CAPÍTULO SEIS (LOS CELOS DE DAN)

2705 Words
En cambio, me quedé mirando la puerta cerrada durante varios minutos, escuchando el eco del último paso de Dan alejándose por el pasillo. El corazón no me latía rápido. Latía lento, pesado, como si cargara con algo que no sabía cómo soltar. Ni una lágrima derramé. Tal vez porque ya había llorado todo lo que tenía que llorar. O tal vez porque por primera vez estaba viendo las cosas como realmente eran. Finalmente me quedé dormida y cuando desperté apenas tuve tiempo de lavarme los dientes. Prácticamente me levanté de la cama, tomé mi mochila y salí rumbo al campus. No quería pensar. Quería distraerme, perderme entre apuntes, fórmulas y números que, a diferencia de Dan, no cambiaban sin avisar. Caminé por el campus sin saludar a nadie. No porque estuviera enojada con el mundo, sino porque tenía miedo de que alguien me preguntara si estaba bien. Y yo... no sabía cómo mentir. Entré al aula con tiempo de sobra. Me senté en la tercera fila, como siempre, y saqué mi cuaderno. Pero en lugar de anotar, lo abrí por una hoja en blanco y escribí su nombre: Dan. Lo miré. Lo observé como si fuera una palabra extraña en un idioma que ya no entendía. Y entonces, sin pensarlo, lo taché con fuerza. Las sillas empezaron a llenarse a mi alrededor, las voces se mezclaban con risas, y el murmullo general me hizo sentir aún más sola. Fue entonces cuando lo vi entrar. A Dan, ¿Qué demonios hacía aquí?, esta no era ni su clase ni su campus. Con la mochila colgada de un solo hombro, el cabello despeinado y esos ojos que me habían hecho creer que tal vez, solo tal vez, yo era diferente. Pero no lo era. No para él. Pasó junto a mí sin decir nada. Se sentó dos filas atrás. Lo sentí como si el aire cambiara de peso. Quise ignorarlo. Quise mirar al frente. Pero podía sentir su mirada clavada en mi nuca, como una disculpa que no se atrevía a pronunciar. La clase comenzó. Hablaban de costos marginales, de decisiones racionales. Me reí, por dentro. Nada más irracional que enamorarse de alguien como Dan. A la salida, intenté perderme entre la multitud. No quería hablar. No quería escuchar otra versión de su historia, otra excusa, otra forma de disfrazar lo que ya sabía. Pero me alcanzó. —Zara —dijo con la voz baja, como si temiera romperme—. ¿Podemos hablar? Lo miré sin detenerme. Pero él caminaba a mi lado, persistente. —Solo quiero que me escuches. —Te escuché muchas veces, Daniel. Y siempre suenas igual. —No es cierto. —Claro que sí —me detuve, giré hacia él—. Siempre tienes una forma de hacer que lo que hiciste parezca un accidente. Pero no fue un accidente, ¿verdad? Engañar a dos personas al mismo tiempo no lo es. Ilusionar a una tercera tampoco. Abrió la boca, pero no habló. —Tú no eres malo, Daniel. Eso es lo peor de todo. Eres encantador. Dulce. Tierno. El problema es que usas todo eso para tapar lo que realmente haces. Vi cómo se le tensaba la mandíbula. Cómo desviaba la mirada como si no pudiera sostenerla. —No quiero que pienses que todo fue una mentira —murmuró. —No pienso eso —contesté—. Pienso que tú no sabes querer a alguien sin hacerle daño. Y yo no quiero ser otra herida en tu colección. Se quedó en silencio. Y por un momento, pensé que iba a dar la vuelta e irse. Pero no. Dio un paso más cerca. —Tú me hiciste querer ser diferente —dijo. Me reí. Un sonido seco, sin gracia. —¿Y eso qué significa? ¿Que si yo no me hubiera cruzado en tu camino, seguirías con tus juegos? ¿De eso se trata? ¿De que yo te "cambie"? —No… no lo dije