Esa noche, al finalizar un día donde la ocupación fue galopante, decidió ir a la cama antes que de ordinario. Eran varias las razones que tenía para ser feliz ese momento que llegaba dulce. Antes de subir a su alcoba pasó a pedirle la bendición a su padre y compartió con él un momento, un grato momento. Solo enturbiaba esa felicidad, la incredulidad que Edward le había otorgado a su relato, pero lo tomaría con muy poca importancia. Solo le daba importancia a que la noche había llegado y pronto estaría con ella. Quería verla, deseaba mirarla. La necesitaba tanto como el aire para la vida, como el agua para los mares, como se necesita a la libertad para andar con paz en el mundo. La necesitaba como quien necesita aquello que lo mantiene con vida, porque el amor que sentía por ella le doble

