No dormí. Apenas cerré los ojos, y cada vez que lo hacía, el rostro de Henry volvía a mí, junto con sus palabras. La sospecha. La certeza. El nombre que no necesitaba decir. Desperté antes de que sonara el despertador. Me duché como si eso pudiera arrancarme la incomodidad del cuerpo. El agua no bastó. Me vestí sin pensar, como se viste quien tiene una sola misión en mente: mantenerse firme. No sabía qué haría aún. Solo sabía lo que no haría: no enfrentaría a Dastan. No ahora. No sin pruebas, no desde la emoción. Él jugaba en otro terreno, uno donde cada palabra tenía consecuencias. Si quería responder, debía hacerlo desde la estrategia, no desde el impulso. Entré a la oficina más temprano que de costumbre. Saludé a los pocos que ya estaban, tomé un café demasiado amargo y me encerré en

