3. Vía de Escape

4859 Words
Pov Fernando Trataba de caminar con normalidad, que la prisa no se notara en mis pasos, ni en la expresión de mi rostro. Ignoré el hecho de que Ricardo comenzó a caminar a mi lado, nada me apartaría de mi objetivo en este momento. Como si la meta estuviese en la barra de bebidas, puse mis manos en ella, soltando el aire estruendosamente. - Un Bacardí dorado —no era mi favorito, pero sí lo más fuerte que se me ocurría en ese instante, apoyando mi espalda en el mismo mesón, bebí dos tragos con avidez, sintiéndolo quemar mi tráquea. - ¿Es muy fea? —lo escuché decir y suspiré. - No —no es hermosa, no es bonita y la primera descripción que se me ocurrió, volvía a mi mente ahora— es un ángel. - Supongo que eso es bueno. - Es demasiado… preciosa —bufé, sintiendo una inexplicable necesidad de volver el rostro hacia el mar de gente bailando, encontrándome con esos ojos de gato, por primera vez fijos en mí, levantando el vaso rápidamente, tratando de evitar la sensación que su visión me causaba, tan distinta, tan lujuriosa. - A Sebastián le ha ido pésimo, cada vez que se acerca, alguien le gana y la saca a bailar antes, sólo le dio un baile y ni opción de conversar —no pudo evitar burlarse— es una diosa incluso cuando se menea. - Debo dejar las idioteces, Ric, no es como si no lo hubiese sabido —podía sentirla recorrerme con la mirada y disfruté de ver la tela deslizarse arriba y abajo en la zona de sus caderas, esa mujer encendía mi cuerpo de una manera que hace mucho tiempo no sentía con tanta espontaneidad. - No es tan malo, Fernando, tener una esposa tiene cosas buenas y si dices que es bonita. - Preciosa —corregí. Naranjas recién exprimidas, ese era el aroma que llenó mis fosas nasales, haciéndome desear no volver a respirar para poder retenerla en mis pulmones, escuchándola pedir agua y mi piel que rogaba por un mísero contacto, como si tratase de comprobar qué era real, mis dedos se posaron en su hombro, sintiéndome orgulloso de su sobresalto. - Sólo agua —dije, con mi voz un poco ronca— bueno, con todo lo que has bailado, quizás lo entienda —aunque no sabía realmente cuánto había bailado, tampoco entendía por qué me tomaba esta libertad con ella, si nadie nos había presentado, ni siquiera conocía su nombre. - El agua es vida —exclamó, dándome la misma sonrisa que le vi cuando rechazó a Sebastián hace una hora, apartándome, tampoco es como si fuese a rogar por su atención. - Por eso, viva el ron —ironicé, de pronto mi humor se sentía incluso más amargo— no lo entiendo, Ric —dije volviendo a darle atención a mi amigo— ¿Cuál es la necesidad de casarse? Puedo ser un empresario, puedo hacer todo lo que me he propuesto en la vida ¿Qué tiene que ver una mujer con eso? - ¿Qué sería de tu papá sin tu mamá? Suspiré, claro que lo entendía, ellos eran un equipo, él jugaba al golf con el esposo, sopesaba las condiciones, mamá engatusaba a la esposa, con sus tecitos junto al resto de las damas ¿Así es cómo arreglarían mi matrimonio también? Ivana tiene todo lo que un hombre de mi posición puede necesitar, lo comprobé no sólo al verla, sus ojos celestes absolutamente tiernos, el pelo color miel, con ciertos reflejos casi blancos que brillaban tal como las lágrimas de la lámpara sobre su cabeza, su rostro, una muñeca, la piel sonrosada y hermosos labios color cereza, increíblemente, no llevaba una gota de maquillaje, su belleza era tan natural… angelical. Apenas nos presentaron y comenzaron a decir que los jóvenes debíamos tener nuestra propia conversación, obligándome a mostrarle el jardín. Se sonrojó, demasiado y caminaba a mi lado con tanta dificultad, que no tardé en darme cuenta lo nerviosa que estaba. - Entonces ¿Cuándo llegaron? —dije tratando de hacerla sentir cómoda. - Sólo