CAPITULO 5

1842 Words
Para muchas mujeres, el día de hoy debería representar la cúspide de sus ilusiones, el amanecer de una vida compartida y el sueño bordado en encaje blanco. Se supone que una boda es el momento más bello en la existencia de una joven, un rito de pasaje hacia la felicidad. Sin embargo, para mí, cada puntada de este vestido de seda se siente como un grillete y cada paso hacia la catedral es un avance hacia mi propia ejecución. No estoy caminando hacia un nuevo comienzo; estoy firmando, con tinta de miedo, mi sentencia de muerte. —Vamos, Lara, quita esa cara de funeral —me dijo Leslie, tratando de forzar una nota de alegría mientras ajustaba con dedos expertos los últimos mechones de mi peinado—. En cuestión de horas serás la señora Bernard. Dejarás de preocuparte por el dinero, por las carencias, por el futuro. Vivirás como una auténtica reina, amiga. Disfrútalo, aunque sea por la cuenta bancaria. —Entiende de una vez que no es lo que yo quiero, Leslie —le respondí, mirándola a través del espejo. Mi reflejo me devolvía la imagen de una extraña: una mujer pulida, perfecta, envuelta en un lujo que me resultaba ajeno y ofensivo. Leslie suspiró y me miró de mala gana, dejando caer el peine sobre el tocador. —Amiga, no seas injusta. Solo intento que no te desmorones antes de llegar al altar. Pero prométeme algo... prométeme que, cuando estés instalada en esa mansión de película, me llevarás contigo. No me dejes atrás. Se le formó un pequeño puchero en los labios, una mezcla de broma y súplica real. La abracé con fuerza, sintiendo cómo el frío de la iglesia ya empezaba a filtrarse en mis huesos a pesar de que aún estábamos en mi habitación. —No puedo prometer algo que no sé si podré cumplir, Les. Me pides que te lleve y ni siquiera sé qué será de mí en ese lugar. Tengo miedo. Te seré sincera: investigué a los Bernard tanto como tú, y las sombras que encontré en su historial no me gustaron nada. Tengo el presentimiento de que mi vida será una tortura dorada. —¿Qué es lo que tanto tardan? —La voz de mi madre cortó el aire como un látigo al entrar en la habitación. Sus ojos recorrieron mi figura con una mezcla de orgullo y alivio económico que me dolió más que cualquier insulto. —Ya vamos, señora —contestó Leslie, dándome un último apretón de manos antes de salir. El trayecto hacia la catedral se sintió como un viaje al vacío. Máximo había enviado un coche blindado, un monstruo de metal n***o que rugía por las calles. Durante los treinta minutos de viaje, vi pasar mi ciudad, mi antigua vida, a través de los cristales tintados. Me sentía como una prisionera siendo trasladada a una celda de máxima seguridad. La catedral de la ciudad no era simplemente una iglesia; era un monumento a la opulencia. Ubicada en la zona de alcurnia, sus torres de piedra se alzaban hacia el cielo como dedos acusadores. Era el lugar donde solo las dinastías más importantes sellaban sus alianzas, y era evidente que, para la sociedad, Máximo Bernard era un rey sin corona. Al bajar del auto, el aire se volvió pesado. El despliegue de seguridad era asfixiante. Al cruzar el umbral, quedé atónita. No era una boda; era una exhibición de poder. Los adornos florales debían costar más que nuestra casa entera, y los invitados... Dios mío, parecía que en lugar de una ceremonia religiosa, estábamos asistiendo a una pasarela de alta costura en París. —Mira mis trapos y mira la ropa que trae esa gente —susurró Leslie a mi lado, intentando esconderse tras de mí—. Me huele a que saldremos humilladas de aquí. O mejor dicho, me van a devorar viva. —De qué hablas, esto es más un desfile de vanidad que una boda —le contesté, y por un segundo, ambas compartimos una risa nerviosa que fue nuestra última conexión con la normalidad. De repente, un hombre de ademanes exagerados y mirada frenética caminó apresuradamente hacia nosotras. Llevaba una tableta en la mano y un auricular en la oreja. —¡Hasta que por fin llegas, cariño! —exclamó, tomándome del brazo con una familiaridad que me molestó—. La ceremonia está por comenzar. Los tiempos son oro. ¿Quién te entregará? ¿Tu padre o tu madre? —Mi madre —contesté, sintiendo un nudo de melancolía por el padre que nunca tuve y que, según supe, murió por culpa de la familia con la que hoy me unía. —Perfecto. Que comience la función. —Hizo una señal dramática con las manos. La música del órgano comenzó a vibrar en las paredes de mármol, anunciando mi entrada. Las puertas principales se abrieron de par en par. Al fondo, al final del larguísimo pasillo cubierto por una alfombra roja, lo vi a él. Máximo Bernard. Llevaba un traje a medida que resaltaba su imponente estatura y sus hombros anchos. Su expresión era ilegible, fría como el hielo. ¿Qué pasaría por su mente? ¿Estaría aburrido de este trámite? ¿Me vería como un trofeo o simplemente como la última pieza de un rompecabezas financiero? Sabía que, al igual que yo, él no estaba aquí por amor, pero su mirada tenía un hambre que me hacía querer retroceder. Mi madre me tomó del brazo, sacándome de mis