SENTIMIENTOS.

1545 Words
Alondra. Me moví inquieta, la espalda me dolía y el cuello no estaba en mejor condición. Abrí los ojos lentamente, todo estaba en completo silencio y oscuridad. Me senté de golpe al recordar que estuve abrazada a Mariano, algo resbaló de mi cuerpo y cayó al suelo, parpadee antes de cogerlo y abrazar la prenda contra mi pecho, al darme cuenta que era el saco de Mariano, sin poder evitarlo aspire el aroma masculino impregnado en la tela, olía a él, era exquisito y… Frené mis pensamientos al sentir la humedad en mi parte intima, la vergüenza se apoderó de mí, agradecí estar sola y en completa oscuridad para ocultar los colores que estaba segura tenía en el rostro.   Me puse de pie, para ir a mi habitación no sabía la hora y no quería encender las luces para evitar que alguien se diera cuenta del lugar donde estaba. Abrí las puertas y la luz del pasillo me saludo, fue al mirar hacia atrás que lo vi, estaba dormido sobre el escritorio, su cabeza descansaba sobre sus brazos, sin poder evitarlo volví sobre mis pies cerrando la puerta, fui hacia el lugar donde antes estaba dormida, cogí el saco y caminé a paso lento hacia él. Coloqué la prenda sobre sus hombros, su rostro parecía cansado, sus cabellos estaban alborotados, como si hubiesen sido mecidos insistentemente.   Sonreí, al verlo así, fuera de su confort, ya no era el abogado implacable que me defendió, parecía más a un niño. Mordí mi labio inferior al darme cuenta de mis pensamientos, con cuidado y temor aparte los cabellos de su frente, acerqué mi rostro al suyo y me atreví a dejarle un beso sobre la frente, una muestra de mi entera gratitud.   —Buenas noches —susurré. Salí con el corazón martillando dentro de mi pecho, mis manos húmedas producto de mi nerviosismo y mis mejillas ardiendo por mis acciones. Me sentí avergonzada de nuevo ¿Qué clase de mujer era? Estaba abusando de su confianza y fe depositada en mí. Sabiendo que no tenía ningún derecho a sentir lo que estaba sintiendo por él, yo no era la mujer que él necesitaba a su lado y por muy doloroso que fuera admitir la verdad, no lo sería jamás. Él era demasiado bueno, para alguien como yo.   Volví a la habitación que me fue asignada, me detuve al ver la cama ligeramente alborotada, pues había dormido casi todo el día. Me fijé en el reloj sobre la cómoda, pasaron quince minutos de las cinco de la mañana. Había pasado mi primera noche en libertad y con la felicidad que me invadió. Arreglé la cama, deseaba darme un baño, fue entonces que me di cuenta que no tenía otra muda de ropa. Salí en busca de Marta, apelaría a su buen corazón para que me prestara algo de ropa.   —Buenos días Marta —salude apenas entre a la cocina. Ahora entendía porque las luces estaban ya encendidas. Ella estaba despierta.   —Buenos días señorita Alondra ¿Le puedo ayudar en algo? —preguntó, mientras colocaba agua en la cafetera.   —Yo… necesito pedirte un pequeño favor —dije sin atreverme a expresar lo que deseaba. Vi su uniforme y una idea se me vino rápido a la cabeza.   —Usted dirá, estoy para ayudarla en todo lo que necesite —menciono, mientras se movía por la cocina de un lado a otro.   —¿Podrías conseguirme un uniforme? —pregunte, mientras mordía el interior de mi mejilla. Ella abrió los ojos sorprendida.   —¿Un uniforme? —preguntó. Asentí antes de hablar.   —Yo, no tengo más ropa que ésta —dije con un poco de pena. A esas alturas ella posiblemente estaría haciendo conjeturas.   —No hay uniformes disponibles de momento señorita. Pero si la ropa es el problema, deme unos minutos volveré enseguida —asentí, mientras ella salía con prisa de la cocina. No tardó ni cinco minutos cuando volvió con las manos vacías, sentí decepción, pero esperé a que ella me dijera algo.   —El señor Mariano la espera en la biblioteca —no eran esas palabras las que esperaba ¿Él estaba ya despierto? ¿Se habrá dado cuenta de lo que hice? Las preguntas bombardearon mi cabeza.   —Gracias Marta —dije en un susurró. Camine de regreso a la biblioteca no había pasado ni medí ahora que deje el lugar. Me sentía nerviosa, cohibida y temerosa. Llame a la puerta con dos golpes suaves tal como Marta lo hiciera el día anterior.   ***** Mariano. Sentir su cálido aliento sobre la frente me hizo estremecer, pero preferí fingir estar dormido. no sabía cómo actuar y cómo actuaría ella al darse cuenta de que estaba despierto. Recién había llegado a casa y aunque estaba cansado, no había podido pegar el ojo viendo a Alondra dormir. Una vez que ella abandonó la biblioteca, salí a mi habitación, necesitaba un baño, para encargarme de los asuntos legales, interponer la demanda en contra de Calista por el incendio a la casa de Camila. Tenía muchos pendientes por delante y pocos deseos de abandonar la casa. Era la primera vez que me ocurría.   —Buenos días Señor Mariano —Marta saludo, venía cargado algunas prendas.   —Buenos días Marta ¿A dónde llevas todo eso? —la curiosidad me ganó y terminé preguntando a la joven.   —La señorita Alondra…   Bastaron esas tres palabras para darme cuenta de lo que sucedía. Había pasado por alto ese pequeño detalle.   —Devuelve todo a tu habitación y dile a la señorita Alondra que la espero en la biblioteca —Marta asintió. Mientras caminaba de regreso a mi santuario. No pasó mucho tiempo antes de escuchar dos suaves toques a la puerta. Sonreí porque sabía que era ella, quien llamaba.   —Pase —indique. Me acomode mejor en mi silla y trate de poner una expresión sería.   —Buenos días Mariano —saludo en un tono de voz bajo. No puede evitar evocar el recuerdo de sus labios contra mi piel. Era lo justo yo había hecho lo mismo con ella, sin embargo, se sentía tan distinto.   —Buenos días Alondra, espero que hayas dormido bien —dije en tono suave. Sus mejillas se tornaron rojas, provocando un calor intenso en mi pecho.   —Lamento haberme quedado dormida ayer, yo…   —Está bien, no te disculpes. Más bien tendrás que perdonarme por dejarte dormir en el sillón. Recibí una llamada de emergencia y tuve que salir con prisa —dije, bien pude haberla llevado a su habitación al volver, pero me pareció cruel despertarla.   —Entiendo ¿Para qué deseabas verme? —preguntó. Sus manos se entrelazaron frente a su vientre, parecía nerviosa.   —Después de desayunar, necesito que me acompañes. Tengo cosas que resolver fuera y me gustaría empezar a formarte en tu nuevo trabajo ¿Tienes alguna objeción? —pregunté. Ella negó con un movimiento de cabeza   —Ninguna. Estaré lista —dijo con una leve sonrisa. Era increíble verla, Alondra tenía un aire inocente y casi angelical, muy distinta a las mujeres que había conocido y a las que estaba acostumbrado a tratar.   —Vamos a desayunar, para iniciar nuestro primer día juntos —dije sin pensarlo. Ella se sonrojo un poco más y me vi obligado a apretar mis manos en un puño, para no acariciar su mejilla.   ****** Alondra. Sabía muy bien que las palabras pronunciadas por Mariano, no tenían ninguna otra intención más que el día de trabajo que teníamos por delante. Pero mi corazón latió fuerte dentro de mi pecho al escucharlas. Me preocupaba sobremanera estar teniendo sentimientos más profundos por él. Más cuando sabía que cada acto que él tenía hacia mí, no era movido por ningún interés sentimental.   Camine detrás de él para desayunar. Marta nos sirvió una taza de café, jugo de naranja, frutas y omelette. El aroma era exquisito hacía años que no probaba un desayuno tradicional, tanto que creía haber olvidado su sabor.   —Por favor —Mariano me invito a probar el primer bocado. No puedo evitar el gemido de placer que escapó de mis labios, cuando mi paladar sintió el sabor exquisito de la comida. Lo que para Mariano podía ser algo cotidiano para mi estaba siendo un verdadero placer, un manjar.   Comimos en silencio. No me atrevía a levantar la mirada de mi plato por temor a que él me estuviera mirando.   —¿Has terminado? —preguntó, mientras se ponía de pie. Pose mi mirada sobre él. Esos ojos negros me miraban con ¿ternura? ¡Dios, me volvería loca! Era yo quien estaba sintiendo cosas por él y quería creer que él sentía lo mismo por mí.   —¿Alondra?   —Si. He terminado, dame unos minutos y estoy contigo —dije rápidamente, salí a mi habitación para lavarme los dientes. Agradecí por lo menos tener un cepillo y pasta dental. Debía ser paciente, sería cuestión de tiempo para acomodarme a la vida en libertad.   Volví a la cocina tan rápido como pude; pero Mariano ya no estaba ahí.   —El señor la espera en el auto —Marta me indicó. Agradecí y salí de la casa, rogando por no decepcionar a Mariano y pagarle con mal su bondad. 
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD