La noche ha transcurrido en un sobrecogedor silencio, el cansancio doblega mi cuerpo pero me rehúso a dormir, huyo de mis propios sueños, esos que me muestran el cuerpo de mi padre siendo consumido por las llamas, llevando consigo la paz que su presencia me brindaba, sus ojos tristes me persiguen como una maldición que me roba la habilidad para reposar aunque mi cuerpo al rayar el alba hizo cuanto quiso dejándose seducir por las mágicas melodías de Morfeo.
Percibo un ligero y agradable olor a especias al parpadear ligeramente consigo abrir los ojos encontrando los ojos almendras de Merlot observándome con curiosidad.
—¡Apártate! —Grito alarmada al tenerle tan cerca de mí.
—No se altere por favor, no tengo malas intenciones—Se apresura a decir apartándose unos pasos de mí con las manos en el aire en señal de buena voluntad, junto las cejas cubriéndome el pecho con las mantas, no confío en nadie de esté palacio, todos sirven a ese monstruo y está demás decir que el siervo es un reflejo de su Señor.
—¿Dónde está la criada? —Interrogo al ver que se ha quedado congelado en su lugar solo mirándome y eso me hace sentir aún más insegura, sumando su cabello n***o, rizado que apunta en todas direcciones ojos almendras tan grandes como los de un búho llenos de ojeras junto con su sonrisa temblorosa que resulta perturbadora, sus ropas desaliñada dejando las puntas de su camisa sobresalir de su pantalón arrugado, realmente es un sujeto de actitud cuestionable que despierta mi desconfianza.
—Estoy aquí Princesa, el médico me pidió ir por algo de agua—Responde Opal atravesando la puerta, siento algo de alivio al verla pero mantengo mi rostro inexpresivo.
—¿Cómo permites que este hombre irrumpa en mis aposentos? —Cuestiono juntando las cejas al verlos uno junto al otro, ambos intercambian una mirada incomoda al percibir mi enfado.
—Me disculpo Princesa, debí saber que aun dormía—Opal inclina la cabeza arrepentida por su descuido pero el enfado en mi interior no hace más que crecer al recordar a mi antigua criada quien no habría permitido está intromisión.
—Te haces llamar doncella pero no sabes cuidar la intimidad de mis aposentos, que deshora—Afirmo enojada mirando su figura temblar ante mis palabras, Opal se apresura a dejar la fuente de agua en la mesita junto a la cama permanece de pie en el lugar donde antes se encontraba el medico que ha salido del trance tomando una pequeña silla se acerca a mí con cautela preparando los utensilios que ocupan mis heridas toma asiento justo a un lado de la cama.
—Princesa permítame, extienda sus brazos le quitaré las vendas—Me informa Merlot, obedezco sin poner resistencia recordando que Opal le informará de mi comportamiento a Aurelio, no deseo tener que sufrir las consecuencias si no dejo que Merlot me cure—Ahora curare sus piernas.
—¿Es necesario?—Cuestiono avergonzada, no deseo que toque la piel de mis piernas.
—Sí, pero descuide seré precavido no deseo incomodarla—Aclara tranquilizándome un poco, Opal le ayuda a retirar las sabanas mientras yo desvío la mirada siento como la vergüenza tiñe de rojo mis mejillas, sus manos son gentiles el dolor cuando me cura no es intenso de vez en cuando siento leves pinchazos, vuelvo a respirar cuando las sabanas vuelven a cubrir mi piel—Procure mantener las heridas lejos del sol, una Reina no debe tener cicatrices.
—¿Qué ha dicho? —Pregunto desconcertada al escuchar como me ha llamado, no es posible, yo jamás lo aceptaría.
—Me retiro, Señora Opal esté atenta a la Princesa—Responde apresuradamente esquivando mi mirada, toma sus utensilios velozmente atravesando la puerta con tal velocidad que me ha sido imposible seguirle interrogando.
—Responderás tú por él—Declaro con sonar mirando a Opal, la cual tiembla ligeramente ante mi mirada inquisitiva, necesito saber si esto es realmente cierto.
—Princesa… No...—Tartamudea con nerviosismo mirando en todas direcciones esquivando mi mirada cuando la puerta se abre de golpe sobresaltándome.
—Retírate—Ordena con voz autoritaria, como es de esperar Opal hace una reverencia abandonando la habitación, dejándome una vez más a solas con el demonio de Aurelio que me mira a los ojos con tal intensidad que mis piernas comienzan a temblar y un hormigueo se apodera de mi estómago, detesto sentirme como un conejito ante él.
—¿Qué quieres de mí? —Pregunto consumida por el huracán de emociones que me provoca tenerle tan cerca sabiendo el poder que tiene sobre mí, pero no puedo callar, no permitiré que me até a él, una vida a su lado sería peor que una eternidad en el abismo.
—Tú serás mi Reina y me darás un heredero digno de mi linaje—Declara lleno de prepotencia, sus palabras me toman por sorpresa, la realidad me golpea al saber que su deseo no es acabar con mi vida de una forma atroz al contrario ha decidido alargar mi sufrimiento atándome a su lado en una unión que aborrezco.
—Eso jamás sucederá, me niego rotundamente—Niego empuñando las manos entorno a las sabanas juntando las cejas entrecierro los ojos entorno a su figura, me cuesta sostenerle la mirada la intensidad de sus ojos es perturbadora, su figura robusta me intimida.
—Será más fácil para ti si no pones resistencia, porque no te dejaré ir—Me advierte manteniendo su postura rígida pero veo su mandíbula tensarse, está conteniéndose, es un monstruo, que solo desea atarme a él, esté es un castigo infame que no merezco y no pienso aceptar.
—No uniré mi sangre con la tuya, prefiero morir antes de sufrir está deshonra—Declaro llena de fortaleza manteniéndole la mirada, sus ojos cobran vida tomando ese brillo aterrador que me hace estremecer, sé que no debería pero no dejaré de enfrentarlo hasta que termine con esto.
—¿Eso piensas? —Cuestiona inclinándose sobre mi tomando mi mentón con su dedo pulgar obligándome a levantar la mirada, su tanto es repugnante, sus ojos me hipnotizan sumergiéndome en un trance —Haré que pagues por tú insolencia, Wisteria.
Mi nombre saliendo de sus labios me hace temblar…