Llevaba ya varios días despertando en su cama, oliendo su perfume en las sábanas, dejando mis cosas esparcidas por el penthouse como si fuera mi propio hogar. A veces, él me encontraba descalza en la cocina con una camisa suya, o en el sofá con papeles de la empresa entre las manos y el cabello recogido de cualquier manera. No decíamos que vivíamos juntos, pero lo estábamos haciendo. Y todo parecía fluir con una perfección extraña, peligrosa. Y nos amábamos en todas partes: en su cama, en la ducha, contra la pared de la oficina cuando el último asistente se iba, en silencio contenido por la adrenalina del riesgo. Él me tocaba como si el mundo girara en torno a esas caricias, como si no hubiese un mañana sin nuestra piel entrelazada. Esa tarde, tras una intensa reunión sobre la apertura d

