CAPITULO 6

1975 Words
. No logro entender qué demonios me sucede cuando estoy cerca de esta cría. Se supone que soy un hombre de hielo, alguien que ha visto las peores atrocidades del mundo y no ha pestañeado, pero Lara Ocampo tiene una forma particular de crisparme los nervios y, al mismo tiempo, despertar un hambre que no logro saciar. La recepción de la boda es un hervidero de hipocresía. Mis hombres vigilan cada rincón, ocultos tras trajes caros y auriculares imperceptibles. El aire huele a perfume francés y a conspiración. —Es momento de que se retiren, señor —la voz de Mirna me saca de mis pensamientos. Se ha acercado con cautela, conociendo mi temperamento—. El coche está listo y el protocolo dicta que los recién casados deben partir primero. —Nos iremos en una hora —sentencié, ajustándome los gemelos de oro—. Quiero que ella se despida de su familia y de esa amiga suya. Que lo haga bien, porque no los volverá a ver por un par de años. Mirna asintió y se retiró. Mi decisión de alejar a Lara no nace de un deseo gratuito de verla sufrir, aunque no negaré que me gusta verla vulnerable. La realidad es más cruda: mi relación con ella ahora es pública. El mundo sabe que ella es mi talón de Aquiles, o al menos el blanco más fácil. Mis enemigos no tardarán en asomar la cabeza, y no pienso permitir que la utilicen para llegar a mí. Si quiero mantenerla con vida, debo arrancarla de sus raíces. —Señor, tenemos un problema —Milton, mi jefe de seguridad, apareció a mi lado con el rostro rígido—. Tengo que informarle que Elías Castel ha regresado a la ciudad. El nombre de Castel hizo que mi mandíbula se tensara instantáneamente. Elías era una rata que llevaba meses escondida, esperando un descuido. —¿A qué se supone que viene ese infeliz? —pregunté, sintiendo cómo la adrenalina empezaba a correr por mis venas. —Nuestro informante dice que entró en la madrugada, bajo un nombre falso. Al parecer, piensa que no lo sabemos. Está intentando convencer a nuestros distribuidores para que vendan su mercancía. Se está gestando una guerra entre organizaciones, señor. Castel quiere aprovechar que usted está "distraído" con su boda para morder territorio. Solté una risa seca, carente de cualquier rastro de humor. —No hay de qué preocuparse, Milton. Deja que crea que tiene la ventaja. Deja que se confíe, que piense que estoy blando por haberme casado. Así será mucho más fácil acabar con él y colgar su cabeza en la frontera. Caminé a través del salón, ignorando los saludos de los socios que querían lamer mis botas. Mis ojos se clavaron en Lara. Estaba sentada junto a Leslie, riendo por algo que su amiga le decía. Por un segundo, verla sonreír me produjo una punzada extraña en el pecho, algo que confundí con irritación. —Es momento de irnos —le dije, parándome frente a ella como una sombra. Ella dejó de reír y me miró de mala gana. Sus ojos castaños, antes brillantes, se volvieron oscuros y desafiantes. —Quiero estar un poco más aquí —respondió, dándome la espalda para seguir platicando con Leslie—. Todavía no he terminado de despedirme. —¡He dicho que nos vamos ahora! —alcé la voz, lo suficiente para que las mesas cercanas guardaran un silencio sepulcral. Lara se tensó, pero para mi sorpresa, decidió ignorarme de nuevo. Se quedó ahí, inmóvil, desafiando mi autoridad frente a mis hombres y mis socios. Sentí cómo mi orgullo se ofendía ante tal desaire. Esta cría no sabía con quién estaba jugando. En mi mundo, la desobediencia se paga con sangre, y ella estaba tentando al diablo. La tomé del brazo con una fuerza que probablemente le dejaría marcas y comencé a arrastrarla hacia la salida. —¡Suéltame! ¡Me estás lastimando, salvaje! —comenzó a gritar, forcejeando mientras yo seguía arrastrándola sin inmutarme. Cruzamos las puertas dobles de la recepción bajo la mirada atónita de los invitados. Esta niña debe entender quién tiene la última palabra. Al principio pensé que, si la trataba con un mínimo de cortesía, entendería su posición, pero es más que claro que no. Por alguna razón, piensa que negarse a mis órdenes la ayudará a alejarse de mí, cuando lo único que logra es que apriete más las cadenas. Llegamos al auto y, sin ninguna delicadeza, la aventé sobre el asiento del copiloto. Rodeé el coche y me senté al volante, arrancando con un chirrido de neumáticos que resonó en el estacionamiento. —¿Por qué me has tratado de ese modo? ¿Quién te crees que eres para humillarme así frente a todos? —me preguntó, temblando de rabia y de miedo. Volteé a verla un segundo y solté una carcajada oscura. —Soy tu dueño, Lara. Y yo hago contigo lo que me dé la gana. Así que deja de creer que vas a hacer lo que quieras, porque esas reglas no existen en mi casa. Eres una Bernard ahora, y las Bernard obedecen o aprenden a golpes de realidad. Conduje directo hacia el aeropuerto privado. Mi padre, en un alarde de sentimentalismo que me resultaba estúpido, había pagado un viaje a Inglaterra como luna de miel. Para mí, era una pérdida de tiempo monumental. Estar fuera de la ciudad mientras Castel intentaba robarme a mis hombres era una imprudencia, pero mi padre había dejado claro que este viaje era parte del trato para cederme el control total de la organización. Además, la idea de pasar días enteros encerrado con esta cría me resultaba irritante; presentía que Inglaterra sería un aburrimiento absoluto entre sus quejas y su santidad de convento. —¿A dónde vamos? ¿A dónde me llevas? —preguntó cuando vio las luces de la pista de aterrizaje. —Deja de hacer preguntas y sal del auto —le ordené. Subimos al jet privado en silencio. Ella se sentó lo más lejos posible de mí, mirando por la ventana como si fuera una mártir. Era evidente que este matrimonio sería una maldita tortura para ambos. El jet despegó, y el rugido de los motores nos avisó que estaríamos varias horas en el aire. No tenía nada mejor que hacer que beber. Me serví un whisky doble, sintiendo el ardor en la garganta mientras revisaba unos mensajes en mi teléfono. No podía dejar que Milton creyera que él llevaba la batuta; le envié instrucciones precisas para que empezara a liquidar a los contactos de Castel mientras yo estaba fuera. —¿Señor, desea algo más de tomar? —la voz de la asistente de vuelo interrumpió mis pensamientos. Era una mujer joven, de uniforme ajustado y cabello rubio platino. Me miraba con una intensidad que conocía bien: ambición y deseo. —No —le contesté secamente. Sin embargo, pude ver en sus ojos que no se daría por vencida tan fácilmente. Se inclinó un poco más de lo necesario, dejando ver el inicio de sus senos, y me dedicó una sonrisa sugerente. —Está bien, señor. Si necesita algo... cualquier cosa... puede hablarme. Estoy aquí para servirle en lo que usted desee —me dijo, alejándose con un contoneo de caderas exagerado, sabiendo perfectamente que yo la estaba observando. Mi mente me decía que no era el momento de pensar en follar, especialmente con mi esposa a escasos metros, pero mi cuerpo parecía ignorar las señales lógicas de mi cerebro. Ver el trasero de aquella asistente despertó mi instinto más básico. Tenía la testosterona por las nubes después de la tensión de la boda y la llegada de Castel. —Vaya, eres todo un degenerado —la voz de Lara cortó el aire. Me miraba con profundo asco, moviendo la cabeza en negación—. Ni siquiera llevamos un día casados y ya estás devorando a la empleada con los ojos. Eres