Pov Fernando
Lo único bueno de regresar, es volver a ver a mi Maite. Les había pedido que la llevaran en el vehículo cuando me fueran a buscar al aeropuerto, pero, obviamente mamá se negó dando un montón de sus típicas excusas, volviéndome a recordar por qué estaba mejor en Holanda.
Por eso, en cuanto llegué a casa, me olvidé de todo lo demás y solo corrí hasta el área de servicio, ignorando incluso a mi Juani, y la vi, con su pelito claro y los ojos llenos de felicidad, corriendo hasta saltar a mis brazos.
- Bebé, no puedo creer que después de dos años te acuerdes de mí —la abracé por mucho rato, hasta que comenzó a impacientarse y me hizo soltarla, volviéndome a mirar a mi Juani— ¿Cómo está la chica más linda del universo?
- Ay, tonto —sus mejillas se sonrojaron, riendo mientras recibía mi abrazo— estoy demasiado vieja para que me llames tu chica.
- Siempre lo serás para mí —besé sus mejillas regordetas y suspiré— hogar —exclamé y no me refería necesariamente al resto de la enorme casa, sino a esta cocina, a mi Juani y sus pasteles de chocolate con helado de frutilla— ¡Maite! Vamos a pasear.
Recorrimos el jardín, caminando entre los árboles, arbustos y las fuentes de agua, sin dejar de conversar, contándole de mis travesías en Ámsterdam, de mis expectativas para el futuro y, tomando su carita entre mis manos, la observé seriamente.
- Voy a pasar más tiempo contigo, pero tienes que entender si tengo que trabajar, no sabes cuánto te he extrañado —y volví a abrazarla, riendo cuando comenzó a correr, llevándome hasta la parte trasera, a las canchas y la piscina.
Almorzamos juntos, la bañé cuidadosamente, luego me bañé yo y caímos profundamente dormidos, ella por su siesta y yo por el efecto del jet lag.
Pero sólo ese fue mi día de asueto, desperté a las seis de la mañana y pronto era arrastrado por papá a las oficinas centrales de Comercial Irigoyen, mostrándome las nuevas instalaciones de procesos, reconociendo algunos rostros entre los maestros y entonces sonreí, fue como si todo lo que hubiese aprendido en estos dos años de estudios, encajara en mi cabeza y las ideas comenzaron a fluir con rapidez.
Fue el momento en que comprendí que no estaba aquí por una obligación, si bien desde niño me habían dicho que llegado el momento todo sería mío. Nadie nunca me presionó a acompañar a papá, con mi traje miniatura, aprendiendo de sus reuniones con proveedores, de la manera en que hacía sus tratos, incluso, ganando mi propio dinero, cuando tuve la edad suficiente, ayudando en las distintas áreas de la empresa. Esto, estar aquí, es lo que yo siempre había querido.
- Sabía que no tardarías en volver a sonreír así —me senté en el sillón de cuero de la oficina de gerencia, girándolo suavemente, el ventanal me mostraba todo el funcionamiento industrial, los camiones saliendo con cajas, los supervisores aprobando los pedidos y las bodegas por las que entraban y salían los pallets con carga.
- Expansión, papá, o sea, aún tengo que ver todo con más detalle, pero es lo primero que se me viene a la mente, voy a necesitar los balances, análisis de flujos y los contratos con los proveedores ¿Ortega aún vende la propiedad de junto? Sería muy bueno si necesitamos más bodegas —me detuve por aire y recién presté atención a la mirada que él me daba, sentado frente a su mesa de trabajo en el sofá, su gordura le impedía ocupar la silla en que estaba yo— ¿Por qué me miras así? —exclamé con el ceño fruncido.
- Me recuerdas a mi cuando era joven, tenía tantas ideas también, pero mi padre nunca me escuchaba, él no supo adecuarse a los cambios de la modernidad y ya ves cómo todo terminó —fue solo una media sonrisa, como si estuviese demasiado emocionado— pero contigo es distinto, tú tienes los conocimientos, sé que no trabajas a tontas y locas, estoy tan orgulloso de ti, así que espero ese proyecto de expansión.
- Por supuesto, a fin de mes sobre tu escritorio —exclamé indicando la mesa blanca con una plataforma ajustable e inclinación en la parte superior.
- No te burles —refunfuñó— el médico ya me tiene a dieta y hago ejercicios todos los días, he bajado dos kilos este mes.
