No pasó mucho tiempo hasta que empecé a notar ese cambio sutil. Dan ya no aparecía como una tormenta. Llegaba como brisa, con pasos más lentos, con palabras más pensadas. No pedía más de lo que yo podía dar. Y aunque parte de mí seguía alerta, otra parte se relajaba. Un poco.
No hablamos de Valentina. No hablamos de lo que rompió todo. Pero tampoco fingíamos que no había pasado. Era un silencio consciente, como un vendaje que ambos sabíamos que tarde o temprano habría que quitar.
Ireland, por supuesto, tenía una opinión.
—No me malinterpretes —dijo mientras me ayudaba a elegir un conjunto para la presentación—. Yo sé que Dan puede ser un imbécil. Pero también sé que tú no estás lista para dejar de sentir. Y si él ahora camina en vez de correr… igual te está buscando, Zara. Eso ya dice algo.
—Sí, dice que no se ha rendido —dije con una sonrisa torcida—. Pero yo aún no sé si quiero que gane.
Ella me abrazó por detrás, apoyando el mentón en mi hombro.
—Solo asegúrate de no perderte a ti en el camino. Porque tú ya valías antes de que él te mirara.
Las palabras me quedaron resonando cuando, unas horas después, estaba frente a la clase, exponiendo con una seguridad que no sabía que tenía. Dan estaba allí, al fondo. Vi cómo asentía, cómo sonreía en momentos clave. Como si estuviera orgulloso. Como si me viera de verdad.
Y entonces, en el pasillo, al salir, sucedió.
—Zara —una voz que no reconocí al principio.
Me giré. Y sentí que el mundo me tiraba de nuevo al abismo.
Valentina.
Alta, impecable, con esa forma de caminar que hacía que todo el mundo la notara. Sus ojos, oscuros, me analizaron como si ya supiera todo de mí.
—¿Tienes un momento? —preguntó, con una cortesía que no me esperaba.
Dan apareció por detrás, frenando en seco. No sabía si intervenir o desaparecer.
—Claro —dije, manteniéndole la mirada.
Ella sonrió, pero no era una sonrisa cálida.
—No vine a discutir. Solo quería aclarar que no tenía ni idea de lo que él sentía por ti.
Mi ceja se levantó sin querer.
—¿Y eso cambia algo?
—Quizá no para ti —respondió, sin vacilar—. Pero para mí, sí. Me engañó igual que a ti. Y si lo que está intentando ahora contigo es real… bueno, solo quería que lo supieras. Porque cuando uno quiere, también se merece saber la verdad.
No supe qué responder. No porque no tuviera palabras, sino porque por primera vez, no había rabia. Solo una especie de tristeza compartida.
Valentina se giró, se encontró con Dan, le dijo algo en voz baja y se fue.
Él se acercó, pero yo levanté la mano.
—No digas nada. Solo… dame tiempo.
Y lo hice. Me di tiempo. Para llorar, para escribir, para mirar fotos y entender que no todo amor viene con final feliz... pero algunos amores, tal vez, aún tengan un nuevo comienzo.
Pasaron unos días desde aquel encuentro con Valentina.
No volví a ver a Dan. O al menos, no de cerca. Lo crucé un par de veces en el campus, caminando con sus auriculares puestos, concentrado, como si la tierra temblara bajo sus pies pero él solo quisiera seguir andando. A veces, nuestras miradas se cruzaban desde lejos. Y otras, simplemente evitábamos hacerlo. Como si el silencio aún tuviera cosas que ordenar.
Pero entonces, una noche, mientras estaba en mi habitación con la ventana entreabierta y el sonido de la ciudad colándose en forma de susurros, sonó el móvil.
Era un w******p de Dan. Corto, pero distinto.
Dan:
Sé que no debería escribirte así, sin más. Pero estuve pensando…
¿Y si te invito a cenar esa pizza que te gustaba?
Esa, sí. La de masa fina, tomate natural, albahaca y mozzarella que te gustó.
Prometo no hablar si no quieres. Solo estar. Escucharte.
