He tenido una pesadilla, abandonaba a mi padre , mi castillo en llamas era capturada por bandidos que terminaron con la vida de mi querida doncella y cuando he conseguido escapar miro a los ojos de la muerte, mi salvador es ese hombre desalmado de Aurelio Raverscroft el conquistador, ese hombre que toma todo lo que su maldita codicia desea, un demonio reencarnado, con La eletvian espada que fue forjada por el fuego del averno arrasa con sus enemigos sin dejar rastro de que algún día existieron, sus edictos son sentencias del infiernos que desatan calamidades en la tierra que ha sido maldecida con su existencia, dicen que sus ojos predicen la muerte de quien tiene la desdicha de ser visto por ellos, en su corazón no existe la compasión solo una sed insaciable de poder, ese poder que solo se consigue sometiendo a otros…
—Padre…—Murmuro al abrir mis ojos, parpadeo un par de veces acostumbrándome a la luz que entra por la ventana, junto las cejas al ver que el color de mis aposentos es tan opaco, espera, ¿Dónde están mis libros? Y ¿Y mi tocador? Estos no son mis aposentos ¿Dónde estoy?
—Al fin despierta Señorita—Me dice una mujer de edad avanzada, sus ojos avellana opacos por el pasar de los años reflejan alivio al verme despierta y su sonrisa diminuta llena de más arrugas su rostro cansado.
—¿Dónde estoy? ¿Quién eres mujer? ¿Qué quieres de mí? —Interrogo retrocediendo hasta chocar con el respaldo de la cama, recibo una descarga de dolor que me recorre el cuerpo, suelto un grito retorciéndome del dolor que atraviesa mi cuerpo encorvándome pegado el pecho de mis muslos, no ha sido un sueño y mi cuerpo adolorido lo demuestra.
—No es esfuerce, aún necesita recuperarse—Me aconseja llegando junto a mi intenta poner sus manos sobre mí pero se lo impido palmeando el dorso sus manos con brusquedad.
—No te atrevas a tocarme—Respondo con furia fulminándola con la mirada, no siento nada al verla encogerse en su lugar por la vergüenza, guarda silencio por un segundo que aprovecho para recuperar la compostura—¿Dónde estamos?
—En Altemis, Capital de Carvelez Princesa—Responde en un tono bajo con los ojos en sus propios pies, su respuesta me obliga a bajar la cabeza cuando mi ser es estremecido, la realidad me aturde enfrentándome a lo que mi cerebro se negaba a recordar, las imágenes una tras otra vienen a mi mente haciendo que mis oídos zumben como si un enjambre de abejas me atacaran, siento nauseas al recordar sus labios sobre los míos, ese monstruo es el responsable de todo—Princesa no lo haga debe descansar.
—No te interpongas—Ordeno saliendo de la cama, no me quedaría un segundo más en esté lugar, prefiero morir, cruzo la habitación hasta la enorme puerta doble llena de detalles en oro, la empujo con todas mis fuerzas sorprendida al ver que cede atravieso la puerta con la mujer gritando a mi espalda no me molesto en detenerme cuando me estampo contra una pared, que resulta ser el pecho de un gigante quedando tendida en el piso.
—Sabía que era un error dejarte sin vigilancia—Concede negando con la cabeza mirándome a los ojos con una intensidad que me deja perpleja, no soy capaz de pensar cuando me juzga con sus ojos negros como el abismo—Opal te dije que debías asegurar la puerta ¿Dónde están los guardias?
—Ella es una Princesa es descortés tratarla como prisionera—Se escusa la mujer con su arrugada sonrisa haciendo una reverencia aprovecha y se inclina a mi lado intenta ayudarme a ponerme de pie pero no le permito que me toque.
—No soy tu prisionera—Exclamo levantándome del suelo haciéndole frente, levanto el mentón demostrando mi estatus real.
—¿A no? Me debes la vida, yo te salvé de esos bandidos y te rescaté cuando te ahogabas en esa fosa—Me recrimina dando un paso hacia mí que me obliga a retroceder intimidada al ver su gran altura, parezco una libre frente a un dragón.
—Prefiero morir, mil veces antes de ser salvada por un monstruo como tú—Aseguro en un grito feroz golpeando mi pecho con mi puño derecho, ese es el símbolo de lealtad a mi reino, Belirion, es muestra de nuestra valentía inquebrantable.
—Ya no importa lo que desee a partir de hoy tú vida me pertenece, solo yo decidiré el día de tú muerte—Exclama tomando mi mano con brusquedad presionando hasta que un quejido de dolor sale de mis labios, me resisto pero es como luchar contra una montaña su fuerza es descomunal.
—Suéltame, me haces daño—Me quejo, al ver que no parece dispuesto a soltar mi mano, la romperá, le he hecho enfadar, y está es su forma de hacerme ver mi error.
—Escucha bien, yo y solo yo tengo derecho a dar órdenes en mis dominios—Aclara acercando su rostro al mío, desvío la mirada de su repulsivo rostro, asqueada al percibir su aliento sobre mi cuello, guardo silencio, sin que me lo espere me arrastra a la habitación tirándome sobre la cama, me incorporo de inmediato sin perder detalles de su figura con el corazón en un hilo.
—¡No te acerques más!—Grito llevándome las manos al pecho cubriéndome, de su mirada devoradora.
—No tienes la fuerza para impedirme hacerlo—Asegura con la voz grave, tiene razón, miro la puerta que ha vuelto a cerrarse, estamos solos, esa mujer se ha marchado, tiemblo en mi lugar al pensar en que sus manos descubran mi piel, no lo pienso, salgo de la cama con la intención de correr hacia la puerta siendo interceptada por Aurelio en el intento tumbándome sobre la cama cae sobre mí, toma mis manos juntándolas sobre mi cabeza.
—¡Salvaje, suéltame!—Grito al ver su rostro tan próximo al mío, su mirada es tenebrosa, no me escucha solo observa mi pecho que sube y baja agitado—No lo hagas… Por favor —Ruego desviando la cabeza temblando al sentir sus labios rosar mi cuello, quiero vomitar, las lágrimas llenan mis ojos mojando las sabanas al rodar por mis mejillas.
—Recuerda esto cada vez que pienses en desafiarme, me perteneces, solo yo decido tú destino—Asegura apartándose de mí, sale de la habitación, no tengo fuerzas para levantarme me quedo en la misma posición dejando salir mis lágrimas, estoy a merced de un monstruo…