CAPITULO 4

1567 Words
Este día se ha consolidado, sin lugar a dudas, como el peor de toda mi existencia. Me encuentro atrapada en este maldito salón de belleza, rodeada de espejos que me devuelven una imagen que ya no reconozco, mientras un ejército de mujeres se dedica a manipular mi cuerpo como si fuera una muñeca de porcelana destinada a una subasta. Me han hecho de todo, ignorando mis protestas y mis deseos con una eficiencia robótica que me hiela la sangre. Siempre he sentido un orgullo silencioso por mi cabello; es largo, lacio y posee un tono oscuro y profundo que hace un contraste perfecto con la palidez de mi piel. Es una de las pocas cosas que sentía que me pertenecían por completo. Pero, al parecer, en este mundo de lujos y pecados, ni siquiera el color de mi pelo es propiedad mía. —Ya les dije que no pienso teñirme el cabello —les grité, con la voz quebrada por la indignación y el cansancio. —Señorita Ocampo, nosotros solo seguimos órdenes —contestó una de las estilistas, sosteniendo un tazón de tinte químico como si fuera una sentencia—. Al parecer, a su futuro esposo le gustan las mujeres rubias. Es el estándar de belleza que él prefiere. Sentí una oleada de náuseas. ¿Así iba a ser mi vida? ¿Transformarme físicamente para satisfacer los fetiches de un hombre que apenas conocía? —Me interesa muy poco cómo le gusten las mujeres a Máximo Bernard —sentencié con toda la fuerza que pude reunir, clavando mi mirada en el espejo—. Solo quiero que me despunten el cabello y se acabó. Si van a hacerme tratamientos faciales, manicura o pedicura, adelante, pero no permitiré que toquen mi color natural. No voy a convertirme en una copia barata de sus amantes. Las estilistas se intercambiaron miradas cómplices y cargadas de juicio. El silencio en el salón se volvió denso. Finalmente, Marissa, la jefa del equipo, suspiró y dejó el tinte a un lado. —Está bien, señorita. Si eso es lo que usted desea... —comenzó a trabajar con las tijeras, pero su tono era afilado—. Dígame, ¿cómo lo conoció? —¿A quién? —pregunté, aunque sabía perfectamente a quién se refería. —A Máximo. Es el hombre más importante de esta ciudad, el soltero más codiciado y peligroso que ha pisado estas calles. De buenas a primeras, resulta que se casará con una chica que sale de una iglesia de barrio. Es... sorprendente, por decir lo menos. —Eso es algo que no te incumbe —le corté, viendo cómo su rostro se endurecía a través del reflejo del cristal. —Solo intentaba ser amable, o quizás tu amiga —respondió ella, girando mi silla de golpe para quedar frente a frente. Sus ojos brillaban con una malicia mal disimulada—. Déjame decirte algo, niña: en este salón, todas las mujeres que te rodean te odian. El simple hecho de saber que mañana serás la señora Bernard te pone en la mira de todas las presentes. ¿Te preguntas por qué? Porque tu futuro esposo es un promiscuo de primera categoría. Es muy probable que se haya acostado con casi todas las que estamos aquí. Para nosotras, no eres más que una intrusa que tuvo suerte. —¡Eso no me importa! —le espeté, sintiendo un nudo de humillación en la garganta—. Lo único que yo quiero es no estar casada. Si por mí fuera, mañana estaría entrando a un convento y no a una mansión. Marissa arqueó una ceja, genuinamente sorprendida. —¿Y entonces por qué estás aquí, dejando que te preparemos para él como si fueras un regalo? —¿Quién dijo que estoy aquí por mi propia voluntad? —Me acerqué a ella, bajando el tono de voz hasta que fue un susurro letal—. Deja que te dé un consejo, Marissa: deberías dejar de intentar meterte en lo que no te incumbe. Limítate a hacer tu trabajo y reza para que nunca tengas que estar en mi lugar. Giré la silla por mi cuenta, dándole la espalda. Pasé el resto de la tarde en un trance, dejando que limaran mis uñas, que aplicaran extensiones de pestañas que pesaban sobre mis párpados como cortinas de plomo, y que masajearan mi cuerpo con aceites costosos. Me preparaban para la guerra, aunque ellos lo llamaran "boda". Cuando por fin regresé a casa, me sentía físicamente pulida pero emocionalmente destrozada. Mi piel brillaba, mis manos lucían perfectas, pero por dentro sentía que me estaba marchitando. —Quita esa cara, Lara —me dijo Leslie, quien me había estado esperando en la sala—. Créeme que si yo