Azul Real

2670 Words
La cabeza descendió hasta el piso, rodando si obstáculo hasta que se detuvo por sí sola. El líquido granate no tardó en ser expulsado desde el cuello del cuerpo sin vida, partícipe del expectante descaro de la guillotina. El pecho y tobillos de Langa cosquilleaban ante la intensa revelación, conmoviendo al asco que compartía con la mayoría del publico; sabía que no era el único que reaccionaba a la sangre con asco, además de que ese sentimiento era el mismo que tenía ante el evidente goce del general. En busca de cualquier tipo de respuesta, Hasegawa volteó hacia Kaoru, quien no aspiraba a liberarse del muro que su abanico formaba ante el escenario que tenía en frente, y mucho menos despegar la vista del pecho del hombre a su lado, que tampoco quitaría su atención de la cabellera del consorte. Aslan y Uenoyama, ante toda la sorpresa que un asesinato repentino podía expandir en ellos, necesitaban seguir buscando en el c*****r algún rasgo que los convenza que ese acto no se trataba más de una pésima broma o de los mejores efectos especiales. El emperador Ainosuke seguía ajeno a lo que a sus espaldas acababa de pasar, concentrado en un punto fijo perdido entre la masa, y ni siquiera dejaba imaginarse a los demás una opción donde se atrevería a voltear para ver el c*****r. No era el monstruo que Golzine proyectaba con sólo una ladeada sonrisa que un primer sacrificio satisfizo. Los 99 presos que quedaban no podían hacer más que esperar a que el número que portaban fuera dicho por el emperador, disponiéndose al destino del hombre cuyo cuerpo ya era arrastrado con todo el desdén posible por el soldado de turno. La cabeza castaña fue guardada en el enorme saco terracota. —Número 50. Reki reconoció su número cuando un soldado se dirigió específicamente hasta su puesto, rompiendo parte de la cadena que lo unía con quienes estaban a lado suyo. Inmediatamente, un cosquilleo que se componía desde la planta de sus pies hasta su espalda entendía que cada paso que daba se relacionaba con su decapitación. Al estar en frente de la guillotina observó su reflejo en el metal afilado, cuya navaja ya tenía el primer rasgo de sangre. De parte de los potentes brazos del soldado, fue obligado a arrodillarse y a acomodar su cuello en el respectivo lugar que la máquina tenía preparada. Era optimista a pesar de los duros intentos que había hecho por desvanecer toda esperanza, pero no podía dejar de buscar lo mejor de las horribles situaciones a las que las circunstancias lo han condenado desde que Evig Jord llegó a su vida. ¿Qué tal y reencarnaba en una de las flores que su madre cultivaba?, ella podría regalarle el retoño a una de sus hermanas y podría cuidarlo; él sería otra de las plantas que adornaría su cálido hogar en Seiza. —¡Alto a todo! —exclamó un m*****o del publico, colaborando con todas las peticiones que suplicaban el fin de los sacrificios, pero fue la única capaz de sancionar todo el ruido. De la abertura por la que debería de caer la cuchilla, Reki alzó la cabeza para observar por ahí la figura del peliazul levantándose del asiento, saliendo de toda posición honorífica preparada para él. Al pisar los escalones para subir al escenario, los dos que extranjeros a su lado también se levantaron para seguirlo, o tal vez para detenerlo, aunque podrían apoyarlo. En destellos, Golzine cambió su expresión de gozo a la de indignación pura, justo cuando Ainosuke se atrevió a voltear al asegurarse de que no había otro muerto. Dino caminó hasta alcanzar al príncipe, esperando a que su emperador le proporcione el debido reclamo y autorizar seguir las Fiestas Rojas. —Príncipe Langa, no entiendo qué pretende —cuestionó el emperador desde la lejanía, igual de confundido que el general, cuya palabrería, a pesar de ser simple y concisa, se sentían