¿Qué demonios acaba de ocurrir?
El aire en el baño de la cafetería todavía se siente pesado, saturado con el rastro de su perfume amaderado y el calor asfixiante de su cuerpo contra el mío. Me toco los labios con las yemas de los dedos; están hinchados, sensibles, marcados por una desesperación que no alcanzo a comprender. Máximo Bernard no besa como un hombre que busca afecto; besa como un conquistador que reclama un territorio, como si quisiera dejar su nombre grabado en mi garganta para que nadie más se atreviera a pronunciarlo.
Me quedo inmóvil, apoyada contra los azulejos fríos, esperando a que mi corazón deje de galopar como un animal herido. Lo que más me aterra no es su violencia o su arrogancia, sino la traición de mi propio cuerpo. Soy una mujer que ha dedicado su vida a la oración, al recato, a la búsqueda de la paz espiritual. Entonces, ¿por qué mis piernas temblaron de una forma que no fue solo miedo? ¿Por qué, en el fondo de ese abismo de pecado, hubo una chispa de curiosidad eléctrica que me hizo querer sostenerle la mirada?
Salgo del baño con las manos temblorosas, tratando de recomponer mi ropa y mi dignidad. Al caminar hacia la mesa de Leslie, siento que las paredes me observan. Miro por encima del hombro, convencida de que hay ojos invisibles siguiendo cada uno de mis pasos.
—¿Por qué tardaste tanto, tía? —pregunta Leslie, escudriñando mi rostro con una mezcla de curiosidad y alarma.
—No me creerás lo que pasó... —susurro, sentándome con las piernas convertidas en gelatina—. Ese tipo... Máximo. Estaba aquí. Me siguió al baño, Leslie. Me arrinconó contra la pared y me dijo que me tiene vigilada. Que sabe cada movimiento que hago. Tengo miedo. Siento que el aire que respiro ya no es mío.
Leslie se pone seria por primera vez en el día. Mira hacia la puerta, buscando una amenaza que ya se ha esfumado.
—Será mejor que vayamos a casa ahora mismo. Te dejaré en la puerta, no te voy a soltar hasta que estés bajo llave.
El trayecto en el taxi es un borrón de luces y sonidos. El silencio de Leslie es un peso muerto sobre mis hombros. Al llegar a casa, me despido con un abrazo rápido y me encierro en mi habitación. Necesito quitarme su aroma de la piel. Necesito que el agua borre la sensación de su mano apretando mi cintura.
Me desnudo con movimientos mecánicos y me aseguro de cerrar las cortinas y asegurar las ventanas. Sus palabras se repiten en mi cabeza como un mantra oscuro: "Te tengo vigilada... todo tu cuerpo me pertenece". Entro en la ducha y dejo que el agua caiga con fuerza. Mi cuerpo se siente caliente, una extraña pesadez en el pecho que me hace pensar que voy a enfermar. Cierro los ojos y, en la oscuridad de mis párpados, lo veo a él. Recuerdo el roce de su lengua, la firmeza de sus músculos y la forma en que su mirada negra parecía desnudarme el alma. Para ser mi primer contacto con el sexo opuesto, ha sido un bautizo de fuego que me ha dejado cicatrices invisibles.
Al salir, envuelta en una toalla, escucho que tocan a la puerta.
—¡Adelante! —exclamo mientras busco algo sencillo que ponerme.
Mi madre entra con una expresión que no sé si clasificar como alegría o alivio. Trae los brazos cargados de bolsas de papel satinado y cajas con logotipos que solo he visto en revistas de lujo.
—Cariño, la familia Bernard ha enviado esto para ti —dice, dejando el botín sobre mi cama como si fueran tesoros sagrados.
—¿Qué es todo esto, mamá? —pregunto con desconfianza.