- Está bien —negué con la cabeza y me volví hacia el teclado y la pantalla— voy a hacer una lista de los documentos que necesito, tú me dirás a quién se la solicito.
- Voy a designarte un asistente, él te ayudará, es muy eficiente.
Sergio resultó ser una maravilla, de esa clase de asistente que ya tenía todo en su carpeta cuando se lo pedías, juntos nos sumergimos por el resto de la semana en análisis, estudios de mercado y posibles ideas, avanzando con mayor rapidez de la esperada.
Para el sábado, me levanté como cualquier día, pensando en llamar a Ricardo y saber qué haría esa noche. Atravesé los pasillos de la casa, evitando los lugares que solían visitar mis padres, hasta llegar a la cocina; con mi ropa de deporte, dispuesto a pedir a mi Juani un emparedado, Gatorade y salir a practicar mi swing con Maite.
- Hijito —le sonreí a mamá, abrazándola con efusividad— apenas te he visto desde que volviste.
- Mucho trabajo —con la mirada recorrí el lugar, imaginando que, si mamá estaba aquí, mi Juani debió desaparecer rápidamente.
- ¿Desayunaste? —observé el plato con frutas, el vaso con jugo y un emparedado, apresurándome a comer.
- Eso hago —exclamé riendo— ¿En qué te diviertes tú? —dije en medio de un gemido, extrañaba la comida de casa.
- ¿Divertirme? —aquí viene— toda la semana trabajando como una esclava, no sé para qué existimos las Damas de Aragón si la única que se hace cargo de todo soy yo…
Perdí el hilo de su verborrea social, pensando en qué momento se me ocurrió abrir mi bocaza. Hice un gesto que no sé por qué motivo le dio el ápice para seguir hablando y recordé que vine porque tenía hambre y suspiré al ver el pan de semillas, era tan delicioso y sin embargo el culpable de que mis oídos se estén saturando en veneno de cobra vertido hacia todo el resto de las famosas Damas de Aragón, que, encubiertas en supuestas obras benéficas, pagaban cuantiosas sumas por pertenecer a él y sencillamente juntarse a desmembrar a las que no estaban presentes, claro, como le molestaba a mi madre en este momento, también se ocupaban de preparar las galas que organizaban en el Club Social.
- ¿Cuándo es la gala? —le interrumpí, recibiendo una gélida mirada de sus ojos azulinos.
- ¿Es que no has escuchado nada de lo que he dicho? —chilló, abanicándose con sus manos y saliendo de la cocina hecha una fiera.
- ¿Ya se fue? —escuché el susurro desde el cuarto del lavado.
- ¡Juani! —grité riendo, recibiendo un montón de Shhh, mientras cruzaba los dedos sobre su boca— ya se fue y parece que está molesta conmigo.
- Pfff —tomó mi plato de frutas ignorándome cuando traté de detenerla.
- Entonces, chica hermosa, tu sí me dirás ¿Cuándo es la gala?
- Esta noche —farfulló restregando el platillo con un fregador.
- ¡Mierda! —exclamé golpeando mi frente, aullando inmediatamente después de que mi oreja izquierda fuese estrujada entre sus dedos.
- Esas palabras no se dicen en mi cocina.
- Lo siento, lo siento —besé sus dedos mojados hasta verla sonreír otra vez — no tengo qué vestir —declaré.
- Tienes un traje colgado en la puerta de tu closet, me pareció el más adecuado, a las siete tienes que estar preparado y aféitate o tu madre se molestará… aún más.
- Lo pensaré —besé su mejilla y tomé el bolso que había dejado junto a la escalera, haciéndolo rodar suavemente.
- Levanta eso, que me rallas el piso y te afeitas, no te crié de esta manera, estás tan distinto desde que regresaste.
- Gracias por el desayuno, llámame cuando esté lista la comida —me agaché para besar su coronilla— sigues siendo la chica más linda, aunque muy gruñona.
El golf siempre había sido mi deporte favorito por sobre los demás, no sólo porque lo aprendí de muy pequeño, observando a mi padre interactuar con sus amigos en el campo, los negocios más importantes se habían cerrado apostando al mejor hoyo en uno. También porque su práctica requería una concentración adecuada, mientras calculaba la siguiente jugada, mi mente quedaba completamente en blanco y, claro, porque era realmente bueno.