estamos de paso —su voz era suave y tan delicada como ella misma— mi papá llamó a tío Fernando para decirle que deseaba verlo ya que estábamos cerca y nos invitó. - ¿Cuándo se van? - Esta misma noche, tengo un examen el lunes y papá quiere que estudie —la miré con mi boca literalmente abierta, podía ver que era bastante menor que yo, pero jamás pensé que mamá pudiese tener el descaro de comprometerme con una niña. - ¿Qué edad tienes? —exclamé bruscamente, viéndola juntar sus manos, estrujando sus dedos fuertemente— lo siento, yo… no tienes que decírmelo, ha sido muy descortés de mi parte —tomé sus manos, porque el gesto me ponía más nervioso. - Dieciocho, en dos meses cumpliré diecinueve, voy a la universidad, estudio Educación Diferencial —habló con tanta rapidez, mordiendo su labio al final, moviendo sus pestañas rápidamente, como si de esa manera fuese a contener las lágrimas. - Lo siento —presioné sus manos, un poco más fuerte, buscando su mirada, sonriendo al ver su propia sonrisa. - No entiendo qué te pasó, pero está bien, te perdono —y sus mejillas volvieron a tomar color— ¿Qué haces tú? - Trabajo con mi papá —seguimos caminando, sin soltar nuestras manos esta vez— ¿Tienes novio? —no sé realmente por qué lo dije, sabía que este era el tipo de preguntas personales que haría alguien interesado en ella, quizás intentaba dilucidar hasta qué punto era seria la idea de mamá. - Tuve, pero terminamos. - ¿Por qué? —exclamé, sin comprender realmente. - Él se fue a estudiar lejos y no tenía sentido. - ¿Lo extrañas? —sus ojos buscaron los míos, llenos de preguntas. - Al principio, pero luego ya no —traspasamos las puertas vidrieras, sintiendo cierta humedad en el aire, observando su vestido amarillo claro, de una tela vaporosa que la hacía ver aún más preciosa, su cuerpo tenía ese encanto de la inocencia, no demasiado voluptuoso, pero agradable de admirar— y tu ¿Tienes novia? - Tuve, pero terminamos —su sonrisa fue tan sincera. - ¿Por qué? —remedó. - No teníamos mucho en común —mentí y aproveché también de darle alguna idea de mi persona— en realidad he tenido cuatro novias. - Fue tan triste para mí, no imagino sufrir lo mismo cuatro veces —su ceño se frunció de manera tan tierna. - Supongo que no es lo mismo cuando es uno el que da término a una relación. - Debe ser —suspiró, observando la vegetación— ¿Volvamos? tengo frío. - Claro, ¿Quieres bailar? —rodeé sus hombros con un brazo, tratando de darle algo de calor. - Realmente no sé hacerlo —me observó, culpable. - Está bien, era sólo una idea —besé su mejilla una vez estuvimos fuera de la sala, arreglando un mechón de cabello que caía por su mejilla— te veo más tarde, debo hacer algo ahora —asintió. - Gracias —susurró, recibiendo mi mirada confusa— por el paseo —aclaró. - Cuando quieras —besé su frente esta vez y le guiñé un ojo mientras me alejaba. - Tienes que verlo de esta manera —exclamó Ric luego de un minuto de silencio, largo tiempo en que me había dado el placer de ignorarla, aunque ella no dudaba en comerme con la mirada— si es bonita, si pueden mantener una conversación de más de tres palabras y el sexo es increíble, todo estará bien, piensa, que si es tan inocente como parece, la puedes moldear a tu antojo —negué con la cabeza, riendo. - Eres tan idiota, ya quiero ver cuando tus hijas tengan diecinueve y Diana quiera casarlas con un tipo como yo. - Primero muertas —gruñó. - ¿Ves mi punto? - Sí, lo veo, pero ¿Qué opción tienes? —me observó con tristeza. Diana y él habían sido novios desde el colegio, él la eligió por sobre las demás, incluso mi propia madre había protestado al enterarse, porque pensaba que sería una buena chica para mí. - A estas alturas, ninguna —la vi alejarse, luego de un bufido que no quise interpretar, perdiéndose