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Más que Atracción

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Blurb

A Fernando no debiese preocuparle nada, lo tiene todo, la casa ideal, Ivana, su perfecta novia. Pero no es feliz, porque sólo Cleo lo hace sonreír.

Cleo es irresistible, segura de sí misma y sensual, pero también es un alma libre.

El problema estará cuando Fernando se de cuenta que por Cleo siente Más que Atracción.

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1. Una Cena Más
Pov Cleo Adoraba el servicio de taxi que tenía Manolo, no sólo porque siempre estaba disponible para llevarme donde quisiera, además, nunca hacía preguntas y, lo mejor, se conformaba con que besara su rostro para considerar pagada la carrera. Esta vez no fue distinto, me adelanté entre los dos asientos, consciente de lo expuestos que se veían mis pechos en esa posición y posé mis labios en su mejilla, rasposa por la barba incipiente. - Espero tu llamado dulzura —roncó. - A la hora de siempre —le regalé un guiño antes de abrir la puerta. Dejé que mis piernas asomaran primero, tratando de parecer indiferente mientras me ponía de pie en la acera de cemento, sonriendo al observar el famoso Club Social de esta pequeña ciudad. Venía por lo menos una vez al mes, a veces más, para cada gala organizada por los socios. Lista en la que, obviamente, yo no estaba. Sabía que cada cena tenía un significado más allá que sólo disfrutar, para los hombres era un evento de negocios, en más de una ocasión me vi con mi brazo tomado por uno de ellos, inevitablemente envuelta en una de sus eternas conversaciones de los movimientos de la bolsa, minerales e incluso el comportamiento del clima. Alguna vez pretendí tomarles atención, pero en cuanto abrí mi boca para opinar, sus ceños fruncidos se dirigieron a mi rostro y me reí tontamente, tal como esperaban que actuara. En fin, dinero, sucio y vil dinero. Donde se encuentra la real acción, es en el mundo de las mujeres, la mayoría de ellas orgullosas esposas y las que esperaban serlo algún día. En este enorme salón se disputaban verdaderas batallas, no necesariamente ganaba la que tenía el vestido mejor diseñado, aunque era un punto importante, ni la que llevaba más joyas y, como regla general, no importaba si bailaban mejor o peor. Levanté mi barbilla, armé una sonrisa amplia y dejé que mis manos se mantuvieran a mis costados, levemente flexionadas, orgullosa, porque lo que yo tenía, difícilmente se encontraría en otra fémina de este lugar. - Señorita —los ojos del guardia brillaron, admirando mi escote. - Aquí tienes mi invitación -mostrando cierta hilaridad mientras le entregaba el sobre, sin siquiera mirarlo, aunque no encontraría nada de malo en él, se sentía como un pequeño triunfo— ¿Mucha gente? - Ya están todos, creo, llega a la hora precisa —alzó las cejas y volví a sonreír. Subí la escalinata con agilidad, sintiendo el cabello flotar tras mi espalda desnuda y di el primer paso, comenzando el espectáculo. Todos los rostros se volvieron a mí, como si estuviesen esperándome y, probablemente lo hacían. Las mujeres me miraban a los ojos, desafiantes y los hombres, bueno, ellos siempre le daban atención a otras partes de mi cuerpo, cosa que, difícilmente se atreverían a confesar. Sabía que no envidiaban mi vestido, platinado, que formaba mi figura, hasta medio muslo y con un ligero estilo de los años veinte, pero mucho más sensual; lo que a ellas les molestaba, era la seguridad con que caminaba entre los presentes, saludando a los hombres con los que alguna vez bailé, resoplando de forma divertida cuando, los que ahora estaban casados, volvían el rostro, seguros de que sus esposas los reprenderían por darme atención. Porque yo las ofendía, insultaba todos sus años de arduo trabajo, creando un sinnúmero de reglas para asegurarse de que nadie que no lo mereciera ocupase un sitio en su cerrado círculo