Al caer la noche mi atención está puesta en el pañuelo que amablemente me ofreció Frederick, debía de volver al jardín, espero que los dioses me sonrían es la única forma que tengo de volver a verlo, abrazo la esperanza de ver a mi padre aún con vida en algún lugar, es la única razón para que me oculten de la nobleza.
—La cena está servida—Me anuncia Opal de pie a un costado de la silla donde me encuentro, me levanto al percibir el dulce aroma de la comida recién hecha, esto ha hecho que me vuelva el apetito, me pongo de pie para tomar asiento en el comedor que han dispuesto para mí en la habitación, detesto comer recluida pero no se me permite algo más.
—¿Podría volver al jardín mañana?—Cuestiono tomando el primer bocado de mi cena, Opal trata de ocultar su incomodidad ante mi pregunta pero lo noto por la forma en la que tuerce los labios, un sentimiento de vacío se instala en mi estómago, algo pasa puedo sentirlo.
—Si el Rey lo autoriza, iré con usted a recorrer el jardín—Concede luego de un tiempo en silencio, al terminar retira el plato de la mesa, colocando los utensilios en una bandeja, al salir de la habitación para entregarlo a los guardias, luego de varios minutos vuelve a la habitación, su rostro arrugado se muestra pálido y el temor oscurece sus ojos.
—¿Opal ocurre algo? —Pregunto contagiada por su expresión temerosa.
—Los.. guardias no están, se han ido y los sirvientes… no he visto a nadie, han abandonado el castillo—Pronuncia en un especie de trance su voz se escucha ajena y su cuerpo se tambalea, esto es malo, cuando los sirvientes abandonan así a su señor solo significa algo, Traición, han conspirado contra el Rey y van por su cabeza.
—¿Estás segura?—Pregunto sintiendo como mis piernas se debilitan, esto es grave, si él muere ¿Qué será de mí? Seguro seré enviada al calabozo, jamás volveré a ver la luz del día, él no puede morir no antes de que yo sea liberada.
—He recorrido toda el ala norte, no hay un solo guardia o sirviente—Responde con la voz temblorosa, se cubre la cara con las manos y sus hombros comienza a temblar con cada sollozo, sabe que su vida corre peligro y ese peso la ha sobrepasado, respiro profundo y me pongo de pie justo frente a ella.
—Basta, No es momento para llorar, debemos hacer algo—Exclamo descubriendo su rostro, ella me mira con el pánico plasmado en sus ojos, desde luego desearía tirarme sobre la cama y llorar por mi desgracia pero si lo hago se repetirá la historia y no pienso permitirlo—Debemos encontrarlo y ponerlo a salvo, llévame a sus aposentos.
—Es demasiado arriesgado, la guardia real se hará cargo—Niega sacudiendo la cabeza, suelto sus manos con brusquedad haciéndola a un lado, lo encontraría yo misma, está vez no me quedaré a observar, no dejaré que las llamas me consuman.
—Esos traidores no hicieron nada por mi padre—Reniego en voz alta, golpeando la puerta, está cede con un rechinar siniestro, cautelosamente doy algunos pasos aventurándome en el pasillo que como ha dicho Opal está vacío, siento un escalofrío recorrer mi espalda, esto es un mal presentimiento pero no puedo echarme atrás.
—¡Iré con usted!—Grita Opal llegando hasta donde estoy, realmente me preocupa a su edad no será de mucha ayuda pero necesito un guía, esté palacio parece un laberinto.
—¿Estás segura? Será peligroso—Cuestiono, solo basta con que me diga a donde ir y yo haré el resto.
—He cuidado del Rey Aurelio desde que era un bebé, lo vi crecer, lo quiero como si fuera mi hijo daría mi vida por la suya—Responde con determinación tomando la delante la sigo, sorprendida al ver el cariño que reflejan sus ojos, tenemos motivos diferentes pero nuestro objetivo es el mismo, Salvar a ese demonio.
Recorremos los pasillos que separan el ala norte de la sur, confirmando nuestra sospechas, todos los guardias y sirvientes han desaparecido, solo nuestros pasos se escuchan en el sobrecogedor silencio, al acercarnos a sus aposentos tomo una de las antorchas que ilumina el pasillo como arma, mi cuerpo tiembla al ver los cuerpos en el suelo llenos de sangre sus pechos atravesados por espadas, conteniendo las ganas de vomitar tomo a Opal de la mano al escuchar un grito venir desde dentro, cuando entramos hay cuerpos por todos lados mientras Aurelio lucha contra un hombre vestido con túnicas negras, lo han herido en el hombro y le cuesta manejar la espada, mi cuerpo se mueve por si solo suelto la mano de Opal y corro hacia ellos incrustando la antorcha en la espalda del hombre que suelta un grito ensordecedor, al caer al suelo Aurelio termina con el atravesándolo con su espada, ha muerto.
—¿Cómo es que están aquí? —Cuestiona Aurelio haciendo que mi mirada deje de ver al hombre a nuestros pies, cuando lo veo no son sus ojos los que llaman mi atención es su aspecto maltrecho y herido lo que me deja anonadada, sin pensarlo acaricio su pecho.
—Hemos venido a ayudar—Respondo sin apartar mi mano de su pecho por un momento nuestras miradas se cruzan y siento que mi pecho se oprime de forma que no sé como explicar.
—No necesito su ayuda, Opal llévala de vuelta sus aposentos—Ordena rompiendo el contacto, me da la espalda y eso solo hace que mi enfado crezca al ver su enorme indiferencia.
—No me iré, esto no ha terminado—Me niego a retroceder, la noche apenas comienza y esos traidores podrían estar esperando en las sombras.
—¿No me has oído? Regresa a tus aposentos Wisteria—Ordena volviéndose hacia mí, en ese momento, un hombre atraviesa la puerta golpeando a Aurelio por la espalda con un garrote, Aurelio cae al suelo yo tomo la antorcha del cuerpo de ese hombre y golpeo al sujeto en el rostro dándole oportunidad a Aurelio de acabar con el atravesando su pecho—Vete, ¿O quieres morir a mi lado?
—No te dejaré morir, morirás solo el día que mi odio te consuma, yo seré quien acabe contigo, solo yo decido tú destino Aurelio Raverscroft, ahora me debes la vida—