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Mina simplemente se encogió de hombros, restándole importancia a la pregunta de la señora Ninette. La respuesta evasiva cayó como una bofetada sorda, y fue todo lo que la mujer necesitó para estallar. —¡Responde! —gritó Ninette, sujetándola con fuerza por los hombros y sacudiéndola sin miramientos—. ¿Quién te enseñó a hacer esta costura? ¡Dímelo, porque me voy a volver loca! Mina se liberó del agarre con un empujón seco, los ojos abiertos como si no pudiera creer lo que estaba ocurriendo. —¡Suélteme, señora! —le espetó con furia—. Usted ya está loca, por si no se lo habían dicho. Los presentes quedaron en silencio, petrificados. El eco de esas palabras rebotó en las paredes del taller como una campanada incómoda. —¿En serio piensas que esa respuesta es apropiada? —inquirió Ninette, te

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