Y si no quieres eso tampoco, lo entiendo. Pero tenía que intentarlo.
Hoy no quiero perder la oportunidad de compartir aunque sea un momento sencillo contigo.
Me quedé leyendo el mensaje en bucle. Una parte de mí sonrió antes de que pudiera evitarlo. Otra, aún dudaba.
Entonces, llegó otro mensaje.
Dan:
En el sitio de siempre.
20:30.
No tienes que contestar.
Solo… si decides venir, pediré lo de siempre para ti. Y guardaré el lado del banco que te gusta.
Y con eso, dejó la puerta abierta.
No respondí. Pero esa noche, a las 20:22, me vi a mí misma parada frente a aquella pequeña pizzería que parecía suspendida en el tiempo, con sus luces tenues, sus mesas de madera y esa sensación de refugio entre tanto ruido.
Dan ya estaba allí.
Se había peinado, cosa rara. Llevaba una camisa azul clara arremangada y estaba jugando nerviosamente con el servilletero. Cuando me vio, sus ojos se iluminaron como si acabara de ver salir el sol.
—Sabía que vendrías —dijo, levantándose.
—No estaba segura hasta hace quince minutos —admití, dejando mi bolso en la silla.
Sonrió, ese tipo de sonrisa que mezcla alivio y gratitud. Luego, sin decir nada más, pidió la pizza. La de siempre. Y una limonada casera con hielo, como me gustaba.
—¿Por qué ahora? —pregunté mientras esperábamos.
—Porque pasaron muchas cosas. Porque te hice daño. Porque necesitaba entender mis propios errores antes de acercarme sin arrastrarlos.
Lo miré. Había algo nuevo en él. O quizá algo viejo, pero más sincero.
—¿Y lo entendiste?
—No todo. Pero sí que quiero dejar de esconderme detrás de lo que me asusta. Y que cuando pienso en lo que me hace feliz… siempre apareces tú.
La pizza llegó como si fuera parte de una coreografía cuidadosamente ensayada. El olor me envolvió, y por un momento, todo pareció más fácil.
Comimos entre risas tímidas y recuerdos que fueron apareciendo sin forzarlos.
—¿Te acuerdas la primera vez que vinimos? —preguntó él, limpiándose la comisura con la servilleta—. Probamos absolutamente todas las pizzas.
—Y tú intentaste impresionarme diciendo que sabías hablar italiano.
—Lo peor es que me creíste —se rió.
—Solo porque te lo inventaste con tanta seguridad que sonaba real.
La risa compartida tejía puentes. Y por un momento, me permití disfrutar.
Al terminar, Dan sacó algo del bolsillo de su chaqueta. Era una pequeña hoja doblada. Me la ofreció, sin decir nada.
La abrí.
Era una lista escrita a mano. Muy suya. Torcida, desordenada, sincera.
Dejar de tener miedo a querer bien.
Escuchar más.
No huir cuando algo me importa.
Pedir perdón sin esperar que me perdonen.
Intentar merecerte. Cada día.
Me quedé en silencio, leyendo una y otra vez. Sentí el nudo en la garganta, pero también una especie de calor en el pecho que no esperaba.
—No es una promesa. Es un intento —dijo él, bajando la voz—. No quiero impresionarte, Zara. Quiero ser mejor. No por ti, sino porque tú me enseñaste que vale la pena serlo.
No supe qué decir al principio. Pero estiré la mano y toqué la suya. Solo un segundo. Solo un gesto.
—Gracias —susurré.
Él no dijo nada más. Solo me miró como si, en ese segundo, todo volviera a su sitio.
Y esa noche, mientras caminábamos juntos por la acera húmeda, compartiendo historias tontas y trozos de silencio que no pesaban, supe que a veces… las heridas sanan. A veces, lo que se rompe puede no volver a ser igual, pero sí mejor.
Y quizá, solo quizá, aún había algo por escribir entre Dan y yo.
Caminamos juntos por el campus como si fuéramos dos versiones nuevas de nosotros mismos. Dan iba a mi lado, sin tocarme, pero cerca. Lo justo para hacerme sentir que estaba ahí, sin invadir.
Hablábamos poco. Pero el silencio no era incómodo. Era como si estuviéramos construyendo algo con pausas, con miradas, con esos gestos que dicen más que cualquier frase.
Cuando llegamos a la puerta de mi residencia, me detuve. Él también.
—Bueno… —dije, girándome hacia él, con la llave en la mano.
—¿Puedo acompañarte hasta la puerta de tu habitación? —preguntó, con esa mezcla de timidez y deseo de no despedirse aún.
Asentí. Caminamos por el pasillo con pasos lentos. Cada metro se sentía como una prolongación de algo que ninguno de los dos quería terminar.
Cuando llegamos frente a mi puerta, me di la vuelta, apoyando la espalda contra ella. Lo miré. Él se quedó de pie delante de mí, con las manos en los bolsillos, la cabeza ligeramente baja. Como si buscara las palabras justas.
—Gracias por esta noche —susurré.
Dan levantó la mirada, sus ojos más suaves que nunca.
—Gracias a ti… por venir. Por quedarte. Por escucharme.
Hubo un instante de silencio. Uno de esos que cortan la respiración y aceleran el corazón. Él dio un paso más. Ahora estábamos a centímetros. Podía sentir su calor, su olor a madera y algo cítrico. Familiar. Irresistible.
—Zara —murmuró, con voz grave y baja—. ¿Puedo decirte algo más?
—Claro.
—Sé que no puedo cambiar el pasado. Sé que hubo cosas que rompí sin darme cuenta, y otras que rompí sabiendo que dolerían… —dijo, su mirada fija en la mía—. Pero no quiero que sigas cargando con todo eso. No quiero que sigas estando enojada conmigo por lo que fui. Quiero que, si me miras, veas al que soy ahora. Al que intenta, de verdad, hacerlo bien. Aquí. Hoy.
Sentí el aire espeso entre nosotros. Tragué saliva. Mis dedos apretaban la llave con fuerza, como si eso pudiera mantenerme anclada.
—No es fácil —confesé.
—Lo sé. Pero si vas a darme una oportunidad, Zara… quiero que sea limpia. No quiero ganarte con culpa. Quiero enamorarte desde cero, sin sombras.
Me tembló algo por dentro.
—¿Y si no puedo olvidar?
Él se acercó aún más, apoyando una mano en la puerta, a un lado de mi cabeza. Su respiración rozó la mía. Sus ojos bajaron por un segundo a mis labios.
—No quiero que olvides. Quiero que recuerdes… que el presente puede ser distinto —susurró.
Y entonces me besó.
No fue un beso torpe ni impulsivo. Fue un beso lento, profundo, de esos que te hacen cerrar los ojos sin querer, que te hacen olvidar dónde estás. Sus labios se fundieron con los míos como si me hubieran estado esperando. Sus manos no me tocaron más que la mejilla, con suavidad, como si no quisiera romper nada esta vez.
Yo correspondí. No lo pensé. Solo lo sentí. Y eso bastó.
Cuando nos separamos, él no se alejó. Apoyó su frente contra la mía, los ojos cerrados.
—No sabes cuánto deseaba hacer eso. Pero más aún… cuánto deseaba que me dejaras hacerlo.
Sonreí sin abrir los ojos.
—No sé si esto va a funcionar, Dan. Pero quiero intentarlo. Si tú también lo haces… de verdad.
Él asintió despacio.
—De verdad. Sin juegos. Sin máscaras.
Abrí la puerta de mi habitación y me quedé de pie, mirándolo.
—¿Vas a besarme otra vez si entro?
—Solo si me lo pides.
Me reí, con esa risa que solo él me sacaba, y que extrañaba más de lo que había admitido.
—Buenas noches, Dan.
—Buenas noches, Zara.
Y justo antes de que cerrara la puerta, él estiró la mano, rozando mi brazo con la yema de los dedos.