11:55 am
Desperté de forma abrupta casi al mediodía y cuando lo hice, sentí un medio cuerpo cálido durmiendo sobre el mío y cuando miré un poco lo supe. En verdad había dormido con él acosador con el que tanto fantaseé hacer daño.
Recordé lo que había sucedido solo horas antes.
De inmediato me posé sobre él y lo besé, él pudo seguirme el ritmo y fue cuando se desató el caos. No pude controlarme, besé a ese chico con tantas ganas que sé que pude lastimarlo, es que algo se desató en mí, como jamás me había sucedido en mi vida y perdí la razón. Besé tanto a Santiago que mis labios dolían y perdí la noción del tiempo. Lamí, besé y mordí sus labios deseando hacerlos míos, porque me encantaba su sabor, lo dulces que eran, que parecían haber sido hechos para mí y por eso me fue imposible saciarme, pero aún peor, cuando introduje mi lengua en su boca y lo escuché gemir, la bestia salió a flote y desde ahí todo se volvió borroso.
Besé su cuello con tanto deseo que sé que pude sobrepasarme, porque fui brusco y sé que lo mordí, sé que pude dejarle muchas marcas no solo en su cuello, sino en su nuca, sus hombros, su clavícula, pero… cuando pensé en avanzar más, los tragos de más me hicieron efecto y pude notarlo, él moría de sueño también, así que caí rendido y ahora, horas más tardes, sentía su cuerpo cálido sobre el mío.
Santiago había dormido recostado en mi pecho, abrazándome y esto era jodidamente extraño. Siempre he pensado que dormir de esta manera es algo muy íntimo, que no se hace con cualquiera y ni aún con tragos de más jamás había cedido a besar antes a un desconocido, pero no conforme a que lo hice, dormí con él y la realidad me golpeaba de repente en el rostro.
Bien, no tengo de otra.
Si anoche me contagié de lepra o peor aún, sida, no tendré más opción que inmolarme, pero eso sí, me llevaré conmigo al del pantalón apretado porque unos jeans así no se los permito a nadie.
Un rato más tarde de que me había duchado y vestido por completo, fui hasta la cocina e hice de desayunar. Serví un par de tazas de café y me acerqué hacia el cadáver que yacía en mi cama. A estas alturas no sé si Santiago duerme aún o si siquiera respira, así que luego de percatarme de que tenía signos vitales, lo moví un poco y él despertó.
—Toma, para que revivas —le dije acercándole la taza y luego de acomodarse un poco la tomó—. ¿Te duele la cabeza?
—Muchísimo —admitió y pude notarlo.
Debía tener una fuerte resaca, se le notaba mucho por la mala cara, pero eso es normal, nada de que alterarse, pero solo con mirarlo un poco, pude notar el enorme moretón que le dejé en su cuello, lo cual me hizo sentir muy avergonzado. No quiero ni saber cuántos más le dejé, no sé por qué nunca puedo controlarme cuando me prendo así, es como si el lado malvado en mí floreciera al mil.
—¿Quieres que te busque algo para el dolor? —pregunté y asintió—. Bueno, ya vuelvo, pero antes… ¿recuerdas lo que hicimos anoche?
—¿Los besos?
—Entonces sí lo recuerdas.
—¿Cómo lo olvidaría? —preguntó sonrojado y sonrió de una forma tan tierna que me hizo incomodar y preferí ponerme de pie antes de decir alguna barbaridad o amenazar con matarlo.
—Bien, bajaré a la farmacia y te traeré algo, puedes tomar una ducha mientras, en el baño hay toalla, cepillo de dientes y lo que necesites —le dije y asintió—. Ah y perdona por las marcas. Creo que estando ebrio tengo complejo de Edward Cullen.
—¿Qué marcas?
—Las de tu cuello y probablemente en otros lados también —le dije y él se sonrojó hasta las orejas, lo cual me hizo sentir extraño y preferí alejarme de inmediato.
No sé qué carajos me estaba sucediendo y tampoco me quería detener a pensar en ello.
Salí a la calle y compré una caja de paracetamol en la primera farmacia que encontré abierta un domingo. Luego regresé al edificio y subí hasta el piso cuatro que es el de mi primo y mi hermana. Solo entré porque tengo llaves, ellos también tienen las del mío y como era de esperarse, el lugar era una aberración de ver. Estaba repleto de latas vacías de cerveza por doquier y apestaba. Julián estaba tirado durmiendo en su miseria en la alfombra de la sala, en ropa interior. A pocos centímetros estaba el cadáver del pantalón apretado y el de sus secuaces durmiendo en el mueble del balcón.
Encontré a Eva a medio vestir sobre su cama, pero las sábanas estaban pegajosas, repletas de cerveza derramada y doritos, era toda una porquería de ver.
—Oye tú —le dije sacudiéndola un poco, pero al no reaccionar la moví de forma violenta y despertó de mala gana—. Despierta.
La forcé a ir a tomar una ducha, lo hizo de forma rápida y al salir le di también pastillas de la caja que le compré al acosador quién debe estar en mi baño. Me senté a su lado al verla desenredar su cabello sobre la cama.
—Anoche conspiraste en mi contra, jamás te lo voy a perdonar —sentencié y ella me miró enarcando una ceja.
—¿Sí? Y tan enojado estabas por haberte juntado con ese chico que incluso dormiste con él.
—Una cosa no tiene que ver con la otra.
—¿Lo hicieron? Exijo detalles —dijo entre risas y la fulminé con la mirada.
—¡No hicimos nada!
—Sí claro, no creo que hayan estado leyendo la biblia allá arriba.
—No hicimos nada, de verdad.
—Oye Martín, ¿crees que soy idiota? Toda la noche estuvieron juntos, él te estuvo abrazando e incluso vi que te besó el cuello, ¿e igual lo negarás?
—No tuvimos sexo, eso no pasó. Sabes que no me acuesto con alguien que acabo de conocer y menos con ese chico, es virgen.
—Vaya. No puedo decir que me sorprenda. De su grupo de amigos sé que él es inocente.
—¿Ya conocías de antes a los demás?
—Sí, los he visto en el bar que está en la esquina y siempre los rodean chicas, pero a Santiago jamás, siempre lo vi solo y me miraba mucho. Supongo hacía estudio de mercado, analizaba a su futura cuñada en ley.
En verdad esto es increíble, maldición.