Horas más tarde, Emma estaba de pie frente a la ventana del penthouse, observando las luces de la ciudad parpadear como estrellas lejanas. La adrenalina del ataque aún corría por sus venas, y aunque su cuerpo pedía descanso, su mente no dejaba de repasar cada segundo de lo ocurrido. Elijah había insistido en acompañarla hasta que llegó al penthouse, pero ella lo había dejado en la puerta, cerrando con firmeza antes de que pudiera decir algo más. Su rostro, sin embargo, estaba grabado en su memoria: la furia, el miedo, y algo que no alcanzaba a descifrar. Raúl apareció en el marco de la puerta con dos tazas de café en las manos. —Necesitas esto más que yo —dijo, acercándose y tendiéndole una. Emma aceptó la taza, sintiendo el calor del líquido en sus manos, pero sin llevarla a los labio