como cuchillas. —Suéltenlos —repitió. Dino chasqueó la lengua, observando cómo Ainosuke reaccionaba ante la orden del príncipe, tensando su mandíbula. —Usted no tiene ninguna autoridad sobre nada que tenga que ver con Evig Jord —intervino Dino. —No... Hazle caso —intervino Ainosuke con cierta indolencia en su manera de hablar. Pasó a lado de los cuatro sin mirar a ninguno, se acomodaba la capa de piel al bajar del escenario, desapareciendo de toda responsabilidad de inmediato. Su actuar no dejaba de ser confuso y misterioso. El general volteó hacia el pelirrojo en la guillotina, quien era el más atento a la discusión entre los grandes cargos. —Majestad, ¿usted está consciente de que estos noventa y nueve son la personificación de la inhumanidad? —vaciló Dino, sin hacerle el mínimo caso a las protestas de los inculpados que no se cansaban de tratar de limpiar su nombre—. Éste polizón que defendió es culpable del homicidio de seis personas... —¿¡Pero la ejecución publica es necesaria!? —interrumpió Ash, olvidándose del pudor. La discusión se tornó entre Ash y Dino cuando Langa pasó por alto toda acusación, dejando a un lado a esos dos para caminar directo hasta el pelirrojo hincado, acortando los metros de distancia a grandes zancadas. Kyan reconocía que la postura del príncipe declaraba vigor y elegancia, pero era fuerte cómo su incapacidad de mantener la mirada afectara su porte. Langa se hincó en una sola pierna, fijándose en las cadenas que acuñaban las manos de Reki. Sin que él lo pidiera, Uenoyama ya había pedido las llaves maestras a algún encargado de ellas para poder dárselas al príncipe, que las aceptó murmurando un inmediato "gracias". Reki estaba más que sorprendido, a penas procesando que su cabeza ya no estaba en el costal rojo, y que tal vez nadie de esos 99 tendría un final así. —¿Cuál es tu nombre? —inquirió Langa con un tono tranquilo. —Reki Kyan, majestad —contestó imitando la delicadeza de la voz de Langa, concentrándose en los iris del color azul real más puro que ha presenciado en todos sus años como artista; los zafiros en sus dedos envidaban la belleza que los orbes nocturnos, Reki lo aseguraba. —¿Eres de Seiza? —Sí, de la costa del este —no se dio cuenta de que estaba sonriendo. Como si Reki fuera hecho de cristal, Langa tomó sus muñecas con la búsqueda de toda la delicadeza, llevando la punta de la llave a la cerradura que unía a las esposas y a las mano; las giró, dándoles libertad de movimiento a ellas y a Reki, quien al primer momento se sintió hecho una pluma. Kyan amplió su sonrisa al reconocer nuevamente la repentina libertad en sus dañadas muñecas, pero no lo excluía de la duda que ahora le preguntaba qué era lo que tenía que hacer, o si debía decirle algo al príncipe que tenía sólo a centímetros. No se sentía capaz de levantarse, aún con el alivio que sentía. Sus oídos a penas presenciaban la pelea entre el conde y el general, además de las expresiones de felicidad y agradecimiento que cada preso que era liberado le daba al príncipe; pero de alguna manera, el latido rítmico de su corazón se ganaba todo foco. Uenoyama seguía a su lado, disponible para volver a recibir las llaves y acatar aceptar la petición de Langa para que, junto a demás guardias atentos a sus instrucciones, comenzar a liberar a todos los sacrificios. Langa estaba atento a las reacciones del pelirrojo, esperando con toda la paciencia que lograra levantarse del suelo, intuyendo si le habrá pasado algo a sus piernas en tan poco tiempo. Para el heredero, el sonreír mientras pareces estar al borde del llanto, le parecía extraño. —¡Reki! —lo llamó Mafuyu a lado de Shorter, abrazándolo por un costado. Ignorando la discusión entre el conde y el general, pretendía asegurarse de que Reki se mantuviera bien, pero un impacto a sus espaldas lo