A la mañana siguiente, el despertador sonó, pero ninguno de los dos se movió. Dastan tenía el brazo envuelto en mi cintura, y su respiración lenta y profunda me acariciaba la nuca. Habíamos dormido entre palabras a media voz, entre pausas y caricias que no buscaban placer, sino refugio. Dormimos abrazados, sin urgencias, como si estuviésemos protegiendo algo invisible entre los dos. No hablamos más del tema. No esa mañana. Desayunamos en silencio, compartiendo el periódico, cruzando miradas suaves, como quien evita una herida aún abierta. Era como si estuviéramos buscando el equilibrio sin tocar demasiado el recuerdo de la noche anterior y cada uno se fue por su lado. Al llegar a la oficina, todo seguía igual por fuera. Las luces, los pasillos, el murmullo habitual. Pero yo no era exacta

