Costumbre

2162 Words
Los rayos de sol se colaban por la pequeña reja que el techo de madera tenía, avisándole a los presos que otro día había iniciado. Mala noticia para todos ellos, Las Fiestas rojas estaban a pocas horas de comenzar. Días antes, a los supuestos 100 presos más atroces dentro del sistema penal los habían sacado de sus celdas usuales, y trasladados al calabozo que se escondía por debajo de la catedral principal. Reki sabía que la mayoría de quienes esperaban su destino en esa sucia mazmorra eran inocentes, siendo él el vivo ejemplo de un falso culpable que pagaba por crímenes de alguien más. Pasó saliva por su garganta, repitiendo el amargo ardor que los días sin la suficiente agua le había provocado. Hacía frío, como siempre; estaba claro que nunca se acostumbraría a ese tipo de climas que en Evig Jord y al rededores reinaban, a pesar de haber estado en esa prisión por tres años sin la posibilidad de defenderse. A penas era un muchacho de 19 años que estaba enjaulado en un país desconocido, alejado de su familia y de su tierra madre. No sabía si agradecer o lamentarse por haber conseguido un amigo de su país en ese injusto destino, a penas teniendo a Mafuyu como alguien de Seiza para entenderse en el peor momento; alguien con quién extrañar las cálidas playas y a la tranquilidad de la ruralidad. Ambos inculpados por asesinato, mientras que a Shorter por s*******o, y a Eren por i**********o múltiple. Todo erróneo; lo único cierto en la pena de Eren fue el robo que cometió en su adolescencia, porque deseaba probar bocado después de días. El de cabello rojizo no planeaba levantarse del polvoriento suelo donde tenía que dormir, ignorando a los varios llantos que se habían cruzado por sus oídos que varios de sus compañeros expulsaron al distinguir la luz de la mañana. La batalla que tenía con su dolor de cabeza era intensa, teniendo como única arma el intentar ignorar su alrededor. No estaba triste, ya había tenido años para afrontar lo que sería de su futuro. Le tocaba esperar y rogarle a algún Shinigami ser de los primeros en ser elegidos para el sádico espectáculo. De la puerta del calabozo entraron dos guardias acompañando al comandante, un hombre alto de cabello dorado que no se atrevía a mirar a ninguno de los presos a los ojos. Su mirada replicaba culpabilidad, pero al no tener un poder trascendente al del general Golzine, lo único que podía hacer es lamentarse en su intimidad. —Caballeros y damas —alzó la voz, llamando la atención de todos—. Un pésame sobre ustedes inunda mis emociones, sin embargo, la llama Hela debe ser atendida por sus sacrificios. —¡Yo ni creo en Hela! —exclamó una chica en el fondo del calabozo, seguido de más voces furiosas que coincidían con su voz. —Los retirarán de este calabozo en unas horas —Erwin siguió, evadiendo al bullicio—. Lo lamento. El silencio volvió como penumbra justo cuando el comandante abandonó el salón, provocando e incentivando el ambiente de melancolía que cumplía su amenaza de crecer. Reki tuvo la disposición para sentarse en la tierra, limitándose a observar a todos los presos que reaccionaban como podían ante el fin al que no estaban predispuestos. Mafuyu caminó a su costado y se sentó. —En Seiza había un festival donde le cantábamos al invierno —recordó el muchacho—. Fuyunohanashi. —Ahí es donde conociste Yuki, ¿cierto? —Sato asintió. —Yuki... Y pensar que pronto estaré con él, hace años añoraba este momento, pero ahora el miedo me carcome —Mafuyu le trató de sonreír, pero no salió más que una mueca extraña que reflejaba lo que acababa de decir. Compartieron un suspiro, las ganas de hablar habían colapsado. El tiempo, desde hace años, se había volcado a sensaciones pesadas que los descompensarían emocionalmente, sin embargo, había algunos que aprendieron a sobrellevarlo, y hasta había quienes lograron acostumbrarse al constante sentimiento de impotencia. Al admirar la pequeña rejilla que fingía ser una de las tantas alcantarillas del templo, muchos trataron de convertirla en una escapatoria de su sórdido entorno; pero como Reki se imaginaba, era un lugar imposible de alcanzar, y nadie logró alcanzar ese garabato que formaba una estrella en