de arpías. Si supiesen cuán poco me importaba en realidad, estar entre ellas significaría rebajarme a algo que nunca quise en mi vida. Ja, si se enterasen cuáles son los verdaderos motivos que me obligan a estar aquí, soportando sus venenosas miradas, tan agrias como sus propios pensamientos. - Hola, soy Cleo —la hacedora de fantasías— ¿Tienes algo para mí? El chico tras la barra tragó saliva, poniendo todo su esfuerzo en mirarme a los ojos, en vez de saciar sus instintos. - Sí —su mano temblaba mientras me entregaba un pequeño papel doblado en cuatro partes. - Mírame —susurré, inclinándome— no hay pecado en ello. Me alejé, contoneando mis caderas, levemente, nada grotesco, a ellos les encanta una mujer elegante, claro, sólo hasta que nos quitamos la ropa. - ¿Bailas? —dedos gruesos sujetaron mi brazo y traté de no rodar los ojos antes de volverme, acariciando su piel suave, igual que sus ojos grises. - Gracias, pero voy al tocador en este instante, quizás cuando regrese. - Estaré esperando. Apuré mis pasos y probablemente él creería que tenía prisa en regresar, bufé ante la idea justo cuando empujaba la puerta hacia la zona de los servicios, agradeciendo que no hubiese nadie, me encerré en el exquisito cubículo antes de comenzar a leer. “Baila como siempre, no quiero ver que alguien se quede sin disfrutar de tu contacto. Cena a mi lado y espero que estés tan desnuda bajo ese vestido que, como lo pedí, se debe ver escandaloso.” Hice una mueca, seguramente algo le impediría tener más que eso a la hora del postre, sus responsabilidades familiares, algún nuevo negocio. En fin, nada difícil de cumplir, pero que haría todo más tedioso, una eterna noche para la pobre hadita de los sueños. Levanté el vestido, me quité la tanga y la arrojé a la basura, cotilleo con el que podrían entretenerse las señoras mientras sus maridos me miraban. Salí a la zona de los lavabos e ignoré a las chicas que cuchicheaban, aplicándose brillo en los labios, como si eso las fuese a hacer más atractivas. - Llegó el martes, su mamá le dijo a mi mamá. - Creo que hasta está más lindo, este tiempo en Europa le sentó de maravillas. - ¿Sabes qué escuché? —bajó la voz y realmente no quise esforzarme en entender su conversación, terminé de secar mis manos y regresé a hacer mi encomienda de esta noche. Bailé. Rápidos y lentos, rubios y morenos, delgados y gordos, ya me daba igual, pero nunca abandoné mi sonrisa, poniendo atención a sus conversaciones, aunque no me interesaran, al parecer no entendían que había algo más que el clima y lo que haría más tarde, al terminar la cena. - Voy por algo de beber —susurré en el oído de mi último acompañante. - Te acompaño -exclamó con anhelo. - Oh, no te preocupes, debes tener tantas chicas con quien bailar —acaricié su mejilla sonrojada por la actividad— no te molestes por mí —besé su otra mejilla, sintiendo el sudor en mis labios— gracias, has sido grandioso. Lo vi en cuanto di la media vuelta hacia la barra, como si de pronto la multitud se hubiese hecho a un lado creando un pasadizo directo hacia él, me sonrió, pero lo ocultó, llevando el vaso con algún licor oscuro a sus labios, tan formados y llenos, casi sentí como mis dientes chirriaron por poder morderlos. Ladeó la cabeza, dejando de posar sus hermosos ojos verdes en mi rostro, dándole más atención a lo que le decía quien lo acompañaba, regalándome una perfecta visión de su perfil, nariz recta, no demasiado grande y varios mechones de cabello rubio cayendo por su frente angulosa. La barbilla era varonil, levemente puntiaguda y, al acercarme, noté que su piel estaba cubierta por un fino vello rubio, como si no se hubiese afeitado en un par de días, evidente signo de rebeldía. - Me das un vaso de agua —le dije al de la barra, sobresaltándome al sentir el calor de una mano en mi hombro. - Sólo agua —su voz, algo grave, pero suave también— bueno, con todo lo que has bailado, quizás