Madison llegó a la mansión de los Burke con las emociones revueltas en el pecho. Sin saludar a nadie subió al piso y al entrar, enseguida se dirigió al despacho de Edward. Pasó sin anunciarse. Lo halló sentado en un sillón concentrado en la lectura de unos documentos y con una postura tan sexi que por un momento la atontó. Solo vestía unos pantalones de jogging, su cabello estaba húmedo y tenía un pie subido a la mesa ratona. Le costó apartar su mirada de su pecho desnudo, uno que en varias oportunidades había lamido como si fuese un chupetín. Pero lo que más le impactó, fue el hecho de que estuviese utilizando anteojos. Nunca lo había visto usarlos y debía reconocer que eso lo hacía mucho más atractivo. Le daba una imagen de hombre sabio y misterioso. —¿Madison? Pensé que llegarías má

