La universidad tenía ese ritmo implacable que te arrastraba con ella. Un día estabas viendo una película en el cuarto con un chico que te hacía latir el corazón como si estuvieras corriendo una maratón, y al siguiente, estabas desayunando apurada con un resumen en una mano y el café en la otra.
Los días comenzaron a mezclarse en una rutina extraña pero cómoda. Dan y yo no habíamos hablado de "qué éramos", pero sus dedos buscaban los míos bajo la mesa del comedor, me esperaba en la puerta de mi clase opcional de Historia Moderna y, por las noches, se colaba en mi cama con alguna excusa absurda como que su colchón estaba muy duro. Yo me hacía la escéptica, pero lo dejaba quedarse.
—No ronco —me decía cada vez que lo molestaba.
—Claro que sí. Eres como un koala asmático.
Ireland lo había notado. Al principio, se reía y bromeaba, empujándonos con los codos cuando nos veía demasiado cerca. Pero con los días, sus bromas se volvieron menos frecuentes, su mirada más distante. Empezó a salir más, a quedarse menos en el cuarto. La notaba inquieta, como si algo le incomodara pero no supiera ponerle nombre.
Hasta que una tarde, mientras yo me cambiaba de ropa para una clase, soltó lo que venía masticando en silencio.
—¿No les parece raro?
—¿El qué? —pregunté, sacándome la remera.
—Ustedes dos. Todo esto. Tan rápido.
Me giré para mirarla. Estaba sentada en su cama, con las piernas cruzadas y una lapicera entre los dedos, girándola sin parar.
—¿A qué te refieres? Creí que no estabas mal con esto...
—No sé. A que son ustedes dos. Mi mejor amiga y mi hermano. Como que… No sé, siento que se me mezclaron los espacios.
Me mordí el labio inferior. Entendía lo que quería decir, aunque no me gustaba cómo sonaba.
—No estamos haciendo nada raro, Ire. Solo…
—Se gustan, lo sé. No soy ciega, puedo darme perfectamente cuenta. Solo digo que… es raro. Antes eras mi cable a tierra, y ahora siento que tengo que pedirte turno para hablar.
Eso me dolió más de lo que esperaba. Caminé hasta ella y me senté a su lado.
—Perdón. No fue la intención. Me dejé llevar, y no pensé en cómo te podía hacer sentir a tí.
Ella suspiró, y apoyó la cabeza en mi hombro.
—Te quiero, Zara. En serio. Solo… no quiero perderte.
—No lo vas a hacer. Te lo prometo.
Nos abrazamos un rato, en silencio. Pero esa conversación dejó una pequeña espina. No una que doliera todo el tiempo, pero sí de esas que notas cuando todo está en calma.
Y justo cuando las aguas parecían calmarse, apareció Valentina.
La chica perfecta. Alta, de piernas larguísimas, sonrisa de revista y voz suave. Había estado de intercambio en Berlín y acababa de volver. Había sido compañera de Dan en su primer año. Y según los rumores, más que compañera.
La vi por primera vez en la cafetería, cuando se acercó a nuestra mesa con una sonrisa que no supe si era genuina o ensayada.
—¡Dan! —dijo, inclinándose para abrazarlo —. Casi no te reconozco ¿Eres tú o te clonaron?
Dan sonrió, algo incómodo.
—Hola, Val.
—Estás más grande. Más… todo. ¿Y esta es tu chica nueva? —preguntó en apariencia despreocupada pero que automáticamente me hizo sentir incómoda. "Maldita perra".
Yo levanté una ceja. Y Dan carraspeó.
—Ella es Zara. Mi… amiga.
Ajá. “Amiga”. Como si no hubiera dormido en mi cama las últimas cinco noches esa semana.
Valentina me estudió con una mirada rápida y precisa. Como si supiera leer entre líneas.
—Un gusto —dijo, y me ofreció la mano. Tenía las uñas perfectas y un perfume caro que me irritó sin saber por qué, de inmediato.
Después de charlar un poco, se fue, pero dejó algo flotando en el aire. Una incomodidad nueva. Una especie de presencia fantasmal que ahora rondaba cada vez que Dan y yo estábamos juntos.
—¿Quién es ella? —le pregunté esa noche, cuando nos quedamos solos.
—Una historia vieja —respondió él—. No terminó mal, pero tampoco cerró del todo.
—¿Y qué quiere ahora?
Él se encogió de hombros.
—No lo sé. Pero no quiero que te preocupes por eso.
Quise creerle. Quise confiar en lo que habíamos construido en esas semanas. Pero algo en la forma en que Valentina lo miraba, en cómo Ireland parecía más lejana y en cómo yo misma me sentía, me decía que la calma iba a durar poco.
Porque nada se mantuvo sencillo por mucho tiempo en mi vida. Y menos cuando mi corazón empezaba a involucrarse.
Los días siguientes a la aparición de Valentina fueron… extraños. Como caminar por un campo minado sin saber en qué momento una sonrisa se convertiría en una explosión.
