No dije nada. No necesitaba hacerlo. Me quedé ahí, abrazándolo, dejándome envolver por su aroma, por la calidez de su piel, por esa extraña y reconfortante sensación de pertenecer a algo..O a alguien, se sentía bien. Muy bien. Tanto que mi corazón aleteó con rapidez mientras mi rostro seguía apoyado en su cuello, donde podía sentir el pulso vivo de su sangre, y cada latido parecía contagiarme de algo nuevo, algo que no sabía nombrar aún pero que se sentía fuerte, y algo poético.
Eso o yo en el fondo era más romántica de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta.
Dan deslizó lentamente sus dedos por mi espalda, con un gesto que no era posesivo, sino protector. Como si me conociera lo suficiente para saber que, en ese mismo momento, necesitaba de él más suavidad más que pasión, más ternura más que urgencia. Algo más de lo que ocasionalmente había obtenido de esos chicos son cara ni nombre que solo buscaban una cosa de mí.
Sin embargo, él a todas luces era diferente y se notaba porque me trataba distinto, o tal vez eso quise creer en ese momento, que él realmente era diferente.
Lo cierto fue que Dan me apartó apenas, lo suficiente para poder mirarme a los ojos.
—Zara… —murmuró mi nombre de nuevo, como si fuese un secreto a voces, un conjuro, algo que solo él tenía permiso de pronunciar así—. Mírame.
Y lo hice. Y me encontré con esa mirada clara, honesta, intensa. No tenía apuro. No tenía doble intención. Solo me miraba como si yo fuera… todo.
Se quedó así unos segundos, en silencio, estudiándome con una especie de asombro reverente. Como si no pudiera creer que estaba ahí, tan cerca de él.
—¿Qué esperas? —preguntó de pronto, su voz profunda y tranquila, pero con una chispa de picardía escondida en las palabras.
Sonreí, ladeando apenas la cabeza, sintiendo que algo en mi interior se abría con naturalidad frente a él.
—Que me coma el león —dije, divertida, casi en un susurro.
Y entonces me besó. Otra vez.
Y fue distinto al primero. Este no era tímido, no era lento. Este tenía intención. Me atrapó con su boca como si de verdad pudiera devorarme, pero sin lastimar. Sus labios eran firmes, seguros, pero aún suaves, todavía cuidadosos. Cada movimiento parecía hecho con la precisión de quien ha esperado mucho por ese momento y quiere saborearlo en cámara lenta.
Mi cuerpo respondió antes que mi mente. Me aferré a él, mis dedos encontrando la tela de su camisa, arrugándola, acercándolo más. Su mano volvió a mi cintura, esta vez subiendo un poco, apenas lo justo para acariciar la piel bajo mi camiseta. Me estremecí. No de frío, sino de la electricidad que me provocaba su tacto.
El cuarto seguía en penumbras, la película olvidada en segundo plano, proyectando luces que bailaban en las paredes. Pero ni Dan ni yo estábamos atentos a otra cosa que no fuera el otro.
Nos besábamos como si el mundo fuera a acabarse. Como si ese momento fuera el único que importaba. Y quizá lo era.
Él se apartó de nuevo, pero esta vez lo hizo con lentitud, como si le costara dejarme. Sus labios dejaron los míos y se detuvieron un segundo en mi mejilla, luego en mi frente, como si quisiera sellar cada rincón de mi piel con un pequeño gesto.
Me sostuvo el rostro entre las manos, contemplándome. Sus pulgares trazaban círculos suaves en mis mejillas. Yo respiraba agitada, pero no por falta de aire. Era otra cosa. Era la emoción, el vértigo de haber cruzado un umbral invisible.
—Eres hermosa —dijo, y esa vez no me sonrojé. No porque no me afectara, sino porque con él las palabras dolían menos, como si fueran bálsamos.
—¿Siempre dices eso después de besar a una chica? —pregunté, con una sonrisa ladeada, intentando aligerar el ambiente.
Dan negó con la cabeza.
—No. Nunca. Es la primera vez que me pasa algo así —respondió, tan serio que me desarmó entera. Y claro que quise creerlo, por completo.
Pasé los dedos por su nuca, jugando con su cabello. Su piel se erizó al contacto. Él cerró los ojos un segundo, como si grabara la sensación en su memoria.
—¿Y ahora qué? —susurré, casi sin darme cuenta de que lo decía en voz alta.
—Ahora… —respondió él, bajando la voz— me quedo aquí, mirándote, hasta que me eches del dormitorio.
—No voy a echarte.
—Entonces no pienso moverme.
Nos reímos los dos. Esa risa suave, cómplice, que nace del alivio, de saber que algo bueno está empezando y que no tenemos que apurarnos.
Nos acomodamos en la cama, uno frente al otro. Yo con la cabeza sobre su brazo, él con su mano acariciándome el pelo. El silencio se llenó de respiraciones sincronizadas, de miradas que hablaban por nosotros.
No hacía falta nada más.
Dan me besó una última vez antes de cerrar los ojos.
Y yo supe, sin duda alguna, que esa noche algo había cambiado no solo algo dentro de mi , sino algo más trascendental a lo que aún no podía ponerle nombre en ese momento.
Dan y yo nos quedamos así, abrazados en ese silencio que no incomodaba, que no exigía explicaciones. Solo se sentía bien. Su respiración se volvió más lenta, más profunda, y la mía lo siguió como si nuestros cuerpos se hubieran sincronizado después del beso. Cerré los ojos, con mi cabeza en su pecho, escuchando el tamborileo firme de su corazón.
No sé cuánto tiempo pasó. El cuarto estaba tibio, la película seguía corriendo como un susurro de fondo, y yo estaba peligrosamente cerca de dormirme.
Y lo hice. Me rendí. Así, en sus brazos, como si fuera lo más natural del mundo.
Me despertó el sonido de la puerta abriéndose con un golpe seco y torpe.
—¡Estoy viva, perras! —gritó una voz familiar.
Dan se sobresaltó y casi haciéndome caer de la cama. Me incorporé de golpe, los ojos aún medio cerrados, y vi a Ireland tambaleándose en la entrada como si fuera una modelo borracha en una pasarela.
—¿Ireland? —murmuré, frotándome los ojos.
—La única, la inigualable —dijo haciendo una reverencia que terminó en una semi-caída contra la puerta—. No estoy tan ebria como parezco. Bueno… sí, sí lo estoy.
Dan se pasó una mano por la cara y luego la apoyó en mi muslo, como si necesitara confirmar que todo eso estaba pasando de verdad. Yo traté de no reírme, pero fue imposible. Ireland estaba descalza, con las zapatillas de tacón en la mano, el delineado corrido y una sonrisa deslumbrante que solo aparece cuando la bebida fluye más que el sentido común.
—Conocí a un chico —anunció, soltando los zapatos y tropezando mientras trataba de sacarse el abrigo—. Se llama Jeremy. ¡No es un idiota como Sean! ¡Tiene opiniones y neuronas funcionales! ¡Y no ha cogido con mi prima! Bueno...al menos no todavía...
—Eso suena… prometedor —dije sonriendo, sentándome en la cama con las piernas cruzadas.
—¿Te besó? —preguntó Dan, ya resignado, con cara de “esto no puede ser real”.
—¡Obvio que no! Soy una dama —dijo ella, con un tono tan indignado como desequilibrado. Luego se quedó mirando la cama, los almohadones tirados y nuestras caras medio despeinadas—. Un momento… ¿estaban dormidos? ¿JUNTOS?
—Estábamos viendo una película —respondí rápido.
—Y después se besaron y se durmieron abrazaditos —dijo ella, señalándonos con el dedo como si estuviera resolviendo un crimen. Luego puso las manos en la cintura—. ¡Me ausento una noche y ustedes ya están haciendo películas románticas en mi cuarto!
Dan resopló, pero sonrió.
—No hicimos nada, tranquila.
—Lástima —dijo, y se dejó caer sobre la alfombra boca arriba—. Yo necesitaba vivir eso, hubiera sido práctico. Zara sería una buena cuñada...
—¿Estás bien? —le pregunté, porque ya la notaba con un color sospechoso en la cara.
—Sí… no… no lo sé. Jeremy pidió shots. Muchos. Muchos muchos. —Se quedó mirando el techo como si esperara que le hablara—. Me dijo que leía a Murakami. ¿Te das cuenta? ¡Murakami! Sean no sabe ni quién es ese.
—Sean no sabe escribir su nombre sin errores —agregó Dan.
—Exactamente. ¡Y Jeremy me escuchaba! No me interrumpía, no miraba el celular. Me decía cosas como “qué interesante lo que piensas”. ¡Me veía, Zara! ¡Me veía!
—¿Y tu lo veías doble? —pregunté, divertida.
Ireland soltó una risita, pero se transformó rápidamente en un quejido.
—Ay, no. Me siento… un poco…
Y sin terminar la frase, se levantó como pudo y salió corriendo al baño.
—No va a llegar —dijo Dan.
—No —coincidí.
Saltamos de la cama al mismo tiempo. Ireland ya estaba arrodillada frente al inodoro cuando llegamos, y sin decir nada, le sostuve el cabello mientras Dan limpiaba el desastre. .
—Jeremy es un buen chico —gimió entre arcadas—. No debería haber tomado tanto. ¿Y si me manda un mensaje? ¿Y si le contesto cosas que no tienen sentido?
—Lo más probable es que él también esté vomitando en su dormitorio —dije, tratando de tranquilizarla.
—Eso sería romántico —murmuró.
Dan y yo cruzamos una mirada. Él se encogió de hombros, resignado. No era la primera vez que veíamos a Ireland así, pero sí era la primera vez que estábamos juntos en medio de su caos. Y, sorprendentemente, no era tan incómodo como pensé que sería. De hecho, era... divertido.
Después de unos minutos, Ireland se dejó caer contra la pared, pálida pero viva.
—Gracias por sostener mi dignidad… digo, mi pelo. Lo otro ya lo perdí hace rato.
Le dimos agua, le quité el maquillaje como pude y la llevamos de nuevo a la cama, donde cayó rendida, abrazando un almohadón como si fuera un peluche.
—¿Van a seguir besándose? —preguntó con los ojos cerrados.
—No, princesa. Vamos a dormir —le dije, cubriéndola con la frazada.
Dan me tomó de la mano y volvimos a acomodarnos en mi cama, en silencio, mientras ella murmuraba cosas inentendibles sobre Jeremy y libros japoneses.
—Esto es oficialmente el inicio más raro de algo —susurró él, apoyando la frente en mi sien.
—¿De qué?
—De nosotros.
Sonreí en la oscuridad. Porque tenía razón.
Y aunque la noche había terminado con vómito, teorías de amor a primera vista y una amiga medio comatosa, yo sentía que había empezado algo bueno.
Algo real.
A la mañana siguiente desperté con un dolor sordo detrás de los ojos y la extraña sensación de tener algo pesado sobre una pierna. Tardé unos segundos en ubicarme. No era mi cuarto —bueno, sí lo era— pero todo estaba patas arriba. Almohadas tiradas, una frazada medio colgando del colchón, ropa que no recordaba haber dejado ahí…
Dan. Dormido boca abajo, con un brazo extendido sobre mi muslo y la cara medio hundida en la almohada. Su pelo despeinado y ese ceño levemente fruncido lo hacían ver tan ridículamente atractivo que por un momento me olvidé de que Ireland había vomitado la mitad del vodka del país la noche anterior.
Giré apenas para mirar hacia su cama.
—Mmmfff… —se quejó Ireland desde debajo de una montaña de frazadas—. ¿Por qué mi lengua sabe a metal y arrepentimiento?
Contuve una risa.
—Buenos días, estrella de la noche.
Ella sacó apenas la cara, como una marmota saliendo de su escondite.
—¿Qué pasó? ¿Estoy muerta? ¿Estoy soñando? ¿Sigo borracha?
—Un poco de todo —contesté—. ¿Te acuerdas de Jeremy?
Ireland cerró los ojos con una expresión teatral.
—Oh no… Dime que no le escribí.
—No. Pero hablaste de Murakami mientras colgabas de la tapa del inodoro, así que el mensaje ya está enviado, en cierto modo.
Dan se removió a mi lado, soltando un suspiro contra mi muslo.
—¿De qué se ríen? —murmuró, todavía a medio camino entre el sueño y la vigilia.
—De tu hermana, que está convencida de haber encontrado al amor de su vida entre shots de tequila —respondí.
—Fue vodka, maldito hereje —replicó Ireland desde su fortaleza de frazadas.
Dan se incorporó un poco, con el pelo aún más revuelto que antes, y me miró como si recién cayera en la cuenta de que seguíamos ahí, juntos, en la cama. Yo me acomodé de costado y le sonreí. Él me devolvió la sonrisa, suave, casi dormido, y se inclinó para besarme la frente.
Ireland soltó un quejido.
—Ah, no. No. Esto ya es demasiado. Tengo la cabeza girando como un lavarropas y encima tengo que presenciar escenas de amor adolescente. ¿Dónde está el botón de “reiniciar”?
—Lo rompiste anoche cuando pediste el sexto shot —le dije.
Se sentó lentamente en la cama, con el cabello como si hubiese peleado contra una tormenta eléctrica y perdido.
—¿Sabés qué necesito? Café. Café y algo con grasa. —Nos miró a Dan y a mí con expresión de súplica—. ¿Puedes ir a buscarlo? Juro que les dejo el cuarto para que se besen tranquilos después.
Dan resopló, pero se levantó.
—Voy. Pero tú lo pagás —dijo, apuntando a Ireland con el dedo.
—Anota en la cuenta del karma. Me lo gané por tolerar a Sean seis meses.
Cuando él salió del cuarto, Ireland se giró hacia mí, con una ceja arqueada.
—Bueno… ¿y? ¿Cómo estuvo el beso?
—¿Qué beso?
—No te hagas la tonta.
Suspiré, escondiéndome un poco en la almohada, aunque no podía borrar la sonrisa.
—Fue… como si alguien apretara pausa al mundo.
—¡Ay, por favor! Qué poético todo. Estoy orgullosa. ¿Te gusta?
—Sí —respondí sin pensar, y luego me encogí de hombros—. No sé qué va a pasar, pero… sí.
Ella me observó unos segundos, en silencio, y luego asintió.
—Dan es bueno. Es medio tonto a veces, pero tiene buen corazón. Y si llega a lastimarte, no te preocupes: tengo un bat de béisbol y muy poco control emocional. Aparte, no sería la primera vez que le dé una paliza a mi hermano.
Solté una carcajada.
—Lo voy a tener en cuenta.
Pasamos un rato tiradas, hablando de Jeremy, de Sean, de cosas triviales que sonaban más importantes con resaca.
Ireland me contó que Sean era su primer amor y la había engañado con su prima rompiendole el corazón.
Cuando Dan finalmente volvió con una bolsa de donas grasosas y tres cafés enormes, Ireland prácticamente se arrojó encima.
—Eres un ángel. No, mejor. Un barista celestial.
—No me lo digas con esa cara —le dijo él, apartándose con una risa—. Das miedo zanahoria, qué bueno que el tal Jeremy no esté aquí para no espantarse.
Desayunamos entre comentarios absurdos, silencios cómodos y miradas cruzadas. En algún momento, Ireland se quedó dormida de nuevo, con el vaso de café aún en la mano. Dan me miró desde el borde de mi cama, con una sonrisa ladeada.
—¿Sabías que duermes con la boca entreabierta?
—¿En serio?
—Sí, es adorable.
—¿Y tú sabías que roncas muy bajito y arrugas la nariz cada vez que inspiras?
Él se rió.
—No, pero gracias por la imagen mental.
Nos quedamos mirándonos un segundo más, y sin decir nada, estiré una mano hasta tocar la suya. Él entrelazó sus dedos con los míos.
—Esto… —empecé, pero no supe cómo seguir.
—Sí —dijo él, suave—. Yo también lo siento.
Suspiré, dejando caer la cabeza contra la almohada. No quería moverme. No quería que el día siguiera. Quería quedarme ahí, en ese limbo de ternura, complicidad y olor a café.
—¿Te parece mal que me guste todo esto tan rápido?
Dan negó con la cabeza.
—Creo que es lo que pasa cuando algo está bien desde el principio, es que lo sabés. No hace falta pensarlo tanto.
Lo miré, más tranquila. Y por primera vez en mucho tiempo, no sentí que estaba actuando o esperando a que todo se derrumbara. Solo… estaba. Con él. Con ellos. En este pequeño caos compartido que, por alguna razón, se sentía como mi nuevo y pequeño hogar. Único y mío.