nuevamente entre los bailarines— mira a Seba, de nuevo al ataque —exclamé, realmente ansioso por ver si la obtenía en esta ocasión. - Mil a que lo rechaza. - Hecho —entrecerré los ojos, observando la escena, Seba realmente pensaba que ella le diría que no, por el modo en que sudaba y le temblaban las manos, lo conocía tan bien, pero había algo en esta mujer que me llamaba la atención, el hecho de que no conociera a nadie, que, como me decía Ricardo, nunca se relacionaba con nadie, ni tampoco se citaba fuera de la gala, pero era iluso creer que a esta chica sólo le gustara bailar— bingo —exclamé cuando le aceptó el brazo, llevándolo hasta el centro de la pista. - ¡Diablos! Una vez más, ganas. “Ven inmediatamente, te quiere, mamá” leí el mensaje y bufé, terminando el contenido de mi vaso. - ¿Tienes una menta? El deber me llama —sacó un paquete de Orbit del bolsillo, entregándomelo— cómprale algo lindo a Diana con mis mil dólares —reí con burla ante su asombro y me dirigí a mi martirio. Respiré hondo, esbozando una gran sonrisa antes de entrar a la sala, recibiendo la mirada de auxilio que Ivana me lanzó, sentada en medio de su madre y la mía. - ¿Qué te entretuvo tanto, hijo? —permanecí de pie, observándolas. - Fui por algo de agua y uno de los Ortúzar me hablaba —no podía discutir contra eso, Ortúzar era un socio minoritario de la compañía, el deber siempre era prioridad para todos en mi familia— ¿Cómo estás, Ivana? ¿Muy aburrida? —le ofrecí la mano, que ella no dudo en estrechar, alzando su cuerpo con gracilidad ante mi suave tirón— vamos a bailar. - Sólo unos minutos, hija, nos vamos luego. - Mi mamá sabe cómo enviarme un mensaje —exclamé, pasando la mano por su pequeña cintura, empujándola hacia el pasillo. - Ugh, muchas gracias, ya no sabía qué hacer —tenía las mejillas sonrojadas y su pelo, como una suave pelusa, enmarcaba sus facciones— mi mamá se vuelve loca cuando encuentra alguien con quien hablar. - Y mi mamá es experta en grandiosas charlas. Subimos una escalera, sin dejar de saludar a todos con quien nos encontrábamos, llegando a un pequeño hall con dos sillones Luis XV, ayudándola a sentarse. Había muchos lugares en esta casa en que podríamos estar solos, pero sabía muy bien que las habladurías estarían a la orden del día también, por lo que me decidí por este espacio en que mucha gente pasaba y sería testigo de nuestra inocente conversación. - Cuéntame de qué hablaban —me adelanté en la silla, apoyando los codos en mis rodillas, observándola reír con cierto nerviosismo, flexionando las piernas, dejándola ocultas bajo su cuerpo, en un gesto demasiado adorable, sintiéndome ligeramente culpable, presentía que ella sería una perfecta víctima para mi madre, usándola a su antojo. - Beatriz convenció a mi mamá de que venga en febrero, por las vacaciones —de pronto suspiró, mirando sus uñas— dijo que tú podrías mostrarme la ciudad y mantenerme entretenida. Entrecerré los ojos, tratando de entender su cambio de actitud, deseando internamente que sólo me lo dijera, pero conocía muy bien la facilidad que tienen las mujeres para hablar, pero nunca decir lo que realmente piensan. - Bueno, yo trabajo, bastante, o sea, hace pocos días llegué de Europa y estoy volviendo a orientarme —cerré los ojos— pero a medida que mis proyectos se vayan concretando, le dedicaré más tiempo a ellos —suspiró, molesta. - Sé que seré un estorbo —rodeó su cuerpo con los brazos— pero no fue mi idea, prácticamente me están obligando, no es necesario… Podría haberme acercado, sentarme en el espacio a su lado, hablar con ella y darle una frase tranquilizadora, pero no lo hice, sólo me quedé ahí, mirando el suelo. - ¿Por qué no bailas? —me observó, dudosa, con el ceño ligeramente fruncido. - No sé hacerlo y no me