Ella no aparecía todo el tiempo, pero cuando lo hacía, sabía exactamente cómo colarse en los espacios entre Dan y yo. Una palabra dulce por acá, una anécdota compartida allá. La típica risa que solo entendían ellos dos. Y yo, observando desde la periferia, con una incomodidad que trataba de no dejar notar.
Ireland también estaba rara. Más seca, más distante. Pasaba más tiempo con sus nuevos amigos de literatura alternativa, y cada vez que me veía con Dan, soltaba un suspiro. No de fastidio, sino de resignación.
—¿Todo bien con tu hermana? —le pregunté a Dan una noche, mientras él se sentaba a mi lado en la cama, con un paquete de galletas entre las manos.
—Sí. O eso creo. Está en una de sus fases.
—¿Y con Valentina?
Él me miró de reojo. Sabía que la pregunta estaba al caer.
—No hay nada con ella, Zara. Te lo dije.
—No te creo capaz de mentirme, Dan. Pero sí de no contarme todo.
Se quedó en silencio. Me dio una galleta.
—Fue una historia sin definición. Estábamos bien, pero ella se fue a Berlín, y las cosas quedaron en pausa. No hablamos más. Nunca pensé que iba a volver.
—¿Y ahora qué quiere?
Dan se pasó una mano por el pelo. Lo hacía cada vez que algo lo sacaba de quicio.
—No lo sé. Pero en este momento estoy aquí ¿No?
Quise creerle. Y por un rato, lo hice. Nos besamos despacio, con esa ternura que ya me era familiar. Pero algo en mi pecho se mantenía alerta sin poder evitarlo.
El viernes llegó con una invitación que no esperaba.
Ireland abrió la puerta de la habitación con una expresión indescifrable.
—Valentina organiza una fiesta esta noche en el departamento de una amiga. Invitó a todos… y dijo que tú también puedes venir.
Yo me giré desde el escritorio.
—¿“Puedo”? Qué generosa.
Ireland se encogió de hombros.
—No sé. Capaz quiere limar asperezas.
—O humillarme en público.
—Bueno, eso también podría ser.
La miré. Su sonrisa era débil, pero al menos era algo. Así que asentí.
—Ok. Vamos.
La fiesta era en un departamento enorme cerca del campus. Había luces tenues, música chill y demasiada gente con vasos rojos en la mano. Valentina estaba en el centro de todo, como una pop star.
Cuando nos vio llegar, se acercó con una sonrisa felina.
—¡Zara! Qué bueno que viniste.
—No me lo iba a perder por nada del mundo —dije con una sonrisa más fingida que la suya, pues a perra, perra y media.
Dan apareció poco después. Nos saludó a las dos con un beso en la mejilla y un “qué bueno verlas juntas” que me pareció innecesariamente suizo.
Ireland desapareció casi al instante, probablemente buscando vino o aire. Y yo me quedé parada junto a la isla de la cocina, observando cómo Dan y Valentina hablaban. Ella reía y le tocaba el brazo, inclinándose apenas hacia él como si fuera lo más natural del mundo.
Y entonces me llegó un mensaje. No de Dan. De un número desconocido:
Desconocido: No te confíes tanto. Ella no volvió por Berlín. Volvió por él.
Se me congeló la sangre al instante. Miré a mi alrededor, como si pudiera descubrir quién lo había mandado con solo levantar la vista.
Otro mensaje:
Desconocido: Y eso que todavía no sabés lo peor.
Sentí un nudo en el estómago. Cerré el celular, apreté los labios y fui hacia la puerta. Necesitaba aire.
En el pasillo, me apoyé contra la pared y traté de respirar. No quería hacerme la cabeza, pero ya estaba hecha. Hasta que escuché dos voces detrás de la puerta del baño. Una risa. Una carcajada suave.
La puerta estaba entreabierta.
No quería mirar. No debía.
Pero lo hice.
Y lo que vi me heló.
Valentina y Dan. No besándose. Pero demasiado cerca. Ella le acariciaba el rostro. Él tenía las manos en los bolsillos, pero no se apartaba. Parecía confundido. O atrapado. O simplemente… tentado.
Dí un paso atrás. Otro mensaje entró al teléfono:
Desconocido: ¿Quieres saber qué pasó realmente antes de que ella se fuera?
Y abajo, una ubicación.
Mi corazón retumbaba en los oídos. Cerré los ojos. Cuando los abrí, Ireland estaba frente a mí, con la cara ligeramente desencajada.
—¿Qué pasó?
Le mostré el celular. Ella lo leyó. Luego me miró, con una mezcla de miedo y sospecha.
—¿Vas a ir?
—Tengo que saber.
—No vayas sola.
—¿Vas a venir?
Me miró. Dudó. Y finalmente asintió.
—Siempre.
Caminamos en silencio hacia la salida. Dejando atrás la fiesta, a Dan, y a esa imagen que ya no podía borrar de mi cabeza.
La noche estaba por cambiarlo todo.