La reunión terminó casi dos horas después, con las primeras propuestas aceptadas y la promesa de tener los renders iniciales antes del viernes. Salí de la sala con el cuaderno lleno de anotaciones, la cabeza palpitando y un cansancio dulce en los hombros. Me gustaba trabajar con esa intensidad. Me hacía sentir viva. Capaz. Caminé hasta mi oficina en silencio, esquivando saludos y llamadas. Necesitaba un momento para mí, un espacio donde pudiera respirar sin que nada me arrastrara con urgencia. Cerré la puerta detrás de mí y, por fin, me dejé caer en el sillón. Solté un suspiro largo, casi aliviado. Me permití mirar el teléfono. Nada. Ningún mensaje de Henry. Fruncí el ceño y desbloqueé la pantalla. Abrí la conversación. A las nueve en punto le había escrito: “¿Cómo fue? Estoy pensando

