ceder, a participar en mi propia caída. Y yo cedí. Le permití entrar, permití que el sabor de su boca borrara el rastro de la culpa. Era un fuego líquido que recorría mis venas, una sensación tan intensa que me asustó y me fascinó a partes iguales.
Sentí sus manos hábiles trabajando en la cremallera de mi blusa. El aire frío de la habitación golpeó mi espalda cuando la prenda cayó, pero el calor que emanaba de Máximo compensó el cambio de temperatura. Me sentía expuesta, vulnerable, pero bajo su mirada, también me sentía... deseada. No como una santa en un altar, sino como una mujer viva.
—Eres tan perfecta... —susurró contra mi cuello, y sentí la vibración de sus palabras en mi piel—. Un desperdicio para un convento. Estás hecha para esto, Lara. Para ser adorada en una cama, no en una iglesia.
Sus labios bajaron por mi clavícula, dejando un rastro de besos ardientes que me hicieron arquear la espalda. Mis sentidos estaban al límite. El roce de su vello facial contra mi piel sensible, el peso de su cuerpo presionándome contra el colchón, el sonido de nuestra respiración agitada en la penumbra... todo era demasiado.
Intenté recordar a Leslie, encerrada a solo unos metros. Intenté recordar a Stella y el dolor de su encuentro. Pero esos recuerdos se sentían lejanos, como si pertenecieran a otra vida. Aquí, en este espacio sagrado y profano al mismo tiempo, solo existíamos Máximo y yo. Y él lo sabía. Sabía que me tenía justo donde quería: al borde del abismo.
Su mano bajó por mi vientre, trazando círculos lentos que me hacían estremecer. Cada centímetro que descendía aumentaba la tensión en mi entrepierna, un hambre física que empezaba a doler.
—Dilo —ordenó él, deteniendo su mano justo en el borde de mi ropa interior—. Di que lo quieres. Di que no te importa nada más que esto.
—Máximo... por favor... —supliqué, sin saber si le pedía que se detuviera o que continuara.
—Dilo, Lara. Rompe ese último voto. Admite que me deseas más de lo que deseas tu salvación.
Me miró con una determinación implacable. Quería mi rendición total. No solo de mi cuerpo, sino de mi espíritu. Y yo, rota por la necesidad, agotada de luchar contra un gigante que vivía dentro de mí, finalmente solté el aire que contenía.
—Te deseo —susurré, y las palabras se sintieron como una liberación y una condena al mismo tiempo—. Máximo... te deseo.
Una sonrisa de triunfo, oscura y cargada de una posesividad absoluta, se dibujó en sus labios. No esperó más. Sus manos se deshicieron del resto de mi ropa con una urgencia que me hizo vibrar. Me sentí desnuda bajo su mirada, pero no hubo vergüenza, solo una expectativa febril.
Máximo se deshizo del resto de su propia ropa y se situó entre mis piernas. El contacto de su piel desnuda contra la mía fue como una explosión. Sentí su masculinidad presionando contra mi muslo, un recordatorio de su poder y de lo que estaba a punto de suceder. Él me tomó de las manos, entrelazando sus dedos con los míos y clavándolos contra el colchón, por encima de mi cabeza.
—Mírame bien, Lara —dijo con voz ronca—. De ahora en adelante, cada vez que cierres los ojos para rezar, vas a ver mi rostro. Cada vez que intentes buscar paz, vas a sentir este fuego. Soy tu dueño ahora.
Se inclinó y comenzó a besar mis pechos, succionando con una intensidad que me hizo soltar un grito que se perdió en las vigas del techo. Mis piernas se envolvieron alrededor de su cintura por instinto, buscando más contacto, buscando alivio para la humedad ardiente que me consumía.
Él no tenía prisa. Sabía que me había quebrado, y ahora quería saborear cada pedazo de mi resistencia rota. Sus manos recorrieron mis costillas, mis caderas, hasta llegar finalmente a mi centro. Cuando sus dedos entraron en contacto con mi humedad, solté un gemido que sonó a plegaria.
—Estás tan lista para mí... —murmuró, y comenzó a jugar conmigo, usando sus dedos con una maestría que me llevó al borde de la locura.