gusta hacer el ridículo. - Yo te puedo enseñar —una pequeña sonrisa adornó sus labios— ¿Te han dicho lo hermosa que eres? - Gracias, pero con cumplidos y promesas no vas a convencerme. - Te ves más linda cuando te portas así, como una niña caprichosa. - No soy una niña caprichosa —murmuró, cruzando los brazos esta vez, enfrentándome con sus ojos rabiosos— ¿Qué quieres? - Que no saques conclusiones, ni siquiera dejaste que terminara de hablar — esta vez sí sonrió, con sinceridad — me encantaría utilizar mi tiempo libre en acompañarte, si es que no te resulto demasiado aburrido. - Gracias —saltó de la silla, sorprendiéndome, sentándose a mi lado— entonces me enseñarás a bailar. - Si así lo quieres. - Quiero. - ¿Ahora? - No —suspiró otra vez, mirándome fijamente, nuestros rostros tan cerca que incluso podría haberla besado— ¿Por qué? —susurró. - ¿Qué? —miraba su boca, pequeña, pero de labios llenos. - ¿Por qué eres así? —levanté mi mano, acariciando su mandíbula con mis dedos. - ¿Así cómo? - Tan… lindo —besó, mi mejilla, sorprendiéndome con su osadía. - Hagamos algo —saqué el móvil de mi bolsillo— dame tu número, correo, f*******: o lo que sea que uses para comunicarte y así, cuando vuelvas en febrero, por lo menos seremos más que conocidos, quizás ni siquiera querrías venir —rodó los ojos, resoplando. - Yo lo hago —quitándome el equipo de la mano, comenzó a escribir, rápidamente— incluso, dejaré mi foto en el perfil —sacó su propio móvil de un bolsillo de su vestido, dando un pequeño chillido al mostrarme la pantalla, con una foto de sí misma, recostada en la arena de una playa, con el pelo rodeándola, como un sol. - Preciosa. - Exageras, lo que importa no es el color de los ojos, sino lo que puedes ver en ellos. - En ese caso, tú eres un ángel. - Y tú, un lindo diablillo —se sentó derecha, mordiendo un labio, con la mirada perdida— a veces también soy como un diablillo, pero no muchas veces muestro esa faceta de mí —la vibración en mi móvil la hizo volverse triste. - Mamá —exclamé. - Ya se van, hijo, tráela sana y salva —bufé en mi interior. - ¿Debo irme? —su boquita se frunció y, antes de permitirme reaccionar, me echó los brazos al cuello— no quiero, mañana todo parecerá un sueño. - Entonces me llamas y sabrás que no fue así, recuérdame enviarte una foto, para que me tengas en el perfil también. - Lo haré —besó mi mejilla suavemente— ¿Es extraño tener la sensación de que te conozco? - Quizás fuimos familia en otra vida —nos pusimos de pie, nuevamente mi mano en su cintura— una vez leí que hay un cordón luminoso, invisible para el ojo humano, que une a todas las personas, con algunas es más poderoso que con otros. - Uuuy, me encanta leer sobre almas gemelas y todo eso, es tan emocionante, pensar que pudieras estar con la misma persona en distintas vidas, tener tantas historias de amor, todas diferentes y con la misma persona —apoyó una mano en el costado de mi pecho, dejando caer la cabeza encima— quizás fuimos hermanos, primos… tantas cosas. - No tengo hermanos, siempre los quise, no deseaba ser hijo único. - Yo tengo una hermana, Diana tiene diez años, pero no nos llevamos muy bien. - ¿Dónde está ahora? - Con su niñera —alzó los ojos, con esa mirada tan cristalina— a mamá no le gusta dejarla, pero papá dijo que se aburriría, si yo tuviese hijos, me encantaría estar siempre con ellos, jugar durante todo el día. - ¿Tu mamá era así? - Sí, pero papá se enojaba, decía que me estaba malcriando. - ¿Le encuentras razón? —nos detuvimos fuera de la sala. - No, me hubiese gustado que él también estuviese más conmigo, en vez de trabajar tanto, me conformaría con la mitad de los juguetes que me daba, con tal de poder jugar con él. - Es bueno aprender de los errores —acaricié su mejilla con la palma de