—El nombre de una extranjera, eso solo manchara nuestra historia—Refuta clavando su mirada envenenada sobre mí, me esfuerzo en mantener mi mirada firme ante la suya, puedo sentir mis dedos congelarse ante su temperamento frío pero feroz.
—No busco tú aprobación, Hank, trae a Opal y cuiden de mi prometida esa es tú nueva orden—Ordena Aurelio interrumpiendo nuestra pequeña guerra de miradas, Hank lo mira anonadado al igual que yo, no es posible, después de lo que ha dicho el será mi cuidador es como una sentencia de muerte.
—¿Qué ha dicho? —Cuestiono profundamente confundida.
—Con todo respecto su majestad mi deber es cuidar del Reino y de su Persona, no soy un chambelán—Reniega mostrando su indignación mirando está vez a Aurelio ante su reclamo junta las cejas arrugando los labios manteniendo la mandíbula tensa.
—La seguridad de la Princesa es tú responsabilidad, si algo le ocurre tú cabeza rodará, ¿Dónde está Opal?—Continua con su designio ignorando por completo nuestro descontento, pero algo cambia en el semblante de Hank este se descompone en una mueca aterrada a la mención de la niñera del Rey.
—¿Por qué Opal no está contigo?—Cuestiono al sentir como mi estómago empieza a temblar de los nervios, temo que ella no esté bien.
—Ella está en los calabozos— Confiesa al fin con pesar bajando la cabeza, siento como si el aire se escapará de mi pecho al pensar que ella ha sido llevada a ese horrible lugar.
—¡¿Cómo has podido ponerla allí?! —Grita Aurelio golpeando su escritorio hace además un intento de levantarse pero termina cayendo abruptamente hacia atrás provocando que la silla se tambalee lo tomo de los hombros ayudándolo a estabilizarse.
—Aún no sabemos quién fue el responsable del complot—Se excusa rápidamente pero la ira de Aurelio solo crece toma mis manos y las aparta con brusquedad.
—¿Y piensas que ha sido ella? —Cuestiona colérico apoyándose del escritorio consigue estar de pie sosteniéndose sobre sus puños, abro los ojos como platos sorprendida al ver como lo ha conseguido.
—Esperábamos que usted nos los dijera Majestad—Explica apresuradamente.
—Llévame con ella ahora mismo—Ordeno acercándome a él, Hank retrocede en una clara negativa por ello miro a Aurelio buscando su apoyo.
—Es una orden, Hank—Pronuncia logrando que él se mueva de su sitio abriendo la puerta para así poder ir por ella.
En nuestro camino la mirada de los sirvientes se siente distinta, puedo escuchar perfectamente sus murmullos llenos de curiosidad, lo han oído todo o al menos lo suficiente para saber quién soy, aun así en lo profundo de mí puedo sentir su rechazo sus ojos parecen juzgar cada uno de mis pasos, no soy bienvenida eso está claro.
—No se aparte de mí—Ordena de manera contundente sin mirarme a los ojos justo en la entrada a los calabozos, el frío de los muros se cuela por mi piel estremeciéndome por completo haciéndome que me acerque más a Hank ocultándome tras su enorme espalda, avanzamos lentamente por el oscuro y estrecho pasillo siento mi corazón encogerse con los lamentos de los prisioneros —No se acerque.
—¿Princesa? —Cuestiona acercándose a los barrotes al vernos justo en la entrada a su celda, me contengo de sollozar al verla su vestido está destrozado y su rostro pálido seguro que no le han dado alimento.
—¡Abre la celda! —Ordeno rompiendo la quietud del lugar, Hank bufa mal encarado mientras abre la celda, el rechinar de la puerta enmudece los pasos tortuosos de Opal, me duele ver su aspecto— ¿Estás herida?
—Usted me ha liberado, estoy en deuda con usted—Pronuncia arrodillándose ante mí, quiero decirle que se levante pero sé que la he rechazado antes y no mi conciencia no me dejaría tranquila si lo hago.
—Cuento contigo desde ahora, El Rey ha dicho que seas mi doncella nuevamente—Afirmo poniendo mi mano sobre su hombro Opal aprovecha la oportunidad y besa mi mano, es una costumbre que el sirvo selle así su lealtad, le ayudo a ponerse de pie al ver que aún se encuentra débil.
—Dense prisa es hora de volver —nos informa Hank con tono irritado, ambas asentimos dejando atrás la celda seguimos a Hank de cerca, no me permito desviar mirada no hace falta decir que ansió salir pronto de este lugar, al pasar la entrada al calabozo me permito respirar con tranquilidad, estaba segura que me llevarían de regreso con Aurelio pero de pronto terminamos en el ala norte donde se encuentra mis aposentos.
—Llévame de regreso con él Rey—Exijo encarando a Hank al ver que nos detenemos justo a puerta de mis aposentos.
—Me temo que eso no será posible, el Rey no necesita de distracciones—Niega abriendo la puerta invitándome a ingresar pero no estoy satisfecha aun.
—¿Por qué no me has advertido de esto? —Cuestiono enfada al ver que se ha valido de esto para dejarme fuera, ahora debo esperar a que el Rey decida llamarme, lo sabía desde el principio y solo fingió malestar, es un cínico.
—Usted es quien ha pedido venir conmigo, Princesa—Responde lleno de altanería disfrutando al ver que ha conseguido salirse con la suya, quiero seguir debatiendo no soporto ver que se salga con la suya.
—Princesa no desespere, en cambio podremos ir al jardín si así lo desea—Opal interviene al ver que nadie da su brazo a torcer, lo medito un momento, no es que quiera verle, no debo permitir que se malinterpreten mis sentimientos, de esa manera Hank se retira, en compañía de Opal nos dirigimos al jardín, aunque al principio se ha negado le he pedido a Opal que cambie sus vestidos mientras yo la espero en el kiosco que se ha vuelto mi lugar favorito del jardín Real.
—Que gusto verla Princesa—Saluda el Conde Contarini acercándose a mí con una amigable sonrisa que pronto correspondo —¿Me permite acompañarla?
—Por supuesto, no sabe cuánto extrañé la luz del sol—Confieso inspirando profundamente la brisa fresca que mece la hojas cuando el Conde se sienta junto a mi, de alguna manera me siento en paz a su lado.
—Veo que el Rey la ha perdonado—Concede manteniendo su sonrisa pero esa no llega a iluminar sus ojos siento que duda de mí.
—No hice nada que tuviera que ser perdonado—Aseguro levantando el mentón demostrando mi certeza.
—Eso lo sé, jamás he dudado de su inocencia, pero hay quienes no confían en su palabra debe demostrar que es leal al Reino si quiere algún día gobernar con autoridad—Me aconseja haciendo florecer ese temor que sentía en mi corazón, la desconfianza que he visto en sus ojos pone una carga en mi corazón.
—¿Y qué puedo hacer? —Cuestiono ansiosa por demostrar mi valía ante todos y sobre todo ante el Rey.
—No desespere yo le tengo la solución—Afirma con su simpática sonrisa sacando de su bolsillo un pequeño frasco de vidrio que contiene en su interior un líquido verde opaco, junto las cejas sin entender cuáles son sus intenciones.
—¿Y qué es esto? —Cuestiono con intriga.
—La condición del Rey no es buena, tome esto es una medicina que cura todos los males si él Rey la bebe sanará de inmediato eso le ayudará a ganar el favor del pueblo—Me insta colocando en mis manos el frasco, sabía que era cuestión de tiempo para que todos lo supieran yo lo miro algo indecisa pero recuerdo la mirada de Hank, el seguro trama algo en mi contra debo ir un paso por delante y sin pensar lo guardo en el bolsillo de mi vestido haciendo sonreír de alegría al Conde.
—Gracias es usted mi único aliado —Concedo sonriendo con alegría.
—Estoy para servirle su majestad—