levantó inmediatamente a él y los otros tres. Eren se había abalanzado ante Ritsuka justo cuando él lo había liberado de las esposas litigantes. Eso fue lo único que sacó a Reki de su trance, pero fue lo que aumentó la intensidad de la pelea entre Ash y Dino. Uenoyama sólo intentaba esquivar los variados puñetazos de la furiosa figura de Eren, fallando en la mayoría, predecible. Al ser alguien importante en la política, la ayuda no esperó a presentarse, siendo los presos los primeros que tomaron a Eren de los brazos a pesar de su resistencia amenazadora que se veía capaz de escapar de los agarres. Además de todo el bullicio que colmaba sus oídos, el agudo dolor que se concentraba en ambas mejillas era lo que se apoderaba de su atención; agradeció en silencio por el par de manos que lo ayudaron a sentarse. —¡Eren, cálmate de una vez! —era en lo que distintas voces coincidían al gritar, entre ellas el muchacho que lo mantenía enderezado. —¡Ritsuka! —el príncipe lo llamó con genuina preocupación, hincándose frente a su amigo—. Necesitas atención, y rápido. Eso fue tomado como orden para uno de los solados, que salió corriendo en busca de alguien especializado; otros más volvieron a esposar a Eren. —¡Majestad, perdone a Eren! —imploró Mafuyu al príncipe, eso fue lo que motivó a Reki a levantarse y disponerse a caminar para hablar con Langa. Se podría decir que Eren era su amigo, o al menos eran colegas, pero lo que le importaba era lo injusto que resultaría que lo volvieran a aprender en la cárcel cuando la realidad es que era alguien con una mente perturbada por la crueldad. —Príncipe Langa, por favor entienda a Eren —él peli-azul se levantó para quedar frente a frente ante Reki, quien volteó a ver al general que seguía inmerso en la discusión con Aslan, y que no dejaría en un buen rato—. Puedo asegurar de que ninguno de los presos que hoy seríamos sacrificados tienen algo que ver con los crímenes a los que nos han responsabilizado. Yo no maté a nadie, y Eren jamás le ha hecho daño a nadie. —¿Seguro? —expresó Uenoyama detonando sarcasmo, limpiándose la sangre de su nariz y labios con un pañuelo. —Jamás asesinó a nadie. Por un momento cruzó la mirada con el ámbar de los ojos de Reki, llenos de la desesperación que la súplica sincera retenía en ellos. La poca permanencia de la conexión fue suficiente para entender que el muchacho no mentía en una afirmación que ponía en un pésimo lugar al emperador y al general; miró a los soldados que captaron la orden del heredero sin que él hablara, soltando a Eren. [...] Reki se despidió del príncipe con una simple mirada que no temía en sensibilizarlo con una sonrisa, expresando por él y todos los presos liberados un legítimo agradecimiento, a pesar de no saber con certeza cual era el siguiente paso en adelante. Langa desapareció junto al pelinegro herido y el rubio que tuvo que luchar para dejar de discutir con un anciano, escoltados por los soldados que anteriormente estaban dispersos en todo el público. Durante la vía que los encaminaba al castillo, Langa estaba plantado en medio de todos los juicios y escenarios que lo condenaban a destinos terroríficos; no se arrepentiría fácilmente de de haber impedido la muerte del pelirrojo, y con ello salvar la vida de decenas de desconocidos, pero esa emoción que variaba del orgullo no era un rival para el miedo dirigido hacia el emperador que retó. Nunca había deseado tanto que su mejor amigo le diera un leve golpe en la nuca, lo insultara un par de veces, y proceder a ayudarlo a encontrar la solución del terrible problema. Maldijo en un tono sólo audible para Ash y Uenoyama cuando la carroza se detuvo frente a la puerta principal del castillo del emperador. Al salir y caminar para la entrada fue donde comenzaba a idear el discurso que daría o lo que podría hacer para salvarse el pellejo. —Alteza, mi señor solicita su presencia en su oficina —solicitó Tadashi, reverenciando a Langa. Fue parte de los culpables para que la presión de su pecho y diafragma aumentara. —Justo planeaba tratar con él el reciente asunto sucedido en la plaza —mintió. Deseaba desaparecer en la faz de la tierra y jamás regresar. Abandonó a su compañía para seguir al pelinegro en el camino hasta el despacho de Ainosuke, queriendo que su extenso recorrido fuera cada vez más fuera cada vez más largo para jamás llegar, pero no pudo evitar alcanzar la puerta después de tantas escaleras. Tadashi tocó la puerta con grabados místicos y esperó a que la grave voz indicara el "adelante", señal de que tenía autorización para abrir la puerta y entrar. Dio un par de zancadas para adentrarse, haciendo otra reverencia para anunciar la presencia del más joven. En ese lapso conciso a penas pudo enterarse de los enormes libreros adornando los más grandes muros, pintados de un verde olivo y blancos marcos de las pinturas de lo que reconoció como antecesores. Justo arriba de su escritorio de madera habían tres pinturas individuales de tres señoras diferentes, elegantes y pulcras en el óleo preciso, pero combinando sus miradas para simular los ojos de buitres acechando a sus presas. —Príncipe, por favor tome asiento —pidió separando sus manos para señalar una de las sillas colocadas en frente del escritorio—. Tadashi, puedes retirarte. Recuerda la cita de las ocho. —Entiendo, majestad —después de una última reverencia, abandonó la sala. Langa dejó escapar un suspiro que mantuvo cautivo por gran parte del trayecto, tomando asiento en la silla acolchada por el terciopelo rojo. Procuró mantener la misma postura inexpresiva que construyó con facilidad, pero que necesitaba endurecer frente a la afilada mirada del emperador. —Acaba de interrumpir una festividad centenaria que un imperio ajeno a usted, príncipe. —Acabo de interrumpir una m*****e injusta, emperador —respondió al instante, sorprendiéndose a él mismo y al hombre frente suyo por la tenacidad de cada vocal. Guardaron silencio por unos segundos, cada uno rebuscaba en sí mismos expresar su punto de una manera en el que consiguieran la victoria en un debate jamás esclarecido. —"Injusta", me llamó mucho la atención que haya descrito esta fiesta de esa manera. Al parecer confía bastante en el testimonio cualquiera de un muchacho que le provocó esta faceta de justiciero; tratamos con un sucio seiziano que viviría como pordiosero. Que se haya expresado así de Reki sólo le asistió a la molestia en su monólogo. —Digamos que tengo una inmensa experiencia relacionándome tanto con criminales como con quienes sólo fueron tachados injustamente de esa manera —se cruzó de brazos, recargándose en la silla—, y si se queja de las personas sin hogar en plena capital debería ser una cuestión de cuidado y apoyo de su parte, en lugar de ser tratado como insulto sinónimo dirigido a un muchacho que comparte nacionalidad con su esposo. Ainosuke apoyó su barbilla en su puño—. No puedo creer que usted sea tan joven y tan poco entusiasta; los rumores sobre usted son completamente ciertos, no sirve para ser príncipe, y por lo tanto, jamás podrá ser un buen rey... Si me permite opinar. Golpe bajo para el zarco. Shindo le atinó perfectamente a un punto débil de Langa al repetir lo que ya había escuchado cientos de miles de veces, pero fue un poco peor a compañía de una sonrisa descarada. —Usted es un sádico que pretende parecer independiente, pero que se la pasa siendo manipulado por cualquiera que se lo proponga —Langa se atrevió a devolver la sonrisa, pero colocando su clásico encanto como herramienta—. En mi opinión. Mismo caso para Ainosuke. Ninguno se iba a dejar.
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