mi mano, disfrutando de su ternura— eres una gran mujer y, tal como dijiste, no se trata sólo de belleza, Ivana, tu hermosura es lo que irradias —bajó la mirada ante el sonrojo, pero levanté su barbilla con mis dedos— no permitas que nadie te cambie, siempre busca lo que te haga feliz y cuenta conmigo, soy tu amigo ahora —besé su frente, cerrando los ojos ante la suavidad de su piel— me gusta mucho que seas mi amiga también. Nos despedimos con la mano, mientras se alejaban en nuestro Bentley, el chofer regresaría por nosotros al terminar la fiesta. Observé sus ojos asomados en el vidrio trasero, con una expresión pensativa, pero alegre a la vez, quizás, hasta con una promesa. - ¡Cuéntamelo todo! —mamá estrujó mi brazo con demasiada fuerza. - No hay nada que contar, sólo conversamos —no pude evitar sonreír al escuchar su resoplido. - ¿Te gusta? ¿Qué te pareció? Es linda ¿No? - Sí, bien y sí, pero —respiré hondo— es una niña, mamá, no estoy seguro de que sea lo correcto. - Olvídate de eso, son sólo diez años, necesitas alguien que le traiga luz a tu vida, ella es ideal. - También pienso que es muy niña —papá sostuvo la mirada de mamá, sabiendo lo que significaba contradecirla— es evidente que se siente atraída, o sea, qué chica no nota a nuestro Feña, además de su respaldo familiar, pero tú pretendes que sea su esposa ¿Crees realmente que desee asumir una responsabilidad a esta edad? Apenas comienza su carrera, los tiempos no son los mismos y lo que significaría alejarse de su familia, probablemente Feña tendría que esperar tres, quizás cuatro años más, hasta… - Quizás estés en lo correcto, pero confío en mi hijo —apoyó su cabeza en mi brazo— sé de las cosas que es capaz una mujer enamorada y, si realmente se lo propone, ella sólo querrá hacerlo feliz. - Bueno, faltan tres meses para febrero —sentía una presión en la boca de mi estómago— aún hay tiempo, ahora estoy enfocado en otros temas, todo a su tiempo, quizás sólo estemos elucubrando. - Estoy tan emocionada —chilló, haciéndome sentir que todos mis deseos eran inútiles— no puedo esperar para contárselo a las chicas, se morirán de envidia, te casarás con una preciosa chiquilla y no con una bobalicona como sus hijas, ninguna de ellas es digna de ti —me detuve, ciertamente impresionado, todas mis novias habían sido una de esas “hijas”, incluso Emilia, antes de que decidiera irse lejos a estudiar. - No quiero que lo comentes con nadie, mamá, es mi vida privada, no quiero a nadie hablando a mis espaldas. - Está bien, tienes razón, será una grandiosa sorpresa. - Ahora, por favor, denme un poco de espacio, estoy un poco crecidito para tener chaperones. Le asentí a papá, dándole a entender que mi molestia no era con él y apresuré mis pasos, sintiendo que la angustia crecía en mi pecho, algo inexplicable para mí, como un enorme miedo, la sensación de que estaba perdiendo algo en mi vida, cuando en realidad, se suponía que estaba ganando. Debía ser agradecido, Ivana era atractiva, inteligente y dulce, lo que siempre pedí, lo que necesitaba, mi destino. Mamá tenía razón, si realmente me lo proponía, podía ser capaz de enamorarla y, no sólo eso, también de hacerla feliz. Giré sobre mí mismo, notando recién que el salón estaba vacío, comprendiendo que todos debían estar en el comedor, queriendo poder marcharme, escapar, pero nada de eso era posible. Caminando con la cabeza baja, me dirigí hacia nuestra mesa, calmando mis pasos cuando ese cabello castaño con finas hebras incandescentes apareció ante mis ojos, sintiendo el corazón latir desbocado en mi pecho. Ella, su sola visión provocaba tantas cosas en mí, deseaba tocarla, escuchar su voz otra vez. Quizás podría ser mi último gusto, cuyos recuerdos serían una vía de escape para esos momentos en que