Sentí que el mundo desaparecía. No había Londres, no había mafia, no había pasado. Solo había este ritmo, esta presión, este hombre que me estaba deshaciendo con cada caricia. El placer comenzó a acumularse en mi vientre como una ola gigante, una que amenazaba con arrastrarme y no soltarme jamás.
Máximo se posicionó, rozando mi entrada con una lentitud que era una tortura deliciosa. Me miró a los ojos, esperando el último momento de lucidez antes de la entrega total.
—Vas a ser mía, Lara. De verdad.
Y entonces, entró en mí de un solo empuje firme. El dolor inicial fue un relámpago que me hizo tensar todo el cuerpo, un recordatorio de mi virginidad que se desvanecía en ese instante. Pero el dolor fue rápidamente eclipsado por una sensación de plenitud tan intensa que me hizo soltar lágrimas que no eran de tristeza.
Él se detuvo un momento, dejando que mi cuerpo se acostumbrara a su tamaño, a su presencia dentro de mí. Su mirada era casi tierna, un destello de humanidad en medio de la tormenta.
—Respira, pequeña —susurró, besando las lágrimas de mis mejillas—. Ya pasó lo peor. Ahora solo queda el placer.
Comenzó a moverse. Al principio con suavidad, con una cadencia que me permitía sentir cada centímetro de su unión. Pero pronto el ritmo aumentó. Sus embestidas se volvieron más profundas, más exigentes, y yo respondí con una urgencia que me asombró. Mis uñas se hundieron en su espalda, marcando su piel mientras mi cuerpo buscaba sincronizarse con el suyo.
Era un baile salvaje, una comunión de carne y pecado que me hacía sentir más viva de lo que jamás me había sentido en la capilla. Cada vez que él se hundía en mí, sentía que una parte de mi vieja vida se borraba, sustituida por la marca indeleble de Máximo Bernard.
El placer volvió a subir, esta vez con una fuerza imparable. Sentía que el aire me faltaba, que mi corazón iba a estallar. Máximo me miraba con una intensidad que me quemaba, sus ojos fijos en los míos mientras nos movíamos juntos hacia el clímax.
—¡Máximo! —grité su nombre, y no hubo odio en mi voz, solo una necesidad absoluta.
Él gruñó, un sonido animal de posesión, y aumentó la velocidad. Sentí que el universo se contraía en un solo punto de fuego puro entre mis piernas. Y de repente, la ola rompió.
Fue una explosión de luz y calor que me dejó sin aliento, sacudiendo mi cuerpo con espasmos de un placer tan profundo que me sentí morir. Máximo me siguió poco después, hundiéndose en mí una última vez con un rugido, derramando su simiente y su poder dentro de mi cuerpo.
Nos quedamos así durante lo que parecieron horas, unidos, con la respiración entrecortada y el sudor pegando nuestras pieles. El silencio de la habitación volvió a hacerse presente, pero ya no era un silencio de tensión, sino de devastación.
Máximo se retiró lentamente y se acostó a mi lado, atrayéndome hacia su pecho. Por primera vez, no intenté alejarme. Estaba demasiado exhausta, demasiado rota por dentro para luchar.
—Te lo dije, Lara —susurró, besando la parte superior de mi cabeza—. Ahora ya sabes quién eres. Y me perteneces más de lo que nunca pertenecerás a tu Dios.
Cerré los ojos, sintiendo el calor de su cuerpo envolviéndome. La culpa estaba allí, agazapada en las sombras, pero por ahora, el eco del placer era más fuerte. Había cruzado la línea. Mi voluntad se había quebrado bajo el peso de su seducción, y mientras me quedaba dormida en sus brazos, supe que Leslie tenía razón: la Lara que quería ser monja había muerto.
Pero lo que me aterraba no era su muerte, sino lo mucho que me gustaba la mujer que acababa de nacer entre las sábanas de Máximo Bernard. El pecado ya no era una idea abstracta; tenía nombre, tenía rostro y tenía un abrazo que me hacía sentir, por primera vez en mi vida, peligrosamente completa.