despreciable. Sentí una chispa de malicia encenderse en mi pecho. Me levanté del asiento con lentitud, dejando el vaso de whisky sobre la mesa, y caminé hacia ella con paso depredador. —¿Quieres saber lo que este degenerado puede hacerte? —le pregunté con voz ronca. No le dejé tiempo para responder. Me abalancé sobre ella, atrapando sus labios en un beso desesperado y violento. Lara intentó separarme, golpeando mi pecho con sus puños pequeños, pero yo solo la apreté más contra el asiento. Tenía que acostumbrarse. Tenía que entender que es mi mujer y que una de las ventajas de este maldito contrato es que puedo tomar su cuerpo cuantas veces se me antoje. Sus labios sabían a gloss de fresa y a una rebeldía que me volvía loco. Lara logró reunir fuerzas y me dio un empujón inesperado, aprovechando que el jet tuvo una pequeña turbulencia. Caí sobre el piso de la cabina, sorprendido por su fuerza. —¿Qué demonios te pasa? —me preguntó con la respiración entrecortada y los ojos llenos de lágrimas de rabia—. Si piensas que por estar casados vas a hacer conmigo lo que quieras, te equivocas. Tienes que respetarme. No pienso acostarme contigo ni hoy, ni nunca. No pienso entablar ningún tipo de relación contigo. Para el resto del mundo seremos esposos, pero para mí, tú eres peor que el mismísimo diablo. Me levanté del suelo, limpiándome el polvo imaginario del traje. La miré con una frialdad que la hizo retroceder un paso. —Al parecer, en algo tienes razón, pequeña Lara: soy peor que el mismísimo diablo. Así que ten mucho cuidado, porque puede que un día me levante con ganas de matar a mi esposa, especialmente si sigue desobedeciéndome de esta manera. Considéralo mi última advertencia. Le di la espalda y caminé hacia la pequeña recámara privada que había en el fondo del jet. Necesitaba salir de su vista antes de que terminara haciendo algo de lo que, tal vez, me arrepintiera. Una vez dentro, me quité el saco y me recosté sobre la cama. Intenté dormir, pero la imagen de Lara, con sus labios rojos y su mirada desafiante, no salía de mi cabeza. Nunca pensé que una cría tan insignificante pudiera ponerme tan tenso. Su rechazo, lejos de apagarme, solo alimentaba mis ganas de doblegarla. De repente, alguien tocó a la puerta de la recámara con suavidad. —Adelante —dije, pensando que sería Milton con alguna novedad. Para mi sorpresa, era la asistente de vuelo. Había soltado un par de botones de su blusa y me miraba con una mezcla de miedo y lujuria. —Señor... déjeme ayudarle —susurró, acercándose a la cama—. Se ve que está muy estresado. Créeme que conozco un remedio muy bueno para ayudarlo a relajarse antes de llegar a Londres. No dije nada. La dejé acercarse. Ella se puso de rodillas frente a mí, con una destreza que delataba sus intenciones. Sus dedos ágiles buscaron la hebilla de mi cinturón y la desabrocharon con rapidez. Sacó mi m*****o, que ya estaba rígido por la rabia y el deseo contenido hacia mi esposa, y comenzó a succionarlo con una técnica impecable. Cerré los ojos, dejando que el placer físico nublara mis pensamientos. La asistente sabía lo que hacía; sus labios y su lengua trabajaban con una urgencia que me permitió desconectarme por un momento. Mientras ella se esmeraba en darme un oral profundo, mi mente volvió a Lara, que estaba al otro lado de la puerta, creyéndose a salvo en su burbuja de santidad. Ella no tenía idea de la tormenta que se le venía encima. Esta puta sabía cómo desestresarme, pero mientras llegaba al clímax, solo podía pensar en una cosa: la próxima vez que necesitara este alivio, no sería una empleada quien estuviera de rodillas, sino mi flamante y rebelde esposa
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