El trayecto de regreso a casa no tuvo la atmósfera de triunfo que Elías imaginó alguna vez. No había fanfarria, solo una claridad mental absoluta. Mientras el chofer maniobraba el sedán por las calles de Santo Domingo, Elías observaba a la gente en las aceras: mensajeros en motocicletas, cargadores de sacos, hombres que, como él hace una semana, eran invisibles para el resto del mundo. La diferencia era que él había usado esa invisibilidad como una capa de camuflaje para construir un cañón.
Al llegar a la residencia, vio un camión de mudanzas estacionado a unos metros. No era el del tasador; era Amelia, intentando rescatar lo que ella consideraba sus "derechos" antes de que el martillo cayera.
Elías entró a la casa y el caos lo recibió de inmediato. Había cajas abiertas en la sala y maletas de marca amontonadas junto a la puerta. Amelia estaba en el centro de la habitación, gritándole a un empleado que intentaba bajar un cuadro de la pared. Al ver entrar a Elías, ella se detuvo en seco. Su mirada pasó del traje impecable de él a la expresión de poder que ahora habitaba en su rostro.
—¿Dónde está mi padre? ¿Qué le hiciste en esa reunión? —preguntó ella, con una voz que oscilaba entre la furia y el llanto.
—Tu padre está en su casa, Amelia. Jubilado a la fuerza, pero con su libertad intacta, que es más de lo que Roberto puede decir ahora mismo —respondió Elías, dejando su maletín sobre la encimera—. ¿Y todo este despliegue? Te dije que tenías hasta el domingo.
Amelia soltó una carcajada histérica, señalando las cajas.
—¿Esperas que me quede aquí sentada viendo cómo te quedas con todo? ¡Estos muebles los eligió mi madre! ¡Este cuadro es un regalo de bodas! No te voy a dejar ni las cortinas, Elías. Si me quitas mi vida, yo te quito tu casa.
Elías caminó con calma hacia el cuadro que Amelia intentaba llevarse. Era una pieza de arte moderno, costosa y pretenciosa.
—Ese cuadro, como todo en esta sala, fue pagado con un préstamo puente del Grupo Rivera que nunca se liquidó. Técnicamente, es propiedad de la empresa, y la empresa es mía. Así que, dile a ese hombre que suelte el marco antes de que llame a la policía por robo.
Amelia palideció. Se acercó a él, invadiendo su espacio, con el aroma de su perfume caro chocando contra la frialdad de su traje.
—¿Policía? ¿Vas a meter a tu esposa a la cárcel por un cuadro? ¡Mírame, Elías! Soy la mujer que te dio una posición, la que te permitió entrar en círculos que ni soñabas. ¡Me debes todo!
Elías se inclinó ligeramente, quedando a centímetros de su rostro.
—Lo único que me diste fue un curso intensivo de cómo no debe ser un ser humano, Amelia. Tu "posición" era una burbuja de deuda y mentiras. Cada cena, cada viaje, cada bolso que compraste mientras me llamabas inútil, lo pagué yo comprando la deuda que tú y tu hermano generaban. No me debes un cuadro; me debes dos años de mi vida.
Ella levantó la mano para abofetearlo, un gesto automático nacido de años de impunidad. Pero esta vez, Elías no bajó la cabeza. Le sujetó la muñeca en el aire con una firmeza que la dejó paralizada. No hubo violencia, solo una fuerza inconmovible.
—Esa mano ya no tiene poder aquí —dijo él, soltándola con desdén—. El tasador está afuera. Va a entrar a inventariar cada objeto. Lo que sea tuyo, de verdad tuyo, te lo puedes llevar. Pero si falta una sola pieza de los activos de la empresa, te aseguro que la factura te llegará con intereses legales que no podrás cubrir ni vendiendo toda tu ropa.
Amelia se derrumbó sobre una de las cajas, cubriéndose la cara con las manos. Los hombres de la mudanza, incómodos, se retiraron al jardín. El silencio que quedó fue cortante.
—Vete de aquí, Elías —sollozó ella—. Vete con tus millones y tus empresas. Déjame sola en mi desgracia.
—Esta ya no es tu casa, Amelia. Es un activo de Proyecto Fénix —respondió él, sacando su teléfono—. Me iré cuando el tasador termine. Y para que lo sepas, he decidido no dejarte en la calle por completo. Hay un pequeño apartamento a nombre de una de mis filiales en la Zona Oriental. El alquiler está pagado por seis meses. Es pequeño, humilde... justo como el cuarto donde me hacías dormir.
Amelia levantó la vista, con los ojos inyectados de odio.
—¿La Zona Oriental? ¿Quieres que viva como una cualquiera?
—Quiero que vivas como lo que eres ahora: una mujer que debe aprender el valor del dinero que no es suyo —sentenció Elías—. Si te esfuerzas, quizás descubras que la dignidad no se compra en una boutique de Piantini.
Elías se dio la vuelta y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se detuvo y miró la sala desordenada una última vez. El escenario de su humillación estaba siendo desmontado pieza por pieza. Ya no había rastro del hombre que movía sábanas. Al salir al jardín, el sol de la tarde le dio en la cara. Elías respiró hondo. El desmontaje había terminado, y la reconstrucción de su propia vida, sin sombras ni máscaras, acababa de comenzar.