El primer día de clases se sintió como si fuera mi entrada a una prisión de máxima seguridad después de ser condenada a muchos años por algún delito grave. Todo era nuevo y extraño, grande y lleno de aulas numeradas a las que todos sabían a cuál entrar, parecía un juego de razonamiento, y yo no entendía las reglas, nadie se había tomado el tiempo de explicarlas. Mis padres nunca mencionaron el aula al que debía ir. Apenas comenzaba el día y ya todo iba mal. Tampoco era idiota, sabía que debía buscar a la persona que pareciera más amable y preguntarle por la ubicación de mi salón, el problema era que mi ansiedad hacía que todos lucieran rudos y enojados a mi alrededor, quería pedir ayuda sin parecer una tonta. Aquellas voces dentro de mí que me recordaban lo patética que soy no me facilit