así. —Yo no vine a cambiarte, Daniel. Ni a salvarte. Solo quería que me eligieras de verdad. Lo vi tragar saliva. Lo vi pelear con sus palabras. Pero ya no me servían las palabras. —¿Sabes qué es lo peor? —pregunté, bajando un poco la voz— Que una parte de mí sigue queriéndote. Que cuando te miro, todavía veo al chico que me hizo reír cuando estaba rota. Pero no puedo quedarme con un recuerdo si el presente me está matando. Se quedó quieto, como si mis palabras lo hubieran detenido por completo. Como si recién ahí entendiera que no estaba jugando. —¿Entonces es el final? —preguntó con un hilo de voz. —No lo sé —le respondí con honestidad—. Lo único que sé es que no puedo seguir con alguien que no sabe lo que quiere. Porque yo sí sé lo que quiero. Y no me voy a conformar con menos, Daniel Holmquist. Se quedó mirándome un momento más. No intentó besarme. No intentó abrazarme. Solo me miró con esa mezcla de tristeza y resignación. Y entonces, dio un paso atrás. —Te mereces algo mejor —dijo. —Lo sé —respondí. Y me fui. Esta vez, fui yo quien se alejó. El aire afuera era más frío. El cielo, más claro. Y aunque dolía, también sentí un pequeño alivio. Como si finalmente estuviera eligiéndome a mí. Porque a veces, decir adiós no es rendirse. Es salvarse ¿No? Pasaron varios días en los que me focalicé en el estudio y traté de obviar a Dan. Hasta que llegó 'ese' día. No quería ir. Tenía tres trabajos prácticos pendientes, una presentación de negocios en dos días y una montaña de emociones que apenas podía sostener. Pero Ireland insistió. Y cuando ella insistía, era imposible decirle que no. —Solo una hora —me prometió, mientras me empujaba hacia su ropero, revolviendo ropa como una tormenta—. Tomas algo, bailas un poco y te vas. Lo necesitas. —Lo que necesito es dormir —refunfuñé, pero ella ya me estaba lanzando una blusa negra corta que nunca me habría atrevido a ponerme si no fuera por su mirada amenazante. —Por favor, Zara. Va a estar Jeremy —dijo con un suspiro que lo decía todo. —No soy yo la que quiere ir a esa fiesta —me reí, resignada—. Está bien. Pero una hora. Una. Una hora más tarde, estaba en la fraternidad Sigma con una copa de algo dulce en la mano, música vibrando en el suelo y demasiada gente bailando como si el mundo se fuera a acabar. Ireland se había perdido con Jeremy hacía rato, y yo me quedé apoyada contra una pared, observando como una extraña dentro de una película ajena. Hasta que apareció él. —¿Eres la famosa Zara? —preguntó con una sonrisa encantadora. Alto, cabello desordenado, mandíbula definida y una camisa blanca remangada que dejaba ver unos antebrazos que parecían cincelados. —Depende de quién pregunta —respondí con una ceja levantada. —Drew —dijo, extendiéndome la mano—. Compañero de fraternidad de Jeremy. Y, aparentemente, nuevo admirador tuyo. Solté una risa, no por nervios, sino por sorpresa. —¿Nuevo admirador? ¿Así de directo? —¿Prefieres que disimule? Porque podría decir algo sobre tu blusa y tus ojos, pero honestamente… estoy impresionado de que nadie esté hablándote ya. —Quizá porque tengo cara de no querer hablar con nadie. —O quizá porque intimidas —respondió con una sonrisa torcida—. A mí me gusta eso. Iba a responder, algo sarcástico probablemente, cuando lo sentí. Esa sensación de ser observada. Levanté la vista, y ahí estaba él. Daniel. Apoyado contra una columna, sosteniendo un vaso con los dedos tensos, mirándonos como si el suelo se hubiera abierto bajo sus pies. Nuestros ojos se cruzaron. Y por un segundo, pensé