fuera tú, estaría saltando de alegría. Mira que casarse con ese bombón... no a cualquiera le toca esa suerte, amiga. Es como sacarse la lotería del pecado. —Yo no quiero casarse, Leslie. Tú mejor que nadie conoces mis propósitos, sabes que mi vida estaba destinada a algo más puro que esto. —¡Basta ya! —La voz de mi tío Roger retumbó desde el pasillo. Entró en la sala con su sotana negra, luciendo más como un carcelero que como un sacerdote—. Tienes que casarte, no lo volveré a repetir. Es momento de que entiendas de una vez por todas, Lara, que si vamos a entregarte no es por capricho. Es para cumplir con la palabra de honor de tu abuelo. No olvides que fue por culpa de los errores de tu madre que estamos en esta posición. Tu obediencia es el precio de nuestra supervivencia. —Si, está bien, tío. Tiene razón —contesté con una apatía que me asustó a mí misma. Me levanté del sofá sin mirar a nadie, me despedí de Leslie con un gesto vago y me encerré en mi habitación. Necesitaba la oscuridad. Me acosté sobre la cama, sintiendo el peso de las pestañas postizas y la suavidad artificial de mi piel. Cerré los ojos, intentando que el sueño me llevara lejos de esta realidad. De repente, el sonido estridente de mi móvil rompió el silencio. Un número desconocido parpadeaba en la pantalla. Dudé. Una parte de mí quería arrojar el aparato contra la pared, pero la otra sabía que ignorar ciertas llamadas podría ser fatal. La llamada terminó, pero inmediatamente el teléfono volvió a sonar. Con un suspiro de resignación, contesté. —¿Quién habla? —Registra mi número ahora mismo —la voz de Máximo llegó a mis oídos, cargada de esa autoridad arrogante que me hacía temblar de rabia—. Detesto que no me contesten a la primera. Esta vez te la paso porque es la primera vez que te marco, pero para la próxima habrá un castigo. ¿Escuchaste bien, futura esposa? —Está bien —respondí, tratando de sonar indiferente mientras apretaba las sábanas con mis uñas recién pintadas. —Si te marco no es para saber cómo estás; eso es lo que menos me importa —continuó él, y pude imaginar su sonrisa cínica al otro lado de la línea—. Te marco para avisarte que la boda es mañana a mediodía en la catedral central. Tu tío ya tiene las instrucciones precisas. Todo lo que tienes que hacer es presentarte, lucir hermosa y decir "sí". No quiero que cometas ninguna estupidez, Lara. Si intentas huir o montar un espectáculo, quienes pagarán las consecuencias serán tu tío, tu madre y cada m*****o de tu preciosa familia. No me obligues a ser desagradable el día de nuestra unión. Y sin esperar respuesta, colgó. Me quedé mirando el teléfono en silencio. Qué manera tan única de recordarme mi condición de esclava. Dejé el móvil sobre el buró y las lágrimas, que habían estado acechando durante todo el día, finalmente brotaron. Sollozos silenciosos sacudieron mi cuerpo. ¿Cómo era posible que mi destino hubiera dado un giro tan violento? Hace apenas una semana, mi mayor preocupación era memorizar los salmos para el domingo, y ahora, mi mayor preocupación era sobrevivir a un hombre que me amenazaba con la muerte de mis seres queridos. Escuché que alguien tocaba a la puerta de mi habitación. No quería ver a mi madre con sus disculpas vacías, ni a mi tío con sus sermones de sacrificio. Me di la vuelta rápidamente, dándole la espalda a la puerta y cerrando los ojos con fuerza, fingiendo un sueño profundo que estaba lejos de alcanzar. Escuché cómo la puerta se abría con un chirrido leve y unos pasos se acercaban a mi cama. Sentí una mirada pesada sobre mí, pero me mantuve inmóvil. Al cabo de unos segundos, la persona suspiró y se retiró, cerrando la puerta tras de sí. Me quedé sola en la penumbra. Mañana, a esta hora, ya no dormiría en esta cama. Dormiría en la cama de un extraño, de un criminal, de un hombre que me veía como un objeto de pago. Mañana dejaría de ser Lara Ocampo para convertirme en la sombra de un Bernard. Fingir... al parecer, esa sería mi única estrategia de supervivencia de ahora en adelante. Fingir que no tengo miedo, fingir que no lo odio, y sobre todo, fingir que no siento ese escalofrío eléctrico cada vez que escucho su voz. Mañana, la cordera caminaría hacia el altar, y el lobo estaría esperando con una sonrisa. .
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD