La pizzería estaba iluminada con luces cálidas y colgantes, de esas que hacen que todo parezca más acogedor y cinematográfico. Las paredes estaban cubiertas de cuadros antiguos y frases escritas con marcador permanente por generaciones de estudiantes hambrientos y trasnochados. El olor era embriagador: queso derretido, masa recién horneada, y un toque de orégano flotaban en el aire como una promesa.
—Este lugar huele a gloria —dije sin pensarlo.
Daniel soltó una risita mientras sostenía la puerta para que entrara primero.
—Y espera a probarlo. Vas a creer que viste a Dios entre pepperonis.
Nos acercamos al mostrador y él me miró con las cejas alzadas.
—Bueno, momento crucial… ¿cuál es tu sabor favorito de pizza?
Me encogí de hombros con una media sonrisa.
—No lo sé. Nunca he probado más que la de pepperoni.
Él me miró como si acabara de confesarle que nunca había visto una película de Disney.
—¿Estás diciendo que jamás has probado hawaiana, cuatro quesos, pesto con pollo, BBQ, o siquiera la de champiñones con cebolla caramelizada?
—¿Eso existe? —reí.
Daniel se llevó una mano al corazón dramáticamente.
—Esto es una tragedia que debe resolverse ahora mismo.
Se volvió al chico del mostrador.
—Una rebanada de todas, por favor. Sí, todas.
—¿Todas? —preguntó el chico, mirándonos como si estuviéramos locos.
—Es una misión humanitaria —dijo Daniel con seriedad fingida, y guiñó un ojo.
Pocos minutos después, teníamos una bandeja gigante frente a nosotros con al menos ocho rebanadas diferentes. Me senté frente a él, sin saber si reír o sentirme abrumada.
—Bueno, Zara —dijo con voz de presentador de televisión—. Bienvenida a la gran cata de pizzas de Northwestern. Yo seré tu guía espiritual esta noche. ¿Lista?
—Lista —respondí, mordiéndome el labio mientras trataba de no reír.
—Primero, la clásica margarita —dijo, tomando una rebanada con delicadeza y partiéndola por la mitad. Luego la acercó a mi boca con total naturalidad—. Di “ahh”.
—¿Me vas a dar de comer en serio?
—Obviamente. Es parte de la experiencia gourmet. Ahora abre.
Reí y, aunque con un poco de vergüenza, abrí la boca. Él me alimentó con esa primera mordida, observando atentamente mi reacción.
—¿Y bien?
—Sabe a pizza. Con menos grasa que la pepperoni.
—Comentario técnico. Bien. Ahora esta —dijo, ofreciéndome otra rebanada, esta vez con pedacitos de piña dorada y jamón—. Hawaiana. Muy controversial.
Le di un mordisco y ladeé la cabeza, pensándolo.
—Extrañamente buena. Dulce y salada. Me gusta.
Daniel sonrió satisfecho.
—Estamos progresando.
Así fue con cada rebanada. Una tras otra, él me daba a probar, haciéndome reír con comentarios ridículos como: “Esta tiene un toque a la Toscana, si la Toscana fuera una caja de delivery”, o “Esta podría convencerme de renunciar a mi vida de crimen si la tuviera”.
—No tienes vida de crimen —le dije entre risas.
—Tú no sabes eso —dijo, llevándose una mordida él mismo y mirándome con los ojos entrecerrados—. Tal vez esta toalla era parte de un disfraz.
—¿Cuál es tu villano superpoderoso? ¿Enamorar con carbohidratos?
—Funcionó, ¿no? —dijo, alzando una ceja con descaro.
Me sonrojé, pero no aparté la mirada. Había algo en su forma de ser tan natural, tan segura, que me hacía sentir extrañamente cómoda… y viva. Como si mi corazón hubiera estado dormido durante años y él hubiera llegado con una rebanada de cuatro quesos a despertarlo.
—¿Y bien? ¿Tienes una favorita ya? —preguntó al final, cuando solo quedaban migas y una botella de agua a medio terminar.
Asentí, lamiéndome los labios sin pensar.
—La de pesto. No sé qué tenía, pero estaba increíble.
—Pesto con pollo y tomate seco —dijo, sonriendo como si hubiera ganado un premio—. Buena elección. Esa es la favorita de los que tienen alma vieja.
—¿Y tú cómo sabes que yo tengo alma vieja?
Se inclinó un poco hacia mí, apoyando los codos en la mesa. Su sonrisa se volvió más suave, casi íntima.
—Porque te brillan los ojos cuando descubres cosas simples. Como si nunca hubieras tenido muchas, pero aún así no te rindes en buscarlas.
Mi pecho se apretó de forma inesperada. No supe qué decir. Él desvió la mirada un segundo, luego volvió a mirarme.
—¿Sabes? Esta fue, oficialmente, la mejor cena que he tenido en meses.
—Lo dices porque viste a Dios entre pepperonis —respondí, tratando de sonar ligera aunque mi voz temblaba un poco.
—No —susurró—. Lo digo porque te vi a ti.
Y ahí estaba otra vez ese maldito rubor en mis mejillas.
Aún sentados en esa pequeña mesa de madera rayada por generaciones de estudiantes hambrientos, con el calor del horno de pizzas envolviéndonos y la música suave de fondo, Daniel se recostó un poco hacia atrás, observándome con una sonrisa más curiosa que pícara esta vez.
—Y bien, ceja misteriosa… ¿qué estudias?
—¿Ceja misteriosa? —reí, frunciendo el ceño mientras me tocaba la frente instintivamente.
—Sí, tienes esa cejita que se arquea cuando piensas demasiado. Y desde que entraste aquí, la tienes trabajando horas extra —bromeó, señalándome con un gesto suave.
Solté una risa ligera y me encogí de hombros, todavía saboreando el recuerdo de las pizzas.
—Estudio negocios —respondí con naturalidad.
Él alzó las cejas, genuinamente impresionado.
—Wow, eso suena bastante ambicioso.
—Lo es —asentí, cruzando los brazos sobre la mesa y apoyando el mentón en mis manos—. Pero también es lo mínimo que espero para mí. La idea es… convertirme en CEO de una empresa algún día. Una grande, de esas que ves en las noticias.
Daniel me miró en silencio por un segundo, y luego sonrió con un gesto más tierno.
—Me encanta eso. Se nota que no sólo lo dices… lo crees.
—Lo creo —dije con firmeza, pero sin dureza—. He pasado toda mi vida sobreviviendo. Así que ahora me toca vivir… y no pienso vivir a medias.
Él asintió despacio, como si cada palabra le estuviera diciendo más de lo que yo quería revelar.
—Ireland me dijo que eras brillante. Pero no mencionó que además eras una fuerza de la naturaleza.
—Me está quedando claro que mi reputación te precede —le respondí, divertida.
—Claramente —rió, y luego tomó un sorbo de agua antes de continuar—. Yo estudio ingeniería eléctrica.
—¿En serio? ¿Como Ireland?
—Sí —asintió con orgullo—. Siempre supimos que queríamos estudiar lo mismo. Nuestro papá es ingeniero eléctrico también. Crecimos viéndolo arreglar cosas, construir otras desde cero, enseñándonos cómo funcionan los sistemas, las conexiones... Y no sé, simplemente se sintió como algo que compartíamos.
Me lo imaginé de niño, desarmando radios con Ireland en un garaje lleno de herramientas, con su padre guiándolos con paciencia. La imagen me sacó una sonrisa involuntaria.
—Debe ser bonito tener un ejemplo así —le dije suavemente.
Daniel bajó la mirada un segundo, pensativo.
—Lo es. Pero también es presión. Él es brillante, como… de esos tipos que siempre tienen una respuesta para todo. A veces siento que tengo que estar a la altura todo el tiempo, y no sé si eso es algo que quiero… o algo que ya asumí sin pensarlo.
—¿Y Ireland siente lo mismo? —pregunté con curiosidad genuina.
—Sí, aunque ella lo disimula mejor. Es como… más firme. Más enfocada. Yo a veces siento que si me dieran un día entero sin responsabilidades, terminaría tocando la guitarra en una plaza y alimentando palomas —rió.
—Eso no suena tan mal —le dije con una sonrisa—. Quizás podrías tener tu empresa eléctrica de día… y ser trovador en las tardes.
—¿Trovador? ¡Me encanta esa palabra! La voy a poner en mi perfil de estudiante: “Daniel Holmquist. Ingeniero eléctrico de día, trovador frustrado de noche”.
Reí tan fuerte que el chico del mostrador nos miró de reojo, y ambos bajamos la voz como adolescentes conspirando.
—Pero hablando en serio —continuó él—, admiro que sepas tan claramente lo que quieres. Me gustaría tener esa certeza… esa brújula.
—Yo no tengo brújula —le confesé—. Tengo cicatrices. Ellas me recuerdan todo lo que no quiero repetir. Supongo que eso me empuja hacia adelante.
Daniel me miró con intensidad por un momento. No con lástima, sino con algo más… una especie de respeto silencioso.
—No sé si lo sepas, Zara, pero creo que vas a cambiar muchas cosas en este mundo.
—¿Sí? —pregunté bajito, sorprendida.
