Guardé en el nochero los dibujos del niño. Al bajar las escaleras Regina salía de la mano de Gustavo, fue evidente lo mucho que lloró. Al mirarnos supimos que las dos habíamos llorado. —Gracias, deberías darte una oportunidad tú también. —No dije nada solo sonreí. —Gracias, Maju. Gracias por estar ahí para Regina. —Gustavo me abrazó. —¿Se arreglaron? ¿Volverán? —Regina me mostró su mano izquierda y en ella tenía un anillo de compromiso—. ¡Felicidades! Qué alegría, ahora solo me quedaba Santos, ese joven se ha encerrado en su mundo, «¿a quién se parece?» —Voy a ir a visitar a mi mamá, ella es la que siempre ha venido acá. —Me parece muy bien. —Maju, voy a regresar a la casa con mis padres. —Voy a extrañarte. —No tenía nada más que decir, extendí mis brazos. Me alegraba por ella.