—Están pidiendo que empieces a vestirte conforme a la posición que ocuparás —explica ella, sacando un vestido de seda que brilla bajo la luz de la lámpara—. Se acabó la ropa humilde, Lara. A partir de ahora, usarás solo lo mejor de los diseñadores de Europa. Mira este corte, es exquisito.
—No pienso usar nada de eso —respondo, sintiendo una náusea repentina—. Es ropa de una vida que no elegí.
—Cariño, por favor... también han traído esto. —Saca una funda larga de tela blanca—. Es el vestido para la boda de mañana.
Me acerco a las bolsas, impulsada por una curiosidad masoquista. Empiezo a revisar el contenido y el rubor me quema las mejillas. Hay vestidos ajustados, escotes que desafían la gravedad y, en una caja aparte, lencería de encaje tan fina y transparente que parece hecha de telarañas. Me siento ultrajada.
—¡Esto es una burla! —grito, lanzando una de las prendas al suelo—. Se supone que me voy a casar, no que voy a trabajar en un burdel para él. ¿Cómo pueden pedirme que use esto?
—Lara, entiendo que estés asustada, pero tienes que entender el mundo al que vas —mi madre se sienta en la orilla de la cama, suspirando—. Yo también cometí errores, hija. Me entregué a un hombre por deseo y mira dónde terminé. Pero tú... tú tienes la oportunidad de salvar a esta familia. Tu abuelo te prometió a Zacarías cuando naciste para pagar una deuda de vida.
—¿Por qué me dejaron soñar con el convento, mamá? —pregunto, y las lágrimas que he estado conteniendo finalmente rompen la presa—. ¿Por qué me permitieron amar a Dios de esta manera si sabían que mi cuerpo ya tenía dueño? Me siento como un animal que engordaron solo para llevarlo al matadero.
—No lo sabía todo, Lara —dice ella, intentando tomar mis manos, aunque yo me aparto—. Me enteré de los detalles del contrato cuando mi padre murió. Traté de oponerme, pero el padre Roger me hizo entender que no hay salida. Nuestras vidas dependen de ti. ¿Acaso no nos amas lo suficiente para este sacrificio?
Esa pregunta es el golpe de gracia.
—Los amo. Por supuesto que los amo. Pero odio que usen ese amor como una cadena.
—Entonces acepta tu destino —sentencia ella con una frialdad que me hiela la sangre—. La boda es en dos días. Míralo por el lado bueno: tendrás dinero, poder. Podrás ayudar a la iglesia, a los huérfanos que tanto te preocupan. Si sabes ganarte a Máximo, podrás hacer mucho bien.
—Quiero estar sola, mamá. Por favor.
Ella asiente y sale de la habitación, dejándome rodeada de seda y encaje que se sienten como mortajas. Me desplomo en la cama y busco mi celular. La curiosidad es un pecado, pero en este momento es mi única arma. Escribo su nombre en el buscador: Máximo Bernard.
Lo que aparece en la pantalla me deja sin aliento. Cientos de fotos de él en eventos sociales, saliendo de juzgados, entrando en clubes exclusivos. En ninguna foto repite acompañante. Siempre hay una mujer diferente a su lado: modelos, actrices, herederas; todas hermosas, todas con una mirada de adoración que él parece ignorar.
Pero lo más aterrador son los encabezados judiciales. “Hijo del imperio Bernard bajo investigación de la DEA”, “Sospechas de lavado de dinero y tráfico”, “El intocable de la mafia rusa”. Hay fotos de él bajándose de coches deportivos, mirando a la cámara con una sonrisa arrogante que parece decir: "Atrápenme si pueden".
—¿Qué demonios pretendes conmigo? —pregunto al aire, mirando su rostro pixelado—. No soy como esas mujeres. No sé cómo moverme en tu mundo de lobos.
Me siento decepcionada. No solo me casaré con un criminal, sino con un playboy que probablemente me desechará en cuanto la novedad de mi "pureza" se agote. Tiro el celular a un lado y me quedo mirando el techo.