—Sí. Y yo… estoy muy contento de haber estado aquí esta noche para ver el comienzo de eso.
Mi pecho se llenó de un calor extraño. No del lugar, ni de las pizzas, ni siquiera de sus palabras exactas… sino de cómo me las dijo. Como si, por primera vez en mucho tiempo, alguien realmente creyera en mí sin conocer toda mi historia.
Miré nuestras manos sobre la mesa. Las suyas grandes, cálidas, llenas de gestos. Las mías pequeñas, con dedos manchados de tinta y más sueños que certezas.
—Gracias por traerme —susurré.
Daniel sonrió y se inclinó un poco hacia mí.
—¿Y perderme el inicio del reinado de la futura CEO Zara? Jamás.
La noche se había vuelto más fresca cuando salimos de la pizzería. El aire olía a hojas secas y al humo lejano de alguna chimenea encendida. Me abracé a sí misma por instinto, y sin decir nada, Daniel se quitó su chaqueta y me la colocó sobre los hombros con suavidad.
—Gracias —murmuró, envuelta ahora en su aroma cálido a jabón y madera.
—La reina del futuro necesita protección —bromeó, metiendo las manos en los bolsillos mientras caminaban.
Reí bajito, y caminamos en silencio un par de cuadras, compartiendo el sonido de sus pasos y el crujir de las hojas bajo sus zapatos.
—¿Siempre haces eso? —pregunté de repente.
—¿El qué?
—Ser encantador sin esfuerzo.
Daniel me miró de reojo y sonrió.
—¿Estoy siendo encantador?
—Un poco, sí.
—Entonces debe ser el efecto pizza. Me transforma.
Solté una carcajada auténtica, y Daniel me miró como si quisiera grabar ese sonido para siempre. No dijo nada, pero noté la forma en que su mirada se quedó pegada un par de segundos más de lo normal.
—¿Qué? —pregunté, divertida.
—Nada —dijo él bajito—. Sólo me gusta cómo te ríes.
Bajé la vista, sintiendo cómo se me aceleraba el corazón. Nadie me había dicho algo tan simple con tanta sinceridad.
Caminamos en calma hasta llegar al edificio del dormitorio. Subimos las escaleras entre bromas y alguna que otra queja de Daniel por las luces intermitentes del pasillo.
—¿Crees que si soplo muy fuerte se apagarán? —preguntó él.
—No lo intentes, ingeniero trovador, no quiero que incendies el edificio.
Ya frente a la puerta, saqué la llave con las manos temblorosas, tal vez por el frío, tal vez por él.
—¿Quieres pasar un rato más? —pregunté con una voz más baja, más suave.
Daniel sonrió. No como antes, no con picardía o diversión. Esta vez fue una sonrisa lenta, de esas que decían “sí” mucho antes que las palabras.
—Claro. Pero sólo si puedo sentarme en tu trono de CEO.
—Sólo porque aún no me entregan la corona —respondí, abriendo la puerta.
Entramos en silencio. La habitación estaba tenue, iluminada solo por una pequeña lámpara de escritorio. El aroma de velas sin encender y ropa recién lavada flotaba en el aire.
Dejé la chaqueta sobre la cama y me quitó los zapatos, frotándome los pies con una mueca.
—Dios… no recordaba lo que era estar tanto tiempo caminando con botas.
—¿Quieres un masaje? —preguntó Daniel, alzando una ceja con esa sonrisa traviesa de nuevo.
Lo miró con desconfianza divertida.
—¿Tú das masajes?
—He entrenado con las mejores abuelas del mundo —dijo, levantando la mano derecha como si jurara ante un tribunal—. Técnicas ancestrales.
Reí de nuevo, pero me senté en la cama y estiré una pierna, ofreciéndole el pie con media burla.
—A ver qué tal, Holmquist.
Daniel se arrodilló frente a mí y comenzó a masajear con movimientos lentos y cuidadosos. No había ninguna técnica ancestral, pero sus manos eran grandes, cálidas y atentas, y no pude evitar suspirar aliviada.
—Vaya… —murmuré, recostándose sobre los codos.
—¿Ves? Te dije.
—Tienes un talento oculto —dijo, observándolo mientras él se concentraba en lo que hacía.
—Tengo varios —susurró sin mirarme, con la voz más grave.
Sentí un escalofrío agradable recorrerme la espalda. Cuando él levantó la mirada, sus ojos se encontraron con una intensidad nueva. No era incómoda. Era… inevitable.
El silencio entre ambos se volvió espeso. No urgente, pero sí cargado de posibilidades.
—¿Quieres… ver una película? —pregunté, rompiendo el momento con una sonrisa tímida.
—¿Puedo elegir?
—Si. Siempre y cuando no sea de terror.