las circunstancias me superaran. Quería probar que siquiera por una vez en la vida, hice algo para mí, algo totalmente egoísta y placentero. Perderme en el tiempo y en el espacio, en su cuerpo lleno de curvas, en esa piel tostada y se me hacía agua la boca por probar la miel de sus labios. Por eso, y porque sentí la urgente necesidad de meter a mamá y sus reglas en el bolsillo trasero de mi pantalón, no dudé en sentarme junto a la mayor beldad que ha tenido el honor de recibir este Club. - ¿Necesitas algo? Hablamos durante toda la cena y, si pensaba que sólo era una cara bonita, pues me equivoqué, quizás todos aquí lo estaban, Cleo era divertida, incisiva y, por primera vez, la vi reír con naturalidad. Pero, lamentablemente, tenía razón en algo, mi único objetivo al acercarme era llevarla a la cama y, no sé por qué motivo, por algunos segundos, eso me hizo sentir culpable. Terminé de comer, sintiendo decepción de que el tiempo pasara tan rápido, podría haberme quedado hablando toda la noche y más, pero el deber seguía haciendo su llamado. Me alejé, sintiendo su mirada en mi espalda, lo que inevitablemente me hizo sonreír, nunca había estado tan fascinado porque una mujer me notara. Claro, sobre todo si esa mirada venía de una que no le daba asunto a nadie más en este lugar. No demoré en estar frente a la mesa en que Ortega y su familia departían, papá siempre decía que el mejor momento para comenzar una conversación de negocios, era luego de la comida, cuando el cuerpo estaba relajado, por experiencia, sabía que estaba en lo correcto. Hablamos del tiempo, de Holanda y de cómo crecían sus hijos pequeños, del modo en que el mundo se volvía más materialista y lo beneficioso que eso era para nosotros. - ¿Recuerdas las tierras que tengo junto a Comercial Irigoyen? —exclamó de pronto, con total inocencia— me gustaría conversar con ustedes sobre ellas, quizás les puedan dar un mejor uso. - No lo había pensado, qué tal si llamas a mi asistente y conversamos de eso donde corresponde, Julio, es bueno encontrar personas con quien compartir hoy en día —golpeé su hombro suavemente— me alegro estar de regreso. - Siempre he pensado que faltan personas honestas en este mundo —su ceño se frunció— asociarme con ustedes siempre sería algo bueno. - Claro, no pensaría en otro que no fueras tu —respiré con alivio, notando cómo todos comenzaban a regresar al salón, la sobrecomida había terminado, excusa perfecta para despedirme. Pretendí buscarla de inmediato, con una urgencia que no deseaba explicarme, pero la mirada de mamá me hizo girar en ciento ochenta grados, averiguando el modo de salir sin tener que sufrir su monólogo, eso lo dejaría para más tarde, seguramente a la hora de regresar a casa. Caminando a tientas por el jardín trasero, agradecí encontrar uno de los ventanales abiertos, entrando en una sala en que varios hombres fumaban, reconociendo a varios de ellos, saludé con la cabeza, rogando por no ser notado. - ¡Irigoyen! —¡mierda!— ven acá, chico, cómo es que no saludas, tantos años sin verte. - ¡Zenteno! —exclamé regresando mis pasos, estrechando las manos de padre e hijo, igual de ancianos— el tiempo no pasa por ustedes. - Igual que tu viejo, lleno de halagos —reí como idiota mientras el más joven me palmeaba la espalda— ¿Quieres un puro? - En otra ocasión quizás… - Te vimos muy entusiasmado durante la cena, me extrañó en realidad, siempre he creído que tendrías mejor criterio antes de caer en el juego de esa chica —no pude evitarlo, mis muelas chirriaron por la fuerza con que presioné mi mandíbula y creo que mi expresión fue bastante transparente— no te preocupes, todos tenemos derecho a echarnos una canita al aire. - Gracias por tu preocupación, pero no es necesario, tengo todo controlado —un