Sostuve el hierro con decisión y observé de manera alterna la pelota y mi objetivo, balanceando mis caderas, di un swing suave, pero certero, escuchando el toc y levantando mi mano como parasol, sonreí al ver la sombra caer justo a dos metros del hoyo, con un solo golpe lo habría logrado.
- Buen shot —giré mi rostro, arrugando la nariz por el picor del sudor, sacando un pañuelo de mi bolsillo.
- Gracias, papá —me sequé suavemente, viendo a Maite correr hasta él, recibiendo una caricia en respuesta— extrañé esto.
- Ve a jugar con las flores, niña linda —ella obedeció de manera instantánea— tampoco has perdido tu swing —guardé el hierro en la bolsa, tratando de no parecer tan orgulloso de su declaración— ¿Cómo estás?
- Bien, relajándome un poco —absorbí el aire primaveral— ¿Qué te preocupa a ti? —hizo una mueca con su boca, acariciando una de sus mejillas, era un gesto tan antiguo.
- Beatriz me envió a hablar contigo.
- Ah —en realidad no sabía qué decir, si mamá no se atrevía a decirlo por sí misma, es que no era nada agradable— ládralo, trataré de no matar al emisario.
- Acabas de cumplir veintinueve —avanzamos juntos por las suaves colinas— siempre dije que cuando cumplieras treinta me retiraría, dejándote a cargo de la empresa.
- Lo tengo claro —fruncí el ceño.
- Claro que eso es algo conversable, o sea, estaré ahí si me necesitas…
- Al punto, papá —le urgí.
- Hasta ahora te hemos dejado hacer y deshacer en cuanto a tus novias y amigas, pero heredar una empresa también requiere a la esposa adecuada para respaldarte.
- Una mujer de buena familia, fina y remilgada —remedé el tono de mamá, viendo una sonrisa en sus labios— lo sé, papá.
- ¿Entonces? —me levanté de hombros, instalé la pelota y dediqué un buen minuto a sopesar el hierro adecuado.
- He tenido cuatro novias desde que salí del colegio, todas las eligió mamá por considerarlas “adecuadas”, ninguna resultó —bufé, desistiendo del juego, guardando todo rápidamente.
- Nunca pusiste mucho de tu parte.
- Quiero una mujer inteligente, vivaz, que me haga reír —apoyé la espalda en un árbol— con quien pueda hablar cuando llegue a casa, quiero amar a mis hijos y que ella los críe, no que se los entregue a la niñera y se preocupe más de… las Damas de Aragón.
- Feña, tu madre te quiere.
- Lo sé —refunfuñé— yo también la quiero.
- ¿Qué le digo?
- Que no me apresure, ni siquiera llevo una semana acá —sonreí… con ironía— quizás esta noche conozca a la chica indicada.
- Ja, te aseguro que tendrá un par para presentarte —revolvió mi cabello con una sonrisa— sabes que yo sólo obedezco, mientras te haga feliz, para mí será suficiente.
- Gracias.
- Vamos a casa, el almuerzo estará servido en la terraza dentro de una hora, no queremos llegar tarde.
Dejé el móvil sobre la cama, con el altavoz encendido mientras me ponía la chaqueta, alisando la tela suavemente, sonriéndole al espejo.
- ¿Crees que el n***o me siente bien?
- Todo te sienta bien, miserable hijo de puta —reí, volviendo a mirar la corbata colgada en la puerta del closet.
- Traje n***o, camisa blanca y corbata… roja ¿En qué mierda está pensando? —exclamé.
- ¿Quién? No me digas que mami Bea trata de aminorar su sentimiento de culpa eligiéndote la ropa.
- Ric… a ti te la elige tu señora, no veo la diferencia.
- Gotcha —exclamó— entonces, apuestas o no.
- Si la alabas tanto, ¿Porque no te animas tú?
- ¡Fuiste mi padrino en la boda!
- Verdad, pequeño detalle, tienes esposa.
- Estoy esperando una respuesta —gruñó impaciente.
- No lo creo, quizás ni siquiera valga la pena.
- ¿Cuándo me has visto errar a la hora de catalogar un buen culo?
- Conozco a tu mujer.
- Deja de meter mi intimidad en esto.
- Claro, porque estás hablando de la mía —aflojé el primer botón de la corbata y pasé mis manos por la cara— ¿Qué dices si me dejo barba?
- No te queda —carraspeó— ¿Es un no rotundo?