la parte más alta de la pared. A pesar de todo el esfuerzo que impulsaba día a día, no lograba sostener una concepción concisa de todo el tiempo que transcurría. Sólo dejó que sus pensamientos y recuerdos vagaran por su mente, hasta que la poca luz que cruzaba hasta sus ojos avisaba cómo las nubes comenzaban a señalar una posible nevada. Seguía atento a los detalles, llegando a asombrarse por las dulces notas que diferentes flautas comenzaban se presenciaban a la lejanía. Era un sonido tierno y melifluo, como si ese día no fuera un espectáculo de horror, pero logró que muchos alzaran la vista hacia la reja para sonreírle a ese camino de notas, justo cuando diminutas partículas blancas comenzaban a descender hasta ellos. Shorter se levantó de la roca en la que se acomodó, sólo para intentar que uno de los copos cayera en su palma, consiguiéndolo sin ninguna clase de inconveniente. Muchos se le quedaron viendo, y en Reki surgió un deseo de presenciar la nieve como alguna vez había escuchado de las historias que había escuchado al sólo ser un niño. Sin embargo, fue el turno del General Dino Golzine para entrar a la prisión que visitaba anualmente, desde que ese cargo llegó a su poder. A comparación y contraste del comandante Smith, Golzine pertenecía a una edad avanzada y a una compostura robusta, con un semblante en una mezcla de seriedad con su forma descarada de actuar. Tampoco llevaba ninguna prenda que resaltara su pertenencia al ejército jordiano, u alguna característica de ser alguien así de poderoso; sabía que nadie duraría de su identidad. Sin tener que dar la orden, un guardia le entregó un extenso libro rojo que abrió más allá de la mitad, para empezar a leer los nombres que estaban escritos ahí con el pasar de los meses. —Formen una fila como vayan escuchando sus nombres —ordenó antes de carraspear—. Lydia Montgomery, Kyle Aaberg, Eren Jeager, Sally Schutmat, ¿Shorter Wong?... —dejó pasar su inusual nombre, aunque sin descartar su inusual "peinado"—... Manjiro Sano... Como si fueran auténticos muertos vivientes, avanzaban y componían la extensa fila. Reki sólo estaba pendiente de que su nombre fuera anunciado, lo peor es que se estaban tardando en hacerlo. No sabía lo que significaba, o si realmente si tenía un trasfondo. —Reki Kyan, Chifuyu Matsuno, Aren Dridrickson... —avanzó con rapidez para formar la fila, seguido del chico rubio con diversos vendajes cubriendo su rostro. Él había entrado a su anterior prisión hace sólo tres meses, y no sabía cuál crimen le habían adjudicado, porque parecía menor que él. No pasó mucho para que la lista de presos de ese años fuera completada en el orden que la fila había formado. No avanzaron inmediatamente, ni tenían que preguntar para saber que debían seguir todas las órdenes de Golzine, por eso ninguno se atrevió a decir algo cuando los soldados de menor rango comenzaron a enlazarlos por medio de una sola cadena por ambas manos. —Veo que ya no intentarán expresar su inocencia —señaló Dino, dándoles la espalda—. Retomen aquello como ejemplo para sus próximas vidas; Lydia, sólo sigue al soldado. La mujer sólo pudo gruñir y seguirle el paso al guardia, que los encaminaba hasta la puerta principal del templo. Reki nunca tuvo tiempo ni la oportunidad de admirar la maravilla arquitectónica en la que, de alguna forma, había vivido; era un templo enorme, con figuras de diferentes dioses que desconocía al él profesar otra religión, pero no impedía que se impresionara con la habilidad de los artistas que habían pintado la figura de los dioses principales en los gigantescos muros que los rodeaban, además de las figuras apolíneas de quien sería cualquier ciudadano de ese lado del mundo. Se lo volvió a preguntar: "¿me acordaré de cómo pintar?". No sería la misma técnica de evidentes óleos, pero sí deseaba volver a estar frente a la tinta china y acuarelas para pintar cualquier tipo de cosa que le parezca bella. Dejó de pensar en eso frente al golpe de frío que sólo ayudó a sentirse intimidado, sino que todas las miradas fijas en cómo los presos avanzaban hasta la plaza central parecían dagas que volaban junto a las ráfagas de viento. La adrenalina regresaba, y su debilidad incrementaba frente a los rostros desconocidos. Conforme caminaban se enfrentaron a toda la decoración de volantes, listones, flores, y toda clase de adornos de tonos rubíes y carmesí, siendo toda esa escena un eslabón de porqué a esa fecha la habían nombrado así, pero aquellas complejas guirnaldas, los bailes con vestimenta de ese color, y todo el ambiente sólo estaba inspirado en un sólo factor. —¡Dejen a Jensen! —una mujer lloraba desconsolada, a pies de uno de los soldados que seguían a los cien presos—. ¡Mi hermano es inocente!, ¡por favor! Ella formaba parte de un considerable cúmulo de civiles que suplicaban por la vida de los seres queridos que eran la principal atracción de ese día. No tenía caso ni pensar que él iba a tener a alguien que se preocupara por su vida, porque no sabía ni en dónde estaba su familia, mucho menos qué estarán haciendo para encontrarlo. Aún lo recordaba, el viaje de Seiza hasta Evig Jord fue de seis días enteros. Los soldados desplazaban a las familias de los presos para poder seguir la ruta, sin parecer inmutarse por el sufrimiento que expresaban en sus lamentos y gritos. Muchos de ellos, los que aparentaban ser más jóvenes, ni siquiera pudieron pasar a la plaza, que era custodiada por una cantidad mayor de soldados. Reki logró observar a los emperadores en sus respectivos tronos, sintiendo la creciente envidia sólo al admirar la bella silueta de Kaoru ser adornada por un maravilloso kimono de un tono bermellón. Al ser empujado para subir a la tarima, sé sintió aún más expuesto, como si fuera un muñeco de aparador que cualquiera podía observar y juzgar a su gusto. Intentó buscar a Mafuyu en alguna extensión, pero en la posición horizontal en la que se acomodaron era imposible. No tuvo de otra que mirar al chico a su lado, que se había acomodado viendo hacia el frente, como si estuviera buscando a alguien entre toda la multitud de la ciudad. Lo imitó, sin tener una meta establecida, sólo consiguiendo chocar miradas con el muchacho sentado a lado del emperador Ainosuke. Sus ojos de un tono azul real expresaban confusión, parecía ignorar el significado de tener tantos presos enfrente, y tal vez era extranjero al portar en su vestimenta variaciones explícitas, a comparación del emperador Ainosuke. Él, junto a dos otros chicos sentados junto a él, eran los únicos que su vestido no estaba regido por el escarlata puro. Era el número cincuenta, estando justo en el medio de toda la fila. El color de su cabello sólo lo hacía resaltar más, sólo poniéndolo más nervioso. Sin duda caminaron bastante, ya que el templo estaba saliendo del castillo donde los reyes vivían, o sea que era remoto a comparación de la ubicación de la plaza. Ellos caminaron todo el tiempo, pero el carruaje en el que Golzine se transportó a penas los alcanzó. De ahí salió el anciano, encaminándose directo hasta la tarima, ubicándose en frente de la tribuna; el emperador Ainosuke, sin mostrar real interés en seguirlo, tuvo que hacerlo. —Cada año le damos pie a que el pueblo presencie cómo es que la justicia actúa —Dino empezó su discurso—. Los más crueles humanos que osaron derramar sangre de inocentes en la sagrada tierra eterna pagarán por sus atrocidades, a manos del verdugo que ha dedicado su vida a condenar a estas bestias. Las Fiestas fungen como la pena capital hecha para que los ciudadanos de Evig Jord admiren y aprendan de estos criminales. Me adjudico el privilegio de agradecerle al Serenísimo Príncipe Langa Hasegawa, heredero de nuestro reino hermano Mørkt Sted, acompañado por el Duque Uenoyama Ritsuka, y el conde Aslan Callenreese. Es turno de nuestro emperador, el Gran Ainosuke, de elegir un número desde el uno al cien, para iniciar con las ejecuciones. Era evidente que Ainosuke repudiaba al general, haciendo obvio el cómo puso los ojos en blanco al escuchar el discurso. Dino volteó hasta los presos, dándose cuenta que había quienes comenzaron a llorar. Ainosuke tragó saliva, Langa pensaba que era una vil metáfora para otro tipo de espectáculo, y Kaoru abrió su abanico para cubrir su vista, sintiendo la mano del peliverde en su hombro. —Número 23.
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