—Entonces comedia romántica será —aceptó con resignación fingida, sentándose a su lado en la cama.
Puse mi laptop vieja, comprada de segunda, sobre una almohada y elegí algo ligero. A los pocos minutos, Daniel ya estaba recostado a mi lado, el hombro de él rozando el mío.
—Zara —susurró él, cuando la película estaba a la mitad.
—¿Mmm?
—Gracias por dejarme ver este pedacito de tu mundo.
Me volví hacia él, sorprendida. Nuestros rostros estaban cerca, más de lo que había notado hasta ahora. No dijo nada, pero me acarició la mejilla con la yema de los dedos, suave, como si aún no se creyera que ese momento estaba ocurriendo.
—Gracias por querer verlo —respondí al fin, bajito.
Él se inclinó un poco. No lo suficiente para besarme. Lo justo para que el aire entre los dos se volviera tan fino como un suspiro.
—Cuando estés lista, me avisas.
Sonreí.
—No me hagas esperar mucho —le dije con un guiño.
Y volvimos a mirar la pantalla, pero esta vez, con las manos entrelazadas sobre la cobija.
La película seguía corriendo frente a nosotros, pero hacía rato que no veía la pantalla. Mis ojos iban y venían de su perfil a nuestras manos entrelazadas, a la forma en que su pulgar acariciaba con suavidad el dorso de mi mano, como si me conociera desde siempre. Sentía el corazón en la garganta, latiendo con fuerza y sin control, y no podía recordar la última vez que me había sentido tan... viva.
Él giró el rostro, despacio. Tan despacio que sentí cómo el aire se tensaba a nuestro alrededor. Sus ojos se encontraron con los míos, profundos y suaves, como si me estuviera pidiendo permiso sin decir una palabra.
No me moví. No hablé. Solo lo miré. Solo lo dejé.
Y entonces lo hizo.
Su mano soltó la mía y subió con delicadeza por mi brazo, rozando apenas mi piel hasta alcanzar mi mejilla. Me acarició con los dedos como si fuera algo frágil, como si tuviera miedo de romperme. Sentí que contenía la respiración cuando sus labios se acercaron a los míos, tan cerca que podía sentir el calor de su aliento, el leve temblor de su duda.
Y luego me besó.
Fue suave al principio, casi tímido. Un roce lento, como si quisiera memorizar la forma de mi boca. Cerré los ojos, y todo lo demás desapareció. La película, el cuarto, el mundo… solo existíamos él y yo, suspendidos en ese instante donde el tiempo dejó de correr.
Sus labios eran cálidos, pacientes. No había prisa, no había exigencia. Era un beso que hablaba, que me decía sin palabras que estaba ahí, que me veía, que me elegía. Sus dedos se deslizaron detrás de mi cuello, acercándome más, mientras su otra mano se apoyaba en mi cintura como si necesitara aferrarse a algo real.
Respondí con lentitud, insegura al principio, pero cada segundo que pasaba me sentía más segura, más cómoda, más yo. Mis manos buscaron su pecho, y pude sentir el ritmo acelerado de su corazón bajo mis dedos. Él también estaba nervioso. Y eso me hizo sonreír en medio del beso, porque no estaba sola en esto.
Nuestros labios se movían en perfecta sincronía, pausados, tiernos, como si estuviéramos escribiendo un poema con cada roce. Era dulce, era bonito. Era un beso que tenía más de emoción que de deseo, aunque este último comenzaba a colarse poco a poco en los espacios entre nuestras respiraciones.
Cuando se separó apenas unos milímetros, nuestras frentes quedaron juntas. Mis ojos seguían cerrados, como si no quisiera que el momento terminara.
—Wow… —susurró, su voz apenas un murmullo contra mi boca—. Eres adictiva.
Solté una risita baja, todavía con los labios rozando los suyos.
—¿Eso es algo bueno o algo malo?
—Definitivamente bueno. Muy bueno.
Abrí los ojos y lo miré, con el corazón latiéndome tan fuerte que pensé que él podía escucharlo.
—¿Por qué me besaste? —pregunté, no con duda, sino con curiosidad genuina.
—Porque llevo toda la noche queriéndolo hacer —dijo—. Y porque te mereces que alguien te bese con ganas y con cuidado… como si fueras lo más especial del mundo.
Sentí un nudo en la garganta, uno de esos que llegan cuando alguien dice justo lo que nunca supiste que necesitabas oír. Lo abracé sin pensar, metiendo el rostro contra su cuello, respirándolo, sintiéndome a salvo por primera vez en mucho tiempo.
Y mientras sus brazos me envolvían, entendí que ese beso había cambiado algo dentro de mí.