Prologo
Había nacido para eso y lo sabía con certeza. Cada momento de su vida estaba destinado a conducirlo a desempeñar ese papel tan importante. Pero eso era su vida, no la de su hijo.
Su único hijo no tenía por qué verse envuelto en las complicaciones y consecuencias que acarreaba ser el investigador que finalmente diera con una cura tan esperada.
El científico Tadeo Wallas no quería que usaran a su hijo como su debilidad, Taegan no había nacido para ser un rehén, había nacido para tener una vida asombrosa y encontrar su propio papel por desempeñar.
El mundo podía ser más cruel y crudo de lo que muchos querían aceptar.
Mientras él, junto a otros investigadores que le ayudaban, encontraba la forma correcta, ideal y precisa para acabar con una de las peores enfermedades que padecía la humanidad, otros luchaban para que nunca fuese encontrada.
¿Por qué? Por simple dinero y por sucio poder. No habían más explicaciones.
Quienes tenían el verdadero control sobre las decisiones que afectaban a los personas, no eran el presidente o sus subordinados, eran quienes se escondían detrás de ellos.
Entonces, ¿qué debía hacer? ¿Seguir con los últimos pasos u olvidarse de la investigación? Porque, ¿dónde quedaba su hijo? Él era todo lo que tenía y no podía fallarle. Pero estaba el dilema de que si, había llegado tan lejos con la cura y estaba a punto de llegar al final de la investigación con resultados satisfactorios, ¿cómo podría darle la espada a todo eso?
—Eres demasiado expresivo para ser un científico, ¿no crees? — preguntó Barnes, el hombre sentado frente él — Puedo saber fácilmente que estás dudando entre seguir con esto o ponerle fin.
Tadeo respiró profundo y tensó su mandíbula. No era el primer hombre de poder que llegaba a su casa para amenazarlo. Había hecho frente a los anteriores, pero habían empezado a ser más despiadados.
Habían matado a uno de sus aprendices más prometedores y no bastando con eso, lo habían utilizado como mensaje para que se detuviera o el siguiente sería su hijo.
—Supongo que en parte soy tan bueno para esto —respondió indignado —, soy un científico romantizado, que estúpidamente creyó que podía ser lo suficientemente fuerte como para hacerles frente.
Quería lanzarse sobre aquel hombre y romperle la boca, no quería escuchar su amenaza.
—No puedes hacerle frente a personas tan poderosas, Tadeo — afirmó con calma y confianza —. No por tu cuenta.
—¿Qué es lo que quieres? ¿Con qué quieres venir tú? — se colocó de pie sin poder contener su ira — Estoy harto que vengan a mi propia casa a amenazarme.
Barnes hizo una mueca con el rostro cerrando los ojos y moviendo su mano.
—Ya, tranquilo, siéntate y mantente sereno.
—¿Qué es lo que quieres? — insistió sin hacerle caso.
El hombre suspiró pesadamente y asintió, luego volvió a revisar su reloj inteligente, alzó las cejas y dijo:
—Perfecto — con una sonrisa en el rostro.
Tadeo estaba al borde de la indignación.
—Por favor, ¿podrías sentarte? —señaló con la mano al sofá — No puedes juzgarme de déspota solo por los anteriores que han venido a ti.
Pensó bien sus palabras y se sentó, de cualquier manera no era como si pudiese sacarlo de su casa a golpes, fuera estaban esperando sus guardaespaldas y quién sabe cómo podrían reaccionar.
—¿Podría ir al grano?
—Lo haré —pegó su espalda del espaldar del sofá mostrándose relajado —. Pero primero, saluda a tu hijo con calma, no le demuestres ese enojo que tienes —movió la mano delante de su rostro.
Sintió un escalofrío recorrerle la espalda. ¿Por qué tenían que usar a su hijo?
Antes que pudiese responder, la puerta principal se abrió.
—¡Papá! —gritó desde la puerta — ¡Llegué!
Miró alarmado al hombre frente a él, aquella sincronización solo dejaba en evidencia que lo habían tenido vigilado. Así, Barnes le hizo una seña mientras susurraba:
—Tranquilo.
—¡Acá estoy! — intentó que no se notase su preocupación.
Esperó que su hijo de diecisiete años cruzara el pasillo y se sintió aliviado al verle aparecer.
—Oh, hola —saludó a su acompañante —, buenas noches.
—Buenas noches — le contestó Barnes.
—¿Qué tal tu día? — interrumpió Tadeo.
—Bien, como siempre — contestó como si no fuese nada —. Eh, pa, también he traído visitas, ¿no hay problema?
Le agrada que tuviese amigos.
—No, para nada, haz que pasen.
Su hijo sonrió ampliamente.
—Genial — expresó —, vengan chicos — le hizo una seña a sus amigos.
A los pocos segundos se colocaron de pie junto a Tadeo. Resultaron ser cautivantes, la chica tenía el cabello casi naranja, era bastante pálida, era de baja estatura en comparación con Taegan pero le daba la impresión de ser atleta al igual que el chico, un a******o que sí era alto, de cabello oscuro. Parecían estar en armonía con su pequeño Taegan, quien tenía la piel hermosamente mestiza y su cabello rizado y alborotado, el cual había heredado de su madre sin duda alguna.
—Buenas noches — dijo la joven.
—Buenas noches — continuó el chico.
—Ella es Syra y él es Min —presentó su Taegan —, te comenté de ellos la semana pasada.
Lo pensó por un instante.
—Oh, sí, los chicos nuevos — recordó —, bueno, adelante, pásenla bien.
—Gracias —respondieron ellos.
—Vamos — señaló Taegan.
Así los tres subieron por las escaleras dejando a Tadeo y a Barnes solos de nuevo.
—¿Viste bien a los chicos? — señaló Barnes — No aparentan que son cuatro y cinco años mayor que tu hijo, ni mucho menos que en realidad son dos agentes bien entrenados de una de mis grandes empresas de seguridad.
—¿Qué estás diciendo?
—Hace una semana los envié al colegio de tu hijo —explicó —, lo han estado vigilando y haciéndose sus amigos desde entonces.
—Por favor, deja a mi hijo fuera — dijo entre dientes —, si lo que quieren es que me detenga entonces…
—No —alzó el dedo índice —, ni lo menciones. Solo déjame terminar de hablar.
—¿Qué es lo que quieres?
Barnes se colocó serio y se inclinó hacia adelante apoyando los codos de sus rodillas.
—Quiero que continúes.
Eso había dejado a Tadeo con las defensas bajas.
—¿Qu..é?
—Así es —se notó determinado —. Quiero que termines tu investigación, hagas las pruebas y experimentos que necesites hacer y da con la cura contra el cáncer de una vez por todas.
Tadeo seguía confundido, incapaz de creer lo que estaba escuchando, era la primera vez que alguien le decía que estaba de su lado.
—¿Pero… cómo es posible?
—Somos unos cuantos los que queremos que esto sea descubierto, contra muchos que no la quieren revelar — indicó notándose entusiasmado —. No debes temer, haz lo que debas hacer.
Tadeo respiró profundo, se sintió animado.
—¿Cómo sé que puedo confiar en usted?
Barnes se colocó de pie y Tadeo le imitó.
—No hay nada que pueda decirle para que lo haga, pero mi mejor prueba será dejarle sin excusas para no continuar…
Él se acercó hasta Tadeo y extendió su mano hacia él.
—…Cuidaré de su hijo, manteniendo a su lado a esos dos agentes encubiertos bien entrenados, y con todo un equipo respaldándolo.
Tadeo no tenía nada más que pensar, por lo que simplemente estrechó su mano.