EL TRONO DE CRISTAL

791 Words
El sol del lunes entró por la ventana del estudio con una agresividad que Elías agradeció. Se había pasado la noche revisando los libros contables del Grupo Rivera y lo que encontró fue un campo de batalla financiero: deudas cruzadas, favores políticos y una nómina inflada por nombres que nunca habían pisado la planta. Era el cadáver de un imperio familiar que solo se mantenía en pie por la inercia de su apellido. Se vistió con una calma ritual. Eligió un traje gris marengo de corte impecable que había comprado en secreto meses atrás, una prenda que simbolizaba su transición definitiva. Mientras se anudaba la corbata frente al espejo, Amelia apareció en el umbral de la puerta. Tenía los ojos hinchados y el cabello desaliñado, una imagen que contrastaba violentamente con la mujer impecable que solía exigirle que no se acercara a sus amigas con ropa de trabajo. —¿De verdad te vas a ir así? ¿Sin decirme nada más? —preguntó ella, apoyada en el marco de la puerta con una debilidad que parecía genuina. Elías se ajustó los gemelos de plata sin mirarla. —Hoy es el primer día de la nueva administración, Amelia. Tengo una junta directiva a las nueve y no pienso llegar tarde por discutir lo que ya está decidido. —Papá no va a ir —dijo ella, con un hilo de voz—. Está destrozado. Dice que prefiere morir antes que verte sentado en su oficina. —Don Ricardo es un hombre pragmático cuando le conviene —respondió Elías, girándose finalmente para encararla—. Irá porque sabe que soy el único que puede evitar que el banco confisque la casa de tu madre. Y respecto a ti, recuerda lo que hablamos: el tasador llega a las diez. Asegúrate de tener tus cosas listas. Salió de la casa sin mirar atrás. Esta vez no se subió a la vieja camioneta; un sedán n***o de alta gama lo esperaba frente a la acera. El chofer, un hombre serio contratado por su firma legal, le abrió la puerta con una reverencia profesional. Elías se sentó en el asiento trasero y dejó que el aire acondicionado y el olor a cuero nuevo borraran el rastro de la "cafetera" de sus sentidos. Al llegar a la sede del Grupo Rivera, el ambiente era eléctrico. Los empleados se amontonaban en los pasillos, murmurando en voz baja. La noticia de que la empresa había sido adquirida por un fondo de inversión desconocido se había filtrado, pero nadie esperaba ver entrar al "marido de la hija del jefe" encabezando la delegación de abogados. Elías caminó por el vestíbulo principal con paso firme. Los mismos recepcionistas que antes lo ignoraban o lo hacían esperar bajo el sol cuando traía algún paquete, ahora se ponían de pie, confundidos y asustados por su presencia. No se detuvo a saludar. Subió directamente al último piso, donde la sala de juntas lo esperaba. Al abrir las puertas dobles de madera noble, encontró a la junta directiva en pleno. Don Ricardo estaba en la cabecera, con el rostro hundido entre las manos. Roberto estaba a su lado, con una expresión de arrogancia herida que todavía no terminaba de procesar la realidad. —Llegas tarde, Elías —soltó Roberto, intentando recuperar un mando que ya no tenía—. Pero supongo que es lo normal en alguien de tu clase. Siéntate por ahí, estamos esperando al representante de Proyecto Fénix. Elías no se sentó en las sillas laterales. Caminó con paso lento hasta la cabecera, se detuvo detrás de Don Ricardo y puso su maletín sobre la mesa de mármol. El sonido del cierre metálico al abrirse cortó el aire como un disparo. —El representante ya está aquí, Roberto —dijo Elías, su voz resonando con una autoridad que hizo que varios directivos se enderezaran en sus asientos—. Y Don Ricardo está sentado en mi silla. El suegro levantó la cabeza. Sus ojos estaban inyectados en sangre. —¿Cómo pudiste hacernos esto, Elías? Te dimos una familia. Te dimos un hogar. —Me dieron un rincón en el cuarto de trastos y una lista de mandados, Don Ricardo. No confunda la caridad con el desprecio —Elías sacó un fajo de documentos y los deslizó por la mesa—. Aquí están las pruebas de la malversación de fondos que Roberto ha estado ejecutando durante los últimos dieciocho meses. Si no quieren que la fiscalía intervenga hoy mismo, todos los presentes firmarán su renuncia inmediata. Roberto se puso de pie, con el rostro encendido. —¡Eso es mentira! ¡Estás fabricando pruebas para robarnos! —Siéntate, Roberto —ordenó Elías sin levantar la voz, pero con una frialdad que heló
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