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¿Qué demonios le pasa a este tipo? No logro asimilar la magnitud de su arrogancia. ¿De verdad cree que porque un papel firmado nos vincula legalmente tiene el derecho de tocarme cuando le plazca? ¿Cree que soy una de esas posesiones que compra para decorar su vida de excesos?
Me casé por compromiso, obligada por una deuda de sangre que yo no contraje, no porque mi corazón albergara el más mínimo sentimiento por él. No voy a negar lo evidente, porque sería mentirme a mí misma: Máximo Bernard es un hombre devastadoramente apuesto. Su presencia es magnética, imponente, y tiene esa mandíbula afilada que parece tallada por el mismo diablo para tentar a las incautas. Sin embargo, la belleza física es una máscara vacía cuando el alma está podrida por la soberbia. Él no es, bajo ninguna circunstancia, la persona con la cual yo elegiría pasar el resto de mis días, y mucho menos la que me daría el "final feliz" que solía leer en los libros antes de que la realidad me golpeara el rostro.
Me levanté de mi asiento en el jet, sintiendo cómo el calor de la indignación me recorría las venas. Estaba decidida. No iba a quedarme allí sentada, esperando a que él terminara su trago para venir a reclamarme de nuevo. Le dejaría muy claro que yo no soy una cualquiera, no soy una de esas mujeres que orbitan a su alrededor esperando una migaja de su atención o de su dinero. Yo tenía una dignidad que defender, aunque fuera lo único que me quedara.
Caminé con cuidado por el pasillo de la aeronave, sintiendo la ligera vibración de los motores bajo mis pies. Llegué a la puerta de la recámara privada y, sin siquiera dudarlo, la abrí de golpe, dispuesta a soltarle todo el veneno que tenía guardado.
¡Oh, maldita sorpresa! El aire se me escapó de los pulmones y el mundo pareció detenerse en un cuadro grotesco.
Lo primero que encontré fue a Máximo, relajado sobre la cama, dejándose hacer un oral por la asistente de vuelo. La misma mujer que hace unos minutos me miraba con condescendencia ahora estaba arrodillada, entregada a él. Vaya... menuda trama. Fue como recibir un bofetón de realidad fría y cruda.
Él ni siquiera se inmutó. No hubo vergüenza, ni sorpresa, ni un ápice de remordimiento en sus facciones. Al contrario, giró la cabeza lentamente hacia mí y lo primero que hizo fue sonreírme. Fue una sonrisa cargada de burla, de un placer cínico, como si realmente disfrutara del impacto que estaba causando en mí, como si mi humillación fuera el postre perfecto para su festín.
Sentí un asco profundo que me subió por la garganta. Sin decir una sola palabra, cerré la puerta de golpe, el estruendo resonando en el pasillo como un disparo. Caminé de regreso a mi asiento con las piernas temblando, no de miedo, sino de una rabia tan pura que me nublaba la vista. Al parecer, así serán las cosas. Este tipo cree que puede hacer lo que quiere mientras yo miro desde la barrera. Pues veremos si le va a parecer tan divertido cuando yo decida dejar de ser la esposa sumisa que él espera.
Me dejé caer en el asiento y, para intentar distraer mi mente de la imagen que se había quedado grabada a fuego en mis retinas, tomé una revista de chismes que descansaba en la mesa lateral. Comencé a pasar las páginas con furia, sin registrar realmente lo que veía, hasta que un nombre y un rostro me detuvieron en seco.
Stella Barreti. La joven actriz de moda. La conocía bien, o al menos su imagen pública, ya que la había visto en varias fotos antiguas junto a Máximo mientras investigaba quién era el hombre que el destino me había impuesto. Eran hermosos juntos, el epítome de la pareja poderosa. Según el artículo, habían salido un par de veces, pero la relación no prosperó más allá de citas casuales y eventos sociales.
"La hermosa Stella Barreti estará de regreso en su ciudad natal", rezaba el titular en letras grandes y brillantes. Al parecer, después de una larga estancia grabando en el extranjero, regresaba para protagonizar una nueva superproducción.
No voy a mentir: esa chica es una visión de perfección. Su cabello rojizo, largo y vibrante como el fuego, caía sobre sus hombros en ondas perfectas, y sus ojos verdes tenían una profundidad que parecía capaz de hipnotizar a cualquiera que la mirara. Ella emanaba una sensualidad pura, una confianza que yo, en mi sencillez de aspirante a monja, jamás podría emular. Me quedé mirando su foto, sintiendo una punzada de algo que no quise llamar celos. ¿Por qué demonios no se casó con ella? Una mujer como Stella encajaba en su mundo de sombras y flashes. Yo, en cambio, era una pieza de un rompecabezas que no encajaba en ningún lado.
Me encontraba tan sumida en mis pensamientos, tan perdida en la comparación injusta entre esa actriz y yo, que no me di cuenta del momento en que Máximo regresó a la cabina principal. Solo supe que estaba allí cuando su aroma, esa mezcla de tabaco, whisky y algo puramente masculino, inundó mi espacio personal.
—¿Por qué no te quedaste a disfrutar? —Su voz arrastrada y divertida me sobresaltó—. Deberías haber visto lo que ella hizo; así sabrías qué hacer después para complacer a tu marido.
Soltó una carcajada que me hizo hervir la sangre. Se sentó en el asiento de al lado, invadiendo mi burbuja de aire. Esta vez, decidí que el silencio sería mi mejor arma. No iba a darle el gusto de verme afectada. No iba a darle una respuesta, ni una mirada, ni nada que pudiera alimentar su ego desmedido. Ignorarlo era lo único que me quedaba.
—¿Te comieron la lengua los ratones, niña? —insistió, acercándose más. Seguí mirando la revista, aunque las letras eran ahora un borrón confuso—. ¿O es que la pequeña santa no tiene palabras para describir lo que vio?
Decidí ignorarlo de nuevo, apretando los bordes de la revista hasta que el papel crujió.
—Entonces así será —murmuró con una nota de peligro en la voz.
Antes de que pudiera reaccionar, me tomó de las mejillas con fuerza, obligándome a soltar la revista y a mirarlo. Sus ojos negros brillaban con una intensidad aterradora. Me besó. No fue un beso de amor, ni siquiera de deseo; fue un acto de dominio. Intenté empujarlo, golpeé su pecho sólido, pero él era infinitamente más fuerte que yo. Con un solo movimiento fluido y experto, me tomó de las caderas y me puso a horcajadas sobre él, atrapándome contra su cuerpo.
—Niña, deja de creer que tienes el control en este juego —me susurró contra los labios, su aliento cálido quemándome la piel—. Entiende de una maldita vez que eres mía. Me perteneces por contrato, por ley y por voluntad de tu familia.
Comenzó a besar mi cuello con una desesperación que me dejó sin aliento. Por más que intenté mantener mi mente fría y no sentir nada, fue inútil. Mi cuerpo, traicionero y ajeno a mi voluntad, reaccionó ante sus besos. Un escalofrío me recorrió la columna y sentí una debilidad en las rodillas que me asustó. Quizás fuera una simple reacción fisiológica, una respuesta mecánica ante un hombre que sabía exactamente dónde y cómo tocar, pero me odié por ello.
—Entiende que no pienso ser tu mujer por voluntad propia —le dije, logrando recuperar un poco de aire—. Si me vas a tomar, tendrá que ser a la fuerza. ¡Escúchame bien, Máximo! ¡Tendrás que romperme antes de que yo me entregue!
Lo empujé con toda la rabia que pude reunir. Él me soltó, pero no porque yo lo hubiera vencido, sino porque parecía haber tenido suficiente por el momento. Me miró de mala gana, con una expresión sombría, y me dejó regresar a mi lugar con un movimiento brusco.
—¡Será un matrimonio horrible! —le grité, con la voz quebrada por la emoción—. ¡Vas a arrepentirte de haberme elegido!
Me levanté del asiento, tropezando con mis propios pies, y me fui a sentar al lugar de enfrente, lo más lejos posible de su radio de acción. El resto del viaje transcurrió en un silencio tenso que se podía cortar con un cuchillo. Eventualmente, el cansancio y el agotamiento emocional pudieron más que mi rabia, y me quedé dormida contra la ventanilla. Fue lo mejor que pude hacer; el sueño era el único lugar donde él no podía alcanzarme.
Desperté cuando el jet ya estaba en la pista de aterrizaje de Londres. Me bajé de la aeronave con cuidado, evitando mirar a nadie, intentando escapar del aura opresiva de Máximo lo más rápido posible.
—Nos vemos luego, cariño —escuché la voz melosa de la asistente despidiéndose de él.
Él no le contestó nada, ni siquiera la miró. Simplemente siguió caminando detrás de mí, como un depredador que sigue el rastro de su presa. Sus pasos rítmicos sobre el pavimento me ponían los nervios de punta.
—¿Me esperas o quieres que te castigue antes de llegar al hotel? —su voz resonó detrás de mí, fría y autoritaria.
Me detuve en seco, cerrando los ojos por un segundo para contener las lágrimas. Esperé a que estuviera a mi lado y, una vez juntos, entramos al auto de lujo que nos estaba esperando. El chófer saludó a Máximo con una reverencia casi imperceptible. El trayecto duró apenas quince minutos, y pronto nos encontramos frente a un hotel que me dejó sin aliento.
Era una edificación grandiosa, una joya arquitectónica que emanaba poder y exclusividad. Me quedé asombrada mirando hacia arriba, sintiéndome minúscula ante tanta opulencia. Entramos en el vestíbulo y Máximo se acercó a la recepción mientras yo me quedaba de pie a unos metros, como un adorno innecesario.
Vi cómo la recepcionista le sonreía, una sonrisa profesional que se volvía coqueta bajo la mirada intensa de él. Sentí una punzada de irritación. ¿Es que todas las mujeres caían rendidas ante él? ¿Acaso el mundo entero era cómplice de su carisma perverso?
—Vamos, cariño. Es momento de subir a nuestra habitación —dijo Máximo, regresando a mi lado. Su tono era ahora falsamente dulce, diseñado para los oídos ajenos.
Caminé detrás de él hacia el ascensor. Al entrar, las puertas se cerraron, dejándonos en un cubículo metálico rodeado de espejos.
—¿Seguirás ignorándome, Lara? —preguntó, rompiendo el silencio mientras el elevador comenzaba su ascenso—. ¿O vas a decirme qué es lo que tanto te molesta?
Lo miré con todo el odio que pude proyectar.
—Lo que me molesta es tu existencia —respondí con sequedad.
Él soltó una carcajada, una que llenó el pequeño espacio del ascensor.
—¿Es que estás celosa, verdad? —me soltó, mirándome con una diversión genuina—. Estás celosa por lo que viste en el jet. Admítelo, pequeña santa. Te duele que otro cuerpo reciba lo que tú te niegas a darme.
Se rió solo, disfrutando de su propia teoría, mientras yo apretaba los puños y contaba hasta diez para no gritar en medio del hotel más lujoso de Londres. El viaje apenas comenzaba, y yo ya sentía que estaba perdiendo la cordura