—Perdóname, Dios —susurro, cerrando los ojos con fuerza—. Mañana te daré la espalda, no porque quiera, sino porque mi familia me ha vendido. Espero que mi abuelo sepa lo que hizo, porque siento que me estoy entregando al mismo diablo.
La noche es una tortura. El sueño no llega, y cuando lo hace, viene cargado de pesadillas. Sueño con el confesionario de la iglesia, pero el sacerdote no es mi tío, sino Máximo. Él me obliga a confesar pecados que todavía no he cometido, mientras sus manos de fuego me queman la piel. Despierto sudando, con el sonido de mi alarma a las siete de la mañana recordándome que hoy es el último día de mi libertad.
Me ducho rápido, sintiéndome como un zombi. El espejo me devuelve una imagen de ojeras marcadas y palidez extrema.
—Cariño, el desayuno está listo —la voz de mi madre suena desde el pasillo—. Apúrate, los Bernard han enviado un coche. Iremos al salón de belleza para un cambio de look total. Tienes que estar impecable para mañana.
—Ya bajo —respondo sin ánimos.
En la cocina, el ambiente es tenso hasta que Leslie entra como un torbellino.
—Tu madre me invitó para ver si te levanto el ánimo, aunque veo que está más difícil que resucitar a un muerto —dice ella, tratando de bromear mientras se sienta a mi lado.
—Tengo que casarme, Leslie. No hay vuelta atrás. —Le doy un sorbo a mi café, que me sabe a ceniza.
—Por cierto... —Leslie saca su teléfono y se inclina hacia mí—. Estuve haciendo mi propia investigación nocturna sobre tu futuro esposo. Tía, el tipo es un gigoló profesional. Mira estas capturas de los foros de chismes.
—No quiero ver eso, de verdad —trato de apartar la vista, pero ella persiste.
—Tienes que saber a qué te enfrentas. Según algunas páginas de esas que no deberían existir, dicen que Máximo Bernard no solo es rico, sino que es... bueno, digamos que la naturaleza fue muy generosa con él. Dicen que es una bestia en la cama. ¿Quieres ver la foto que filtraron de él en la playa? Se le marca todo el...
—¡Leslie! —la interrumpo, sintiendo que me voy a desmayar—. ¡Por favor! Soy virgen, aspiro a monja, ¿y vienes a decirme cuánto mide lo que tiene entre las piernas? ¡Cállate!
Ella estalla en una carcajada limpia y ruidosa, y por un segundo, su risa logra disipar la oscuridad de la habitación.
—No entiendo cómo somos amigas —le digo, negando con la cabeza—. Mis padres me enseñaron a ser una dama y tú eres como una sanguijuela de mal gusto que se me pega y no me deja en paz.
—Ten cuidado con lo que dices, Lara Ocampo —responde ella, dándome un codazo cariñoso—. Mañana, cuando vivas en esa mansión rodeada de guardaespaldas, me vas a extrañar. Te darás cuenta de que esta sanguijuela es la única que te dice la verdad a la cara.
—Lo sé —murmuro, dejando que una pequeña sonrisa asome por mis labios—. Eres única.
—¡Lesli! ¿Te gustaría desayunar con nosotras? —pregunta mi madre, entrando con una bandeja.
—Estaba esperando a que me lo ofreciera, señora Kati —responde Leslie con su descaro habitual.
Miro a mi amiga y a mi madre, y un nudo se forma en mi garganta. Mañana todo esto desaparecerá. Mañana dejaré de ser la sobrina del cura, la chica del coro, la amiga de Leslie. Mañana seré la propiedad de Máximo Bernard. Y mientras el sol de la mañana entra por la ventana, solo puedo pedirle a Dios que, si me va a abandonar en las garras de un lobo, al menos me enseñe a sobrevivir a su mordida.
¿Qué te ha parecido este desarrollo?
He ampliado el conflicto de Lara con la "ropa de pecado" y su miedo a perder su identidad.
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