que iba a acercarse. Pero no. Solo apretó los labios y desvió la mirada. —¿Amigo tuyo? —preguntó Drew. —Algo así —murmuré. —¿Ex? —Algo peor —respondí. Drew se rió. —Entonces, más razón para que me des una oportunidad. Prometo no ser “algo peor”. No pude evitar reír. Había algo en él que era fresco, fácil. Como si no arrastrara una historia oscura detrás. Me hizo sentir ligera. Y eso era raro. —Está bien. Tienes cinco minutos para impresionarme. —¿Solo cinco? —Es una audición, Drew. No una cita. Jugamos un poco con las palabras, con las miradas. Me hizo olvidar por un momento todo lo que me dolía. Hasta que, de pronto, una sombra se interpuso entre nosotros. —Zara, ¿podemos hablar? —La voz de Dan me atravesó como un rayo. Drew se detuvo. Me miró. Luego lo miró a él. Y como si entendiera que ahí no ganaba nadie, dio un paso atrás. —La audición queda en pausa —dijo, guiñándome un ojo antes de desaparecer entre la multitud. Me crucé de brazos. Miré a Dan con frialdad. —¿Ahora sí tienes algo que decir? —¿Quién es ese? —¿Te importa? —Sí, me importa —dijo, con los ojos oscuros de celos—. ¿Estás coqueteando con cualquiera ahora? —No con cualquiera —dije con calma—. Con alguien que no me hizo sentir como un reemplazo. Dan se pasó la mano por el cabello. Respiraba fuerte, como si estuviera conteniéndose. —No puedo verte con otro. No puedo. —Entonces no mires. —Zara… —No, Daniel. Tú decidiste romper con sea lo que sea que teníamos. No puedes volver cada vez que alguien se me acerca solo porque no soportas la idea de perderme. —No te perdí. No aún. —Sí lo hiciste. El día que mentiste, el día que dejaste que me imaginara un futuro contigo sabiendo que construías ruinas con otras. Se quedó callado. Y por un momento, pensé que iba a llorar. —Tú me importas más de lo que he sabido demostrar —murmuró. —Eso no basta —respondí—. No quiero ser tu duda. No quiero que me elijas solo cuando alguien más me quiere. Silencio. —¿Y él te gusta? Pensé en Drew. En su sonrisa fácil. En cómo me había hecho sentir por unos minutos. En cómo no tenía miedo de acercarse. —No lo sé —respondí con honestidad—. Pero sé que no me ha roto el corazón. Dan asintió, derrotado. —¿Puedo al menos pedirte un baile? Lo miré. Largo. Con todo lo que aún me dolía. Y aunque una parte de mí gritaba que sí, que lo abrazara, que le dijera que aún lo amaba… la otra parte, la que aprendió a protegerse, ganó. —No. Hoy no. Y me alejé, sin mirar atrás. Pero mientras caminaba por la pista, con las luces girando y la música latiendo como un corazón, sentí que sus ojos seguían sobre mí. Y por primera vez… no dolía tanto. Intenté no mirarlo. Juro que lo intenté. No me sentía de animos para seguir ahí, así que tomé mi chaqueta y me fui, ya le había compludo a Ireland con quedarme esa hora y con eso bastaba Después de la fiesta, después de ese cruce de palabras, me convencí de que era lo mejor. Mantener distancia. Fingir indiferencia. Hacer como que Dan no era ese imán que me atraía aunque doliera. Pero al día siguiente, ahí estaba. Apoyado contra la baranda frente al aula de negocios, con su mochila colgada de un hombro y esa manera suya de esperarme que parecía casual… pero no lo era. Me detuve a un par de pasos, indecisa. —Zara —dijo mi nombre como si no lo hubiera dicho en años—. ¿Puedo caminar contigo? Lo miré con el ceño fruncido. —¿Ahora? —Ahora —asintió, sin moverse. Tenía la opción de decir que no. Podía dar media vuelta, entrar al aula y seguir con mi vida. Pero no lo hice. Algo en su voz, en su forma de