Han pasado dos días desde nuestro segundo encuentro, es como si hubiera entrado en un trance, no tengo fuerzas para salir de la cama las lagrimas fluyen como ríos de mis ojos ya no llevo el camisón de ese día, cambie la ropa que ese monstruo toco a un camisón que no guardara su olor, sentir su aroma sobre mí me hace sentir inmunda, no lo soporto, aun así todo parece estar impregnado con ese olor del infierno y sin importar cuanto Opal insista no he probado nada de lo que ha puesto en mi mesa, mientras viva le pertenezco así que no deseo hacerlo.
—Buenos días Princesa, despierte, hace un día precioso—Pronuncia Opal entusiasta entrando a mis aposentos dejando la bandeja de frutas sobre la mesa a un costado de la cama, la habitación se mantiene a oscuras por las gruesas cortinas vino tinto que cubren las ventanas.
—No te atrevas—La detengo al ver que tiene la intención de correr las cortinas, Opal suspira dejando caer las manos a sus costados, derrotada—Puedes llevarte eso, no voy a comerlo.
—Princesa no ha comido nada en dos días, ¿Qué haré cuando el Rey me pregunte por su condición?—Se queja deteniéndose a un costado de la cama, retiro las sabanas que cubren mi rostro mirándola a los ojos, solo hoy he decido mostrar mi rostro ante ella, baja la cabeza avergonzada al ver mis ojos rojizos por las lágrimas y mi rostro pálido, ya tiene algo que decir ante su Rey infame.
—Dile que las ciudades fueron quemadas, las aldeas saqueadas, las mujeres ultrajas frente a sus niños en llamas, mi alma ardió con ellos, mi espíritu cayo hecho cenizas, mi cuerpo sigue aquí pero eso no será por mucho tiempo—Exclamo cubriendo mi cuerpo con las sabanas, abrazos mis rodillas ocultando mi rostro solo para poder revivir las imágenes de ese día, están tan grabadas en mi conciencia que no sé si las sueño o son visiones del pasado que me hacen revivir el horror que no me deja dormir.
—Sí desea algo solo toque la campana y vendré a su llamado—Me explica por décima vez.
—Solo deseo parecer, y no me ayudarás con eso—Respondo de mala gana dándole la espalda cubriéndome por completo con las sabanas, Opal suspira, le escucho recoger la bandeja luego se oye el estruendo de la puerta al cerrarse, estoy sola nuevamente.
Este basto silencio me hace perderme en la profundidad de mis pensamientos, estoy encerrada con el monstruo que destruyó el emblema de mi casa y a mi familia, el despiadado que asesinó a mi hermano y quemó el palacio de mi padre, encerrándome en está habitación como una princesa maldita, ¿Alguien podrá salvarme? O ¿Mis huesos se pudrirán en el olvido? Pensarlo me llena de tristeza, si hubiera sabido que era en vano escapar no me habría apartado del regazo de mi padre, hubiera fallecido a su sombra y no a la merced de este demonio.
Me quedo inmóvil esperando que mi cuerpo caiga en ese letargo que me ha invadido estos últimos días, es difícil de describir, mis ojos se cierran pero estoy atentan a mi entorno puedo escuchar cada cosa pero no soy capaz de moverme, así la noche cae sobre mí, sobre mi cuerpo inerte, respiro profundamente, siento la necesidad de incorporarme en la cama, al hacerlo mi corazón deja de latir al verlo ahí a los pies de mi cama cual espectro.
—¿Qu-Qué haces aquí?—Cuestiono con dificultad al salir de mi asombro que me dejó observándolo fijamente su presencia me corta la respiración, es como si su aura intensa me atravesara cada vez que sus ojos me miran.
—Puedo ir a donde lo desee, no necesito tú permiso—Responde con ese tono profundo y siniestro que hace que hace mi piel se erice, sigo sus movimientos cuando se levanta de la cama, siento que en cualquier momento saltará sobre mí, me siento tan indefensa ante él.
—Eso lo sé—Concuerdo, al saber que esos guardias que ha puesto en la entrada no son para cuidarme, solo cuidan que su propiedad no consiga salir de sus dominios, pero no harán nada si él se decide a atacarme como lo hizo la última vez.
—¿Hasta cuándo piensas oponerte a mí?—Pregunta caminando hasta la ventana mirando atreves del cristal un punto a lo lejos, siento que juega conmigo, ¿Cómo podría oponerme ante él? Encerrada aquí solo soy un soplo en el silencio.
—Me opongo a mi propia vida, yo no nací para ser un tesoro de guerra que se deja encerrado por placer—Respondo recelosa al ver que guarda silencio, el misterio de sus pensamientos provoca que mis manos tiemble ante la expectativa de su respuesta, sé que enfadarlo solo me traerá desdicha pero mi boca no obedece a la razón solo exige libertad.
—¡No saldrás de aquí hasta que entiendas cual es tú lugar! —Refuta tomándome por sorpresa cuando su voz resuena en toda la habitación, quiero salir de aquí, no lo soporto, sin pensarlo salgo de la cama corriendo hacia la ventana contraria a la que él se encuentra, tomo el candelabro de la mesita que sostiene las velas y lo estrello contra el cristal, rompiendo los vidrios que me cortan al salir volando, caigo rendida en el suelo al ver que la ventana sigue en pie porque está hecha de hierro que cae en grandes líneas cortando el paso hacia el exterior, es imposible salir—¡¿Pero que ha hecho?!
—Yo-Yo nunca me inclinaré ante ti—Declaro llena de firmeza cuando se inclina delante de mí, me resigno por haber fracasado a la ira de esté ser inhumano…
—¡Guardias! ¡Guardias!—Su voz se aleja cuando mi cuerpo descansa sobre sus brazos, siento que mis ojos ordenan cerrarse y deseo que está vez no puedan volver a ver su rostro, ni el abismo de su mirada.