- Ya no soy el mismo de antes, Ricardo, podemos salir de la ciudad y coger cuanta mujer pase por delante, pero no voy a jugar delante de mi mamá con una extraña algo loca, sólo porque ustedes le tienen ganas.
- Te vas a arrepentir.
- Nos vemos allá, saludos a las nenas —presioné el botón rojo y guardé el móvil en mi bolsillo luego de comprobar la hora— caerán como moscas a tus pies —exclamé apuntando el espejo— y comienza el show.
Apresuré mis pasos, sabría caminar por todos estos pasillos con los ojos cerrados, cuando niño, seguía a mi Juani por toda la casa mientras limpiaba los muebles, me gustaba observar al hombre que cepillaba el parqué, cuadro por cuadro para poder encerar y las mujeres que aseaban los baños y las habitaciones. Mamá nunca supo que ayudaba a limpiar los cientos de vidrios de las galerías, ni que el jardinero me enseñó a podar las rosas o que mi Juani me dejaba jugar en el barro.
- Estás con cinco minutos de retraso —besé su mejilla, presionando sus hombros.
- Te ves hermosa, mamá, ese vestido te sienta muy bien —acarició mi mejilla, sintiendo su piel como porcelana, fría y suave— ¿Estamos listos?
- ¿Tu corbata? —entrecerré los ojos, observando a papá, “traidor” gesticulé con los labios.
- Eso ya no se usa, en Europa todos van así —levanté los hombros, tomando el brazo de ella.
- ¿La barba también?
- Claro, es lo que se lleva —besé su mejilla otra vez— Bea, te estás quedando en el pasado.
- Soy tu mamá, no “Bea” —meneó su cabeza y realmente no sé cómo no se le movía ni un solo cabello.
El camino hasta la ciudad fue en silencio, mamá se dedicaba a enviar mensajes de texto, haciéndome sonreír, siempre aborreció los celulares. Todo cambia, pero estar dos años lejos te hace notarlo con más detalle.
Pero acá en el Club, las cosas parecían igual, la misma clase de arreglos, los manteles, las luces y la música aburrida, pero, lo peor, la misma gente. Recibí millones de abrazos mientras mamá les recordaba que ahora era un doctor en Gestión Empresarial, ya no más el solamente Ingeniero Comercial y se dedicaba a hablar del prestigio de la Escuela de Economía a la que asistí en Holanda, como si alguna vez siquiera hubiese estado ahí. Me dolía el rostro de tanto sonreír.
- ¡Ricardo! —divisé a mi mejor amigo a dos metros de distancia, volviéndose con esa sonrisa que yo bien conocía, sin ser soltado del brazo de su esposa— y Diana.
- Fernando Irigoyen en carne y hueso —la besé en el rostro, frunciendo la nariz ante su aroma a Chanel N° 5 ¿Nadie les decía que había nuevos perfumes en el mercado?— te ves igual.
- Gracias, también tú, cada día más joven —y más gorda— ¿Cómo están las nenas? —observé a mi amigo, con sus ojos verdes y el pelo rojizo de siempre, abrazándolo fuertemente.
- Todos bien, Feña, todos bien —un gesto con sus ojos hacia los ventanales me hizo saber sus deseos.
- ¿Me acompañas por un cigarro? —dije y Diana rodó los ojos, tuve que contener el deseo de hacer lo mismo en respuesta.
Nos perdimos entre las personas, saludando a algunos rezagados, alejándonos por el pequeño jardín hasta quedar cubiertos por un gran arbusto.
- Todavía fumas a escondidas —me reí, viéndolo sacar la cigarrera del bolsillo interior de su chaqueta.
- ¿Saldremos después? —tragó la primera bocanada de humo, como si no hubiese fumado en días.
- No lo sé, Diana no se merece que le hagas esto —crucé mis brazos comprobando que la pared estuviese limpia antes de apoyarme.
- ¡Por favor! O sea, no es como si no lo hubiese hecho antes y además esa mujer es un verdadero…
- Mejor ni lo digas —suspiré— ¿Cuánto llevan casados?
- Siete infernales años —gruñó, mirando sobre su hombro, comprobando que nadie nos oyera.
- No siempre lo fueron —recordé, esperando en silencio hasta verlo apagar la colilla con el pie y esconderla bajo unas ramas.
- Las cosas van mal —confesó— digamos que nunca pensé que hacerse cargo de la agrícola fuese tan difícil, o sea, papá siempre nos dio todo, a mis hermanos y a mí, por supuesto, ahora que él no está en condiciones de seguir trabajando, no sabemos muy bien qué hacer.
- ¿Y el administrador? —se levantó de hombros, bajando el rostro.
- Ignacio lo despidió.
- ¡¿Qué?! Ricardo, ese hombre ha estado con tu papá por una eternidad, sabe cada movimiento de la hacienda, no ent…
- Tiene problemas con apuestas, a Ignacio me refiero, sacó dinero de una cuenta a la que tenía acceso y la contadora se dio cuenta, le dijo al administrador y este lo enfrentó, conoces a mi hermano, se volvió una fiera y, todavía cree que tiene la razón, o sea, según él, lo puso en su lugar.
- ¿Tú qué hiciste?
- ¿Qué iba a hacer? Mamá se muere si sabe que discutimos y lo primero que Ignacio hará, es decírselo a ella.
- Buscaremos alguna solución, ahora sonríe, que es nuestra obligación esta noche —palmeé su espalda, instándolo a caminar— al final qué decidieron con lo de la mujer del buen culo —susurré, riendo, sabiendo que eso lo animaría.
- Sebastián lo va a intentar.
- ¿Seba? Hubiese sabido que ese era mi contrincante quizás me hubiese apuntado.
- Está comenzando sus técnicas de seducción.
Seguí el destino de su mirada, reconociendo a Sebastián casi de inmediato, seguía siendo el mismo desde el colegio. Los tres éramos inseparables, sobre todo si de hacer locuras se trataba. Entonces también vi dónde se dirigían sus pasos presurosos y el mundo se detuvo para mí.
- ¡Guau! —exclamé, ignorando la risa de mi amigo— ella es…
Se dirigía hacia los tocadores, ignorante de la estela de miradas bobaliconas que dejaba en el camino. Era alta, casi tanto como yo, aunque Sebastián apenas le llegaría a la nariz; su piel, de un delicioso color canela, me invitaba a hundir mis manos en ella, contornear sus curvas, las caderas bien formadas, esa cintura diminuta y el vientre plano bajo ese vestido que parecía de ensueño, su escote, dejando ver dos perfectas…
- Caliente —susurró Ricardo.
- Es más que eso, ella es… —su rostro, tan armonioso, esos ojos alargados, remarcados por el maquillaje n***o, con un toque de astucia en su brillante mirada café, la nariz respingona, pequeña y su boca, el labio superior tenía un gesto insolente que casi me hace reír, pero, lo mejor, era el labio inferior, tan… masticable— ella es… —perfecta.
- Caliente, sexy, sensual, como quieras decirlo, da igual.
- Mía —la palabra se deslizó por mis labios, sorprendiéndome también.
- ¿Ah?
- Me refiero a que va a ser mía —aseguré, sonriendo y en ese instante Sebastián la alcanzó, tomando su brazo sin galantería, pero la escena que vi me sorprendió, ella se volteó lentamente y pensé que le diría algo como “suéltame” o “¿Qué crees que haces?” pero la sonrisa más falsa que he visto apareció en su boca, tocándole la mejilla con una pequeña mano y dándole algún motivo, al que él asintió como un idiota baboso, para seguir su camino, moviendo esas caderas suavemente, con la barbilla alzada y esa expresión en su rostro, como si estuviese jugando, como si se burlara de todos nosotros en el salón.
- Si te decides, yo apuesto por ti, no dudo de eso.
- Idiota —negué con la cabeza— no olvides que soy un Irigoyen, un caballero como yo, jamás apostaría una mujer.
- Entonces… siquiera tendrás que darnos los detalles.
- Un caballero tampoco tiene memoria.
- Vamos, a esa clase de mujer no le interesa un caballero —frunció sus cejas— debo tener algún mérito.
- Cobra al acecho —murmuré entre dientes, haciendo destellar mi sonrisa.
- ¡Beatriz! —exclamó Ricardo, tomándola de los hombros para besar sus mejillas.
- ¿Y Diana? —le frunció el ceño— tienes una maravillosa esposa y no demoras en dejarla a la deriva por compartir con amigos.
- Gracias, mamá —exclamé con ironía, observando a Sebastián caminar hacia nosotros, ese hombre sí que no tenía sentido del peligro.
- Me encanta verla compartiendo con sus propias amigas, veo que está muy feliz de tener a su hijo de regreso —golpeó mi espalda con más fuerza de la necesaria.