pararse ahí como si todo lo que tuviera que decir fuera importante, me desarmó incluso a pesar de mí. Así que asentí. Caminamos en silencio un rato. El campus estaba lleno de estudiantes, de risas, de conversaciones que no nos incluían. Pero entre nosotros, solo se escuchaban los pasos. —Quería verte —dijo al fin—. Pero no sabía si debía. —Probablemente no —respondí, sin mirarlo. —No tengo excusas. No tengo explicaciones que te hagan sentir mejor —continuó, con una honestidad que no esperaba—. Pero sí tengo algo que decirte. Me detuve. Lo miré de frente. Con los brazos cruzados, como una barrera entre lo que sentía y lo que quería aparentar. —Entonces dilo. Dan respiró hondo. Sus ojos se clavaron en los míos, y por un instante, vi al chico que me hizo reír en la habitación, el que compartió la película conmigo, el que me llevó a probar todas esas pizzas que ni sabía que existían, el que me miraba como si no existiera nadie más en el mundo. —Tú…eres especial para mí, Zara. Mis labios se entreabrieron, pero no dije nada. —No sé lo que soy ahora mismo —continuó—. No sé cómo ser el tipo correcto, el que hace todo bien, el que no lastima. Pero sí sé que contigo parece distinto. Que tú me haces querer ser mejor. —Dan… —susurré, dudando entre abrazarlo o salir corriendo. —No vengo a prometerte nada. No te voy a decir que esto va a ser fácil, ni perfecto. Pero quiero que sepas que me importas. Que lo que compartimos no fue solo algo más para mí. No eres “una más”. Eres la persona que me tiene pensando en ti incluso cuando intento no hacerlo. Volví a cruzar los brazos. No por frialdad, sino por miedo a que mis manos lo buscaran sin permiso. —Yo no quiero medias verdades —dije, con la voz apenas firme—. No quiero ser la persona que te haga olvidar errores viejos. Quiero ser alguien con quien construyas algo real. No una historia que termines contando con culpa. Dan bajó la mirada, y por un momento, pensé que se iba a rendir. —Lo sé. Y no te pido que confíes ciegamente. Solo… que me dejes estar cerca. Escucharte. Conocerte de verdad. Sin máscaras. Sin juegos. Me mordí el labio. Sentí ese vacío en el pecho que siempre aparece cuando alguien te dice justo lo que quieres oír… pero no sabés si creerle o no, dado su juego previo. —¿Y si me enamoro más? —pregunté, casi sin voz. Dan levantó la cabeza. Sus ojos estaban llenos de algo que dolía y brillaba al mismo tiempo. —¿Y si intentó no huir? Me reí, aunque no era gracioso. Era triste. Era hermoso. Era todo lo que había querido oír… dicho demasiado tarde, obvio. —No deberías tener ese poder sobre mí —le dije, con el corazón acelerado. —Tú tienes más poder sobre mí del que imaginas. Lo miré un rato, como si pudiera encontrar la verdad detrás de sus palabras. Y ahí estaba. En su mirada. En su silencio. En la forma en la que no intentaba tocarme, pero no podía dejar de mirarme. —Está bien —dije al fin, bajando la guardia un milímetro—. Puedes estar cerca. Pero un paso en falso, Dan… y esta vez no hay vuelta atrás. —Lo sé —asintió, aliviado—. No voy a desperdiciar esto. Me di vuelta, sin querer mostrarle que la sonrisa me temblaba en la boca. Pero apenas di unos pasos, escuché su voz detrás de mí. —Zara. Me detuve. Sin girarme. —¿Sí? —Gracias por no cerrarme la puerta. No respondí. Pero mi pecho se hinchó con un suspiro que no había podido soltar en días. Seguí caminando. Y por primera vez en ese tiempo desde que apareció Valentina… sentí que algo se acomodaba adentro.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD