Ese singular cosquilleo me acompaño el resto del día, espantando mis sueños, solo podía pensar en sus ojos, esos que me atrapan en un abismo inexplorado que promete tragarme entera, pero no supera esa terrible sensación que me provoca, su voz, tan profunda como el mar que al decir mi nombre hace temblar todo mi cuerpo, solo dio vueltas en la cama una y otra vez maldiciendo su nombre, cuando el sol salió solo un pensamiento rondaba mi mente, huir o morir, mi destino estaba escrito, y si no quería ser obligada a un matrimonio que me llevaría a la perdición solo podía huir de ese destino, toda fortaleza tiene una debilidad yo debía encontrar esa debilidad antes de que ese demonio logrará quebrarme.
—Buenos días Princesa, el medico está afuera —Me anuncia Opal retirando con sumo cuidado la sabanas de mi rostro, sonríe al verme despierta pero yo no soy capaz de corresponderle, siento como si mi corazón fuese un bloque de hielo.
—Tráeme el camisón—Respondo, su expresión no decae pese a no ser correspondida, espero hasta que me ayuda a ponerme el camisón de seda sobre mi vestido de dormir, así me permito recibir a Merlot, sus ojos siguen siendo tan veloces para esquivar mi figura que me atrevo a pensar que le teme a alguien, es como si hubiera dejando su marca sobre mí y por ello nadie podrá mirarme, menos tocarme que infeliz.
—Buenos días Princesa, si me permite he venido a encargarme de sus heridas—Me informa a los pies de la cama mirando a sus zapatos, lo dice como si en verdad tuviera elección.
—Adelante, no tengo elección—Contesto de mala gana extendiendo los brazos sobre las sabanas, Merlot asiente con nerviosismo aproximándose saca sus utensilios de un gran maletín dejándolos sobre la cama, aparto la mirada mientras lo hace, no me agrada la sangre, hace lo mismo del día anterior con ayuda de Opal mientras yo me mantengo al margen tanto como puedo esperando que termine pronto para así poder hacer eso que he estado esperando—Hemos terminado por hoy, sus heridas han mejorado mucho no tardarán en sanar.
—Quiero salir, llévenme a fuera a tomar aire fresco—Ordeno una vez que Merlot ha tomado sus utensilios esperando poder despedirse, la mirada que ambos me dedican está llena de nerviosismo no espero realmente su respuesta, me levanto de la cama confirmando que mis heridas están sanando.
—Espere por favor, El Rey…—Comienza a decir Opal al verme salir de la cama arreglo los botones de mi camisón ignorándola, no le permito retenerme, la esquivo llegando hasta la puerta que golpeo con tal fuerza que los guardias abren la puerta ante mi insistencia o eso creo.
—No… —Niego, retrocediendo al ver su rostro arrugado por la confusión, Aurelio me observa con el ceño fruncido exhalando con fuerza el aire de sus pulmones, estoy en problemas.
—¿A dónde crees que vas? Wisteria—Su pregunta no causa tantos estragos en mi ser como escuchar mi nombre salir de sus labios, es como una maldición que me hace temblar al oírlo, retrocedo resignada seguida por él tomo asiento en la silla junto a mi cama—Retírense.
—No soporto esté encierro, quiero salir—Me quejo evitando sus ojos, espero su respuesta en silencio, contengo la respiración cuando se inclina ante mi tomando mi mentón entre sus dedos me guía hasta verle a los ojos y esa maldita chispa me recorre entera.
—Mírame siempre que desees algo—Ordena clavando sus ojos en los míos, el hormigueo en mi estómago cobra fuerza pero no debo mostrar cuanto me afecta su presencia, vengo de un noble linaje no me doblegaré ante nadie—Le diré a Opal que te lleve al jardín por la tarde.
—No cambia lo que siento—Afirmo cuando ha roto el contacto dándome la espalda, se gira atrapándome nuevamente en el abismo de su mirada encendida en ira al ver que no ha conseguido suavizar mi corazón.
—Sé agradecida y no juegues con mi paciencia—Responde de vuelta mostrando su habitual expresión atemorizante, contengo mis lágrimas al sentirme acorralada, esto es injusto, no lo permitiré, mi padre maldeciría su nombre si pudiera.
Guardo silencio sobresaltándome cuando la puerta es azotada con su partida, cada encuentro es peor que el anterior, siento que me estoy ahogando, no sé cuánto tiempo pueda soportarlo, solo quiero despertar de esté tétrico sueño en la biblioteca de mi palacio, pero eso no es posible y Aurelio tiene la culpa.
—Princesa permítame prepararla para ir al jardín—Quizás es la suavidad de su voz senil que sirve como un detonante, al escuchar la voz de Opal comienzo a llorar, ella viene a mi rescate tendiéndome un pañuelo, siento que estoy condenada —No esté triste, cobre animo se lo aseguro no quiso lastimarla.
—Mientes—La acuso secando mis lágrimas con su pañuelo, es su Señor es evidente que estará de su parte.
—No debe creerme solo deje que el tiempo haga lo suyo—Me aconseja caminando hacia el armario toma un vestido verde esmeralda muy parecido al color de mis ojos, es precioso, con bordados en oro su caída libre lo hace ideal para un paseo casual, Opal me ayuda a ponérmelo y me sorprendo al ver que me horma a la perfección—Él lo encargo para usted apenas llego.
Guardo silencio, no me alegra saber que se ha tomado tal molestia, es igual con sus regulares visitas, no puedo negarme a ninguna de ellas y por eso es que me siento cada vez más agobiada ante su enorme imposición, salimos de la habitación con los guardias detrás de nosotras dejándome saber que no tendré una oportunidad de escapar, siempre está un paso por delante, recorremos los pasillos de piedra con una mínima decoración que los hace lucir simples, solo la alfombra vino tinto destaca de las paredes grises, echo de menos las orquídeas de mi padre que colgaban sobre los muros de nuestro palacio mostrando su belleza deslumbrando con sus bellos colores, suspiro sabiendo que no habrán sobrevivido a las llamas, al igual que yo no sobreviviré en este mundo sin ellos…