lo entienda. - El agua es vida —exclamé, sonriendo por compromiso, sin atreverme a girar para observarlo. - Por eso, viva el ron —bromeó y volvió a darle su atención al pelirrojo a su lado. Bebí lentamente mientras, por el rabillo de mi ojo izquierdo, lo observaba, tratando de no cuestionarme cuál era el motivo por el que me llamaba tanto la atención ¡Cristo! Siempre soy yo la observada, nunca y digo, realmente, nunca he tenido que intentar llamar la atención de una persona, sin importar sus intenciones, pero la indiferencia era algo que no estaba segura de poder manejar. No era alto, con los tacones que yo traía, apenas me sobrepasaba un par de centímetros, pero tampoco era pequeño, delgado, lo que algunas llamarían atlético, yo le diría, maravilloso cuerpo, sin duda quería saber qué había bajo esa camisa con el primer botón abierto, no llevaba corbata, lo que lo hacía parecer más atractivo. Su mano izquierda oculta en el bolsillo del pantalón, hacía que la chaqueta del traje n***o se levantara un poco y la impoluta tela se pegaba a sus pectorales bien formados. ¡Mierda! Qué calor se sentía en este lugar y, si seguía mirándolo así, probablemente pensará que soy una acosadora, pero esos dedos, que rodean el vaso, largos y elegantes ¡Qué sensaciones…! ¡Uuugh! Necesito calmarme, esto no es algo que me pueda permitir, más bien, es algo que jamás me ha sucedido, pero ¡No puedo dejar de mirarlo! Mejor me alejo, este no es el lugar al que vengo a buscar sensaciones, eso lo dejo para las salidas a bailar con mis amigos. Quizás es que necesito ir a una de las fiestas de antaño, esas que de hace un tiempo prefiero no recordar. Crucé el salón, dispuesta a regresar al tocador, pero el gordito con el que bailaba antes se cruzó en mi camino, sonriéndome estúpidamente. - ¿Me buscabas? —dijo con cierta timidez, esperando sinceramente que lo rechazara, pero no sabía que me habían encomendado una tarea esta noche, lamentablemente, una negativa no estaba en mis concesiones. Nunca me había costado tanto sonreír con coquetería como en ese momento, tomando el brazo que me ofrecía, continuando con la charada. Esas manos regordetas presionaban mi cintura cada vez con más fuerza, haciéndome gruñir internamente. Quizás este era mi castigo por ceder tan fácilmente a mis instintos, olvidando lo que realmente importaba, el motivo por el que me encontraba en los brazos de este hombre. Conocí a Hernán hace dos años, llegó a nuestra reunión diciendo que deseaba probar nuevas experiencias, traído por uno de los miembros más antiguos de nuestro privado y muy cerrado círculo, por lo que no dudamos de él. Nos llamó la atención su edad, mucho mayor que todos nosotros y, para variar, no podía quitar los ojos de mi cuerpo desnudo, lo que me hizo sonreír con maldad, sentada en el respaldo del sofá, abriendo mis piernas para darle una mejor vista de lo que podría disfrutar, al igual que los otros chicos y, porque no decirlo, también las chicas. En ese tiempo, todo era aceptable para mí, incluso el hecho de que Hernán me pidiera una cita en privado. Me llevó a un departamento en un edificio algo antiguo, después me enteré de que era un obstetra muy conocido en la ciudad, al que acudían la mayoría de las mujeres de mayor posición, lo que le daba un lugar entre toda la gente que nos rodeaba en esta cena. De inmediato me dijo que era casado, que tenía dos hijos ya universitarios y lo que sucediera entre él y yo era completamente secreto, nadie podía enterarse de su alter ego, menos aún de sus particulares preferencias al momento del sexo. Me mostró un mundo completamente diferente y fascinante también, aunque, como todo en mi vida, pronto me aburrió. Entonces quiso probar otra de sus fantasías, verme vestida tan sensual y elegante como fuese posible, bailando con el que me lo pidiera y burlarse de todos los presentes al tener sexo ruidoso y descontrolado en alguna parte del