repentino frío recorrió mi cuerpo, esa extraña sensación que tienes muy pocas veces en la vida de que estás frente a una amenaza— ¿Cómo está todo por acá? Llevo tan pocos días en el país que aún no me oriento del todo. - Juntémonos durante la semana ¿Te parece? Hay mucho arroz del que también podríamos hablar. - Bien —sonreí con más calma— veo que estás enterado de mis planes, llama a mi asistente y programamos una cita, quizás me interese tu arroz —palmeé sus hombros esta vez— que tengan una buena noche, en otra ocasión los acompaño, aunque el puro no es lo mío. Tomé el camino al salón con toda precaución, acercándome hacia al bar lentamente, pidiendo un ron, realmente lo necesitaba. Me apoyé en el mesón y mis ojos comenzaron su recorrido por los bailarines. Había gente nueva y otra que conocía desde pequeño, mucha juventud, niñas y niños iniciando su vida en sociedad, insertándose en este mundo lleno de sonrisas y apariencias. - ¿Terminaste de trabajar? —su voz, ligeramente grave, pero sedosa a la vez, traspasó mis sentidos, notando mi boca repentinamente seca. - ¿Tienes sed? —me volví lentamente, encontrándome con esos ojos llenos de diversión. - Un jugo de durazno —le dijo al de la barra y apenas esperó a tener el vaso entre las manos para beberlo en un solo respiro. - ¿Bailamos o necesitas descansar? —traté de mantener la fuerza de su mirada e intenté no clavar mis ojos en la forma de sus labios húmedos por la bebida, pero fracasé y, como una cruel felina, pude distinguir el momento exacto en que supo que me tenía en sus manos. - Bailamos —susurró, con esa risa juguetona que ya me fascinaba, dejamos los vasos en la encimera y pasé mi mano por su cintura, teniendo total consciencia de la manera en que mis dedos presionaban sobre la tela, tan cerca y lejos de su piel. - Comenzaba a aburrirme de hablar con estos viejos que no saben más que de negocios —confesé, tomando consciencia de que la música era suave y mis manos en la cima de sus caderas, nuestros rostros demasiado cerca, su aroma envolviendo cada pensamiento de mi cerebro, pero no por eso imposible mantener la compostura, esta no era una partida de una sola noche, debía asegurarme de poder verla en otra ocasión. - ¿Eres el relacionador público? —murmuró frunciendo el ceño y la carcajada salió por mi garganta con tanta espontaneidad. - Eso describe muy bien mis funciones, aunque es algo más complejo también, trabajo con mi papá desde que tengo memoria, pero no me quejo, tengo libertad de horarios y de actuar, gano bien y como aún vivo con mis padres, no tengo mayores gastos. - Hijito modelo —alzó sus cejas con burla. - Eso quisiera ¿Y tú? - Mmmh —paseó su lengua por los labios— yo soy huérfana y vivo de las rentas. - ¿No trabajas? —exclamé con asombro. - No tengo necesidad —levantó sus hombros, molesta. - ¿Y si la tuvieras? —pero yo tenía demasiada curiosidad. - Siempre hay una manera. Nos observábamos, con detenimiento, de cierta manera odiando que la música fuese tan lenta, que no me dejara otra opción más que tener mis manos en ella y, no es que no quisiera tocarla, pero realmente temía no poder guardar la compostura, recordándome que este no era el lugar, que debía seguir mi táctica de mediana indiferencia. - ¿Puedo confesarte algo? —dije repentinamente, rogando porque su respuesta fuese negativa, mi brazo izquierdo rodeó su espalda y la mano derecha acarició la piel suave de su mano, tomando su silencio y la expresión divertida como afirmación— me trastornas, pero no quiero caer en lo mismo que cualquier baboso que se acerca a ti —lamí mis labios resecos, sintiendo su mirada perderse en mi gesto— quiero verte en otra ocasión, una cita o algo así, donde podamos sólo ser nosotros.
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