Capítulo 25: Ciudades Que No Curan**

860 Words
Nueva York no me recibió con los brazos abiertos. Me ignoró, como si yo fuera solo otro extraño más en una ciudad que ya vio demasiados caídos. Y lo agradecí en silencio, porque no tenía fuerzas para fingir que todo estaba bien ni para explicar nada a nadie. Llegué solo, con una maleta que pesaba menos que todo lo que dejé atrás en Ámsterdam. No había llamadas ni mensajes a Lia. Todo acabó entre nosotros. Ella dejó claro que no quería seguir, que estaba saliendo con otro, que yo no era parte de su futuro. Me marché de Ámsterdam esa misma noche, con el pecho vacío y la rabia apagada, decidido a comenzar de nuevo con los negocios y con lo que quedaba de mí. Dejé la empresa en manos de mis socios con poderes firmados, cerré puertas que antes abría con una sonrisa, cancelé reuniones que ya no tenían sentido. No fue huida cobarde: fue retiro estratégico, un corte limpio para no morir ahogado en recuerdos que quemaban. A veces, para no quebrarse del todo, hay que desaparecer un rato y dejar que el mundo siga girando sin ti. El apartamento era alto, frío, casi hostil, con ventanales inmensos que daban a una ciudad que nunca duerme y que nunca se compadece. Yo tampoco dormía. La primera noche no deshice la maleta. Me serví un whisky sin hielo en un vaso de cristal pesado y me senté frente al vidrio, viendo taxis pasar abajo como pensamientos que no se detienen ni un segundo. —Lo dejé todo —dije en voz alta, la voz ronca y sola—. Y aun así me siento vacío como la mierda. No hubo respuesta. El eco de mi propia voz fue mi única compañía en esa sala enorme y vacía. En Nueva York nadie te pregunta qué te duele ni te da palmadas en la espalda. Aquí cada quien sangra en silencio y sigue caminando, como si el dolor fuera solo otro tráfico en la calle. Me gustó eso. No explicaciones. No lástima. Nadie te mira como al villano de los periódicos. Nadie te recuerda que fuiste el rey y ahora eres un hombre con ojeras y mirada perdida. Los días pasaban lentos y pesados. Caminaba sin rumbo por Manhattan, entraba a cafés oscuros donde nadie sabía quién era ni le importaba. Eso era nuevo para mí. Yo, que siempre fui apellido, poder, ruido, escándalo… aquí era solo un hombre más con barba de varios días, ropa oscura y mirada cansada que no pedía conversación. Me sentaba en una esquina, pedía café n***o amargo, y miraba a la gente pasar como si fueran extras de una película que ya no me interesaba dirigir. Una noche, en Central Park, me senté en una banca fría bajo árboles que no me conocían. No saqué el teléfono. No había nada que decir. Todo acabó. Lia eligió su camino, yo el mío. El silencio entre nosotros era definitivo, y dolía menos que seguir llamando. Los días se volvieron rutina vacía. Caminaba horas por la ciudad, entraba a librerías, compraba libros que no leía, me sentaba en bancos mirando gente pasar como si fueran extras de una película que ya no me interesaba dirigir. Intentaba reconstruirme, pero el silencio de Lia era como una herida que no cierra, que sangra cada vez que respiro. Una noche, sentado en el balcón con vista a las luces de Manhattan que brillan sin piedad, entendí que no había vuelta atrás. Miré el horizonte un minuto largo, la ciudad indiferente. No llamé. No escribí. —Ya está —me dije a mí mismo, voz ronca y rota—. Si tengo que reconstruirme… será sin ella. Respiré hondo, el aire frío de Nueva York llenando pulmones por primera vez en semanas. No sentí alivio inmediato, pero sí un peso menos en los hombros, aunque el vacío seguía ahí, como compañero fiel. Nueva York no cura. Italia reconcilia con el pasado. Ámsterdam destruye sin piedad. Y yo… yo estaba justo en el medio, aprendiendo a respirar otra vez sin pedir permiso. Aprendí a estar quieto, sin correr detrás de nadie. A ser hombre sin guerra ni culpas que pesan. A ser padre desde la distancia, llamando a Sofía cada noche para saber que está bien. Y entendí algo doloroso que quema el pecho cada día: A veces uno gana la libertad que tanto busca y pelea… pero pierde a la persona por la que luchó con todo el alma y la vida. No sabía si Lia volvería algún día. No sabía si este amor sobreviviría al escándalo y al silencio largo que ella misma eligió. Lo único que sabía era esto: Si ella regresaba, tendría a un hombre distinto, cambiado por el dolor y el vacío. Más roto por dentro que nunca. Más honesto con el mundo y conmigo mismo. Más cansado de pelear batallas que no valen la pena ni el precio. Y si no regresaba nunca… tendría que aprender a vivir con el vacío que dejó, que duele más que cualquier grito o pelea, que quema más que cualquier recuerdo. **¿Qué queda cuando el amor se apaga?**
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