Club, no con la intención de ser descubiertos, sino que mostrando el repudio que sentía para toda esta gente que se veía obligado a venerar. Desde entonces, tenemos este juego en las fiestas y nos vemos cada martes a las diez de la noche, en el departamento o en su consulta, según las intenciones para la noche. Pero no solo él gana en esta relación, hace muchos años que el sexo es mi mayor pasatiempo, me encanta disfrutar de las nuevas sensaciones de mi cuerpo y la manera en que puedo provocar lo mismo en otra persona. Aunque nunca se me pasó por la cabeza que también podría obtener otra clase de beneficios. Cuando mis padres murieron, heredé un montón de tierras con las que no sabía qué hacer, la vida de campo estaba muy lejos de mis proyectos de vida y decidí vender, claro que no obtuve lo que realmente valían, pero me alcanzó para comprar mi lindo departamento y una casa que arrendaba como oficinas, lo que me daba para sobrevivir sin tener que trabajar. Pero eso no siempre alcanzaba para tener todo lo que deseaba, o sea, mantener este glorioso cuerpo requiere de inversión, sesiones de masaje, yoga y una alimentación adecuada, para qué mencionar el cuidado de mi piel y la ropa, nada es suficientemente valioso como observarse en el espejo y comprobar que cada día me veo mejor en él, ningún rastro de la que en un tiempo fui. No me alcanzaba, y no tuve temor en decírselo, para darle sus gustos. Hernán quería ropa con descripciones específicas, como el vestido de esta noche. Ya hace mucho que me regalaba algo de vez en cuando, verdaderamente, más seguido de lo que quiero confesar y disfrutaba de cada uno de sus obsequios, joyas, perfumes y cualquier cosa que le pareciera adecuada para lucir sobre mi piel. Los vestidos de fiesta trajeron otro incentivo a mi autoestima, Franco, el diseñador que Hernán me recomendó, tuvo una idea más que excelente, de la cual ambos nos sentíamos ganadores. Como el Club organizaba una cena mensual, cada vez debía tener un nuevo y original vestido glamoroso para la ocasión y del dinero que Hernán le depositaba, él se quedaba con el costo de los materiales, mientras el resto lo traspasaba a mi propia cuenta ¿El canje? Las pruebas eran cada jueves por la mañana, extendiendo nuestros encuentros un poco más allá del taller, específicamente su habitación, lo que no necesariamente significaba que usáramos la cama. - Creo que debemos ir al comedor —la voz del rechonchito que nunca supe cómo se llama, me sacó de mi ensoñación, viendo cómo todos se apresuraban a pasar por las puertas francesas al otro sector del club. - Tienes razón —murmuré, haciendo una mueca, esta era la parte de la noche que más me gustaba, pero, a la vez, la que más ansiosa me hacía sentir. - ¿Te sentarás conmigo, Cleo? —sus ojos redondos y grises me miraban suplicantes y mi rostro se ladeó con ternura. - Voy de inmediato, pero creo que ya tengo un lugar dónde sentarme. - Quizás después podríamos… Lo interrumpí con un beso en la frente, sí, él es más bajo que yo, y me mantuve un par de pasos atrás antes de entrar, la decoración era magnífica, cada mesa ovalada, como para doce personas, estaba ricamente adornada con largos manteles color crema, flores doradas y ramitas verdes para dar el aire natural, las sillas lacadas al estilo chippendale, con labrados bastante finos. Paseé la mirada, ignorando el sonido del tafetán y la mezcla de los perfumes mientras todas, sin disimulo, trataban de adivinar dónde me sentaría esta vez. Busqué la cabeza canosa del hombre delgado casi al fondo del comedor, caminando directamente hacia allá, ubicándome en la silla a su lado, dándome cuenta entonces que casi toda la mesa estaba vacía. - Buenas noches, doctor —tratando de que mi voz sonara casual, aunque mi cuerpo temblaba ligeramente por la emoción. - Buenas noches, Cleo —se volvió levemente— mi esposa, Cecilia. - Ay, Hernán, en cada cena nos presentas, cómo no lo