- ¡Niños! Ustedes nunca maduran —alzó las manos, pero sin la intención de retirarse— Feña, hay alguien que te quiero presentar —tomó mi brazo y comenzó a tirar, tratando de no reír mientras Ricardo y Sebastián hacían gestos simulando una cuerda o un cuchillo en sus cuellos, también tuve que contenerme de hacer algo obsceno con mis manos.
- Dame siquiera alguna indicación —dije cuando nos habíamos alejado demasiado, tanto que ya no podría verla cuando saliera de los tocadores.
- Estoy buscando estar lo más lejos posible de ese par de payasos que tienes por amigos, no sé cómo pueden llamarse hombres, si lo único que toman en serio es beber y fumar, como un par de vagos.
- Mamá…
- No permitiré que te vuelvas como ellos, tú eres diferente.
- Claro, soy tu hijo —resoplé, recibiendo su mirada calculadora.
- Espero que eso no haya sido sarcástico —pero no esperó mi respuesta, siguió caminando, sin soltarme, con nuestras perfectas expresiones, jamás alguien podría decir que discutíamos, eso lo había aprendido de ella, la reina de la quimera— pero ahora que has vuelto, las cosas cambiarán, se acabaron las fiestecitas a media semana, sé que no fumas, eso no me preocupa, pero no quiero que vuelvan a decirme cómo es que vieron a mi hijo borracho en uno de esos lugares de mala muerte.
- Fue sólo una vez —gemí, arrepintiéndome de dejar salir ese pensamiento— no volverá a ocurrir, mamá, ya no soy el mismo, realmente estoy comprometido con esto, nunca los defraudaría.
- No se trata sólo de eso, al final sé que, de alguna manera, te sales con la tuya, pero lo que no voy a aceptar, es otro incidente como el de Emilita, pobre niña —suspiró y mi boca se tensó involuntariamente, no sólo porque no conocía la historia completa, sino porque mi propia madre se había encargado de ensuciar el nombre de Emilia con tal de que no fuese una espina en mi vida— pero Vanita te va a encantar.
- ¿Vanita? —repetí, tratando de visualizar un rostro con ese nombre, saber al menos con qué me estaba enfrentando— ¿La conozco?
- Sí, pero no te debes acordar, quiero que la veas primero, es preciosa y tan delicada, si la imagino con un pequeño Fernandito en sus brazos.
Un sudor helado bajó por mi espalda, sabía que este momento iba a llegar, quizás tuve la ilusión de tener un poco más de tiempo para prepararme o siquiera la posibilidad de elegir. Pero yo bien sabía que los amores a primera vista no existían y que por más que tratase de empeñarme en buscar, el “mercado mujeril”, como el idiota de Ricardo decía, era muy limitado para nosotros, sobre todo si la mujer debía cumplir con una serie de condiciones y cánones establecidos. Normas centenarias dictadas por antiguas mujeres que no sabían de la vida actual, pero de las que mi madre se encargaba de hacer cumplir a rectitud.
Divisé a mi padre, sentado en una de las poltronas de la pequeña sala en que solía quedarse toda la noche junto a sus amigos, con un vaso de brandy en la mano, inclinado hacia su izquierda, riendo levemente ante lo que le decía un hombre que me parecía conocido. Una mujer, seguramente su esposa, estaba sentada al otro extremo, bastante joven también. Ambos eran de rasgos europeos, rubios, ojos claros, sin duda muy llamativos.
- Recuerdas cuando fuimos al norte —asentí, tenía apenas trece años— nos quedamos en su casa.
- ¡Los Beric! —exclamé, estirando mis manos para acercarme a saludarlos.
- Me alegra que nos recuerdes —exclamó el hombre, presionando mi mano con fuerza— mi esposa, Minca —besé sus mejillas— y mi nombre es Ivo.
- Mi hijo Fernando ya está trabajando con nosotros, poco a poco se está volviendo a interiorizar con la empresa y tiene muy buenos proyectos en su cabeza.
- Me enteré de que estudiabas en Holanda.
- Ivo, no comiencen con estos temas tan temprano —mamá tocó nuestros brazos con suavidad— además, ahí vuelve tu hija, Ivana ¿No la vas a presentar?
Giramos nuestras cabezas al mismo tiempo y un montón de sentimientos encontrados se generaron en mi cerebro, pero su imagen me hizo pensar en sólo una cosa al final. ¡Es un ángel!