pensamientos. Sus dedos se enterraron en mi piel con una fuerza que decía: "No te atrevas a darte la vuelta". Empezamos a caminar. A medida que avanzábamos, los murmullos de los invitados se filtraban por el aire como veneno. No se esforzaban en ocultar su desprecio. —¿Quién se supone que es esa tipa? —murmuró una mujer enjoyada hasta los dientes, mirándome de arriba abajo con asco—. ¿Acaso Máximo perdió la cabeza? Es obvio que está con él por su dinero. —Escuché que es una muerta de hambre de los suburbios —le contestó su acompañante, abanicándose con prepotencia—. ¿Cómo es posible que Bernard haya preferido a esta don nadie antes que a la señorita Valverde? Es una oportunista de manual. Solo espero que el divorcio sea rápido. El enojo comenzó a hervir en mis venas, sustituyendo al miedo. Quería gritarles que yo no pedí esto. Quería decirles que preferiría estar en la calle antes que en este altar de oro. Pero el peso de la mano de mi madre me mantuvo anclada. —Oídos sordos, pequeña Lara —susurró mi madre con una sonrisa gélida—. No tenemos otra opción más que callar. Cuando seas la dueña de todo esto, ellas mismas te besarán la mano. Ten paciencia. Llegamos al pie del altar. Mi madre soltó mi brazo y me entregó a Máximo como quien entrega una mercancía pagada por adelantado. Él me tomó de las manos; las suyas estaban cálidas y firmes, envolviendo las mías con una autoridad que me hizo sentir pequeña. Mi tío Robert, con su túnica de gala, comenzó a dar el sermón sobre la unión sagrada, pero apenas llevaba tres frases cuando Máximo lo interrumpió con una voz que cortó la solemnidad del momento. —Vaya al grano, padre. Deje los sermones para los domingos. Tenemos cosas más importantes que hacer. Mi tío lo miró con una mezcla de indignación y temor, pero como todos en esta ciudad, no se atrevió a contrariarlo. Asintió y pasó directamente a los votos. —Lara Ocampo, te tomo como mi mujer para cuidarte y protegerte —dijo Máximo, clavando sus ojos negros en los míos. Su voz era profunda, una caricia peligrosa—. Al estar conmigo, no te hará falta nada. Serás mi prioridad. Me tomó la mano y deslizó un anillo de diamantes en mi dedo. Pesaba. Pesaba como una cadena. Escucharlo prometer protección me dio coraje; ¿protección de quién? ¿De él mismo? —Máximo Bernard, te tomo como esposo... para cuidarte en la salud y la enfermedad —recité con voz monótona, sintiendo que las palabras se convertían en ceniza en mi boca. Le puse el anillo, sintiendo la dureza de su piel. —Si alguien se opone a que este matrimonio se lleve a cabo, que hable ahora o calle para siempre —mencionó mi tío Robert. Hubo un silencio sepulcral. Recé, por primera vez con desesperación real, para que un rayo cayera del cielo, para que alguien abriera las puertas y gritara una objeción, para que el mundo se detuviera. Pero nadie se opuso. La sociedad quería esta unión tanto como mi familia. —Entonces, los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia. Máximo no esperó. Se inclinó sobre mí y me tomó del rostro con una urgencia que me dejó sin aire. Me besó con una desesperación posesiva, frente a todos, reclamando su premio. No fue un beso de amor; fue una marca. La gente aplaudió con hipocresía. Salimos de la catedral tomados de la mano, bajo una lluvia de pétalos blancos que se sentían como piedras. Máximo me ayudó a subir al auto y, esta vez, fue él quien tomó el volante. Manejó con una velocidad controlada hasta llegar al lujoso hotel donde se llevaría a cabo la recepción. Pero no fuimos al salón principal. Me llevó a través de un pasillo privado hasta una oficina elegante y solitaria. —En el baño hay un vestido de seda, mucho más sencillo —dijo, soltando mi mano. Su tono había vuelto a ser frío y directo—. Cámbiale. Así estarás más cómoda para soportar a los buitres de la fiesta. Se dio la vuelta hacia la puerta. —¿A dónde vas? —le pregunté, sintiéndome repentinamente vulnerable en aquel lugar extraño. Se detuvo y me miró por encima del hombro con una chispa de malicia en los ojos. —Esperaré afuera. ¿O acaso quieres que te ayude a desvestirte? Créeme, Lara, lo mejor para ti es que me quede del otro lado de esa puerta. De lo contrario, no respondo de lo que podría hacerte aquí mismo. Se acercó lentamente, acortando el espacio hasta que su aliento rozó mi frente. El olor a tabaco caro y colonia inundó mis sentidos. —Aléjate —le dije rápidamente, pegándome a la pared. —No quiero hacerlo —susurró, bajando la mirada a mi cuello—. Eres mi esposa ante la ley y ante Dios. Y en un par de horas, cuando termine este circo, serás mi mujer en toda la extensión de la palabra. Así que, si quisiera, en este mismo momento podría reclamar lo que me pertenece. Me dejó un beso húmedo y abrasador en el cuello, un contacto que disparó una corriente eléctrica por toda mi columna, dejándome confundida y aterrada. Se apartó con una sonrisa triunfante y salió, cerrando la puerta con un clic metálico que me recordó que, por fin, la jaula se había cerrado .
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