recuerdas. - Mi amor, sabes que tengo tantas pacientes, no puedo acordarme de lo que pasa con cada una —me sonrió, esta vez con malicia, pero el barullo de voces que se acercaban nos interrumpió, seguramente el resto de los comensales. - Oh, no se preocupe, también todas las veces tenemos esta conversación —Cecilia me sonrió con simpatía y casi, casi sentí lástima por ella, pero lo olvidé cuando otra señora la interrumpió y pronto todas las sillas estaban ocupadas. Observé la ensalada con cautela, lechuga morada, tomates cherry, rúcula y el aderezo en un pocillo en el medio, lo aparté y levanté el rostro en busca del vinagre. - ¿Necesitas algo? —esa voz grave, no podría olvidarla jamás, sopesando incluso la idea de no responderle, pero la costumbre era más fuerte y me zambullí en sus ojos que ahora se veían de un suave verdemar y luego me detuve en su sonrisa, mordiendo mi labio en vez de sucumbir al deseo de besarlo. - Aceto Balsámico, por favor. - Creo que te he visto antes —dijo mientras me entregaba el envase de cristal — aunque estoy seguro de que nunca había escuchado tu voz. - No lo sé, esto es como un submundo, no es gente que vea en mi vida diaria. - Mmh, casi todos son habituales para mí, la mayoría amigos de mis padres y si no, al menos alguna vez estuvieron en mi casa. - No suelo tener visitas en mi casa, adoro mi intimidad —ensarté con mi tenedor algunas verduras, sintiendo que él observaba cada uno de mis movimientos, incluso cuando llevé todo a mi boca. - Estoy seguro de que te he visto en alguna parte —insistió, mientras cortaba su ensalada con un cuchillo, lo bañó en el aderezo antes de comenzar a comer— seguramente eres muy distraída cuando vas por la calle —mordió la punta de la lengua con sus dientes, en un gesto tan infantil y adorable— te gusta ser observada. - ¿A quién no le gusta que lo observen? —le di mi mejor ceño fruncido y el rió levemente. - Uf, tanta persona tímida que ronda por el mundo —volví la vista a mi plato prácticamente vacío, alguna vez fui una niña tímida, pero en mi interior tenía tantos anhelos, la timidez no es algo de lo que jactarse. - Y a ti ¿Te gusta que te observen? —alcé mi ceja derecha, ciertamente desafiante. - Depende, si es alguien como tú quien me mira —su sonrisa se hizo más amplia y sus dientes, blanquísimos y del tamaño perfecto, centellearon ante mis ojos. - ¿Me estás coqueteando? —puse una mano a la altura de mi pecho, queriendo parecer sorprendida y algo ofendida también, adoraba hacerle esa pregunta a quienes me pretendían, nada mejor que hacerlos sentir descubiertos en su engaño para que comenzaran a tartamudear e intentaran retractarse, pero, en este caso, él no tuvo ninguna de esas reacciones, al contrario, comenzó a reír con alegría, simulando enjugarse un par de lágrimas de los ojos. - No sería hombre si no lo intentara al menos —agradeciendo con la cabeza a quien le retiraba el plato— además, creo que todos aquí esperarían tener aunque sea una posibilidad contigo, la diferencia, está en las maneras —golpeó sus labios fruncidos con un dedo— algunos se acobardan antes de siquiera pensarlo, otros lo único que logran hacer es tartamudear y, los peores, son los que creen que con una seña, saldrás corriendo a sus brazos, porque tienen el mal concepto de que una mujer bonita sólo desea terminar en la cama con alguien. - Será por lo que las mujeres también tenemos la idea preconcebida de que un hombre lo único que desea es pasar una buena noche, sin molestarse en conocernos —ambos nos sumimos en nuestros pensamientos— la pregunta del millón es ¿En qué grupo te calificas tú? —dejé que mis pestañas se batieran rápidamente, dándole mi mejor mirada inocente. - Creo que hemos tomado un rumbo peligroso en esta conversación, pero no es difícil contestar, en ninguno de los anteriores —dio dos palmaditas en mi mano y continuó comiendo su carne, mientras yo había apartado mi trozo para que no contaminara las guarniciones— antes de seguir compartiendo, me gustaría que supieras que me llamo Fernando Irigoyen —estiró su mano derecha y yo se la estreché con fuerza, respirando hondo al sentir su piel junto a la mía, tan suave y cálido, apretando mis dedos con delicadeza y posando sus labios en ellos, haciendo un gesto de expectación con las cejas. - Lo siento, yo soy Cleo… sólo Cleo. - Bien, Cleo Solocleo —volvió a morder la punta de su lengua, en lo que supuse sería algún tipo de manía— se ha convertido en un gusto conocerte. - Al menos sé que no estás entre los que se acobardan cuando saben que también puedo hablar. - Y como ya sé que también puedes bailar… - Esa es la razón por la que vengo, sólo bailar. - Luego de la comida debo seguir trabajando, pero después, me gustaría compartir mis dotes de danzarín contigo. - Está bien. Alargué mi mano para tomar mi copa con agua, cuando la realidad regresó a mi consciencia, sintiendo la presión en mi muslo y esos dedos casi congelados que comenzaban a subir por mi piel. Tragué saliva, tratando de entender por qué me sentía tan nerviosa y, antes de siquiera comprender mis motivos, antes de evaluar las consecuencias de esto, lo detuve, notando la resistencia de Hernán cuando intenté sacar su mano de entre mis piernas, pero mis uñas levemente enterradas en sus nudillos lo hicieron desistir y entonces volví a respirar. - Hay algo que me extraña —susurré y Fernando alzó las cejas, observándome, con la cucharilla llena de Crême brûlée, casi tocando sus labios. - Dímelo —murmuró, apresurándose en degustar la suave crema. - ¿Por qué estás solo? Me imagino que siendo esta fiesta más una responsabilidad que diversión ¿Por qué no tienes tu pareja? Como dicta la etiqueta. - ¿Quieres la verdad o la mentira? - ¿Ah? - La verdad, por supuesto —rió tontamente y limpió su boca con una servilleta, pareciendo levemente contrariado— es la primera vez que vengo solo, llegué esta semana de Holanda, estuve estudiando allá los últimos dos años y no quise que fuese lo mismo de antes, o sea, cambiar de pareja cada semana no me satisface y, también recibí una advertencia de mis padres con respecto a mi reputación. - ¿Ellos están aquí? —alcé el rostro como si eso bastara para verlos. - Sí, la pareja que está por el frente, a nuestra izquierda —rodó los ojos, pero sin llegar a mirarlos— mamá no nos ha quitado la vista en toda la comida. - Ya los descubrí —era como ver a Fernando, bastante mayor y muchos kilos demás, me sonrió y se sonrojó, mientras ella permanecía rígida, observando al frente, debió ser muy bonita en algún momento de su vida, aunque no encontraba el parecido, la sentí ligeramente conocida— eres igual a tu papá. - No —murmuró haciendo un mohín— él es gordo. - Bueno —traté de que mi risa no fuese demasiado jovial— no es que compartir conmigo ayude mucho a tu reputación. - Alguna confianza tendrán en mí —resopló. - Quizás te espere un buen sermón por la mañana. - Es posible —se levantó rápidamente— el deber me llama —me regaló un guiño y llenó sus pulmones de aire, como si lo que viniese para él significara un enorme esfuerzo. - Cobraré ese baile. - No te preocupes, volveré. Lo observé alejarse, caminando directamente hacia alguna mesa. Entendía su cometido, mientras todos se quedaban reposando luego de la comida, él hacía sus rondas sociales. No pude evitar quedarme embelesada viendo la soltura con que hablaba y saludaba, demasiado consciente de todos sus movimientos. Sonreí, era de cierta manera como yo, vendía su encanto, usaba su belleza, sabedor de lo que tenía para entregar, obviamente, él era el arma a la hora de hacer negocios. Negué con la cabeza y me levanté de hombros, quizás son sólo suposiciones mías, mejor es volver a mi compromiso, antes de tener que soportar las consecuencias y lentamente paseé mi mano por la pierna de Hernán.

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