El día siguiente amaneció con la ciudad envuelta en una neblina suave, como si el cielo hubiera decidido darnos un respiro. Me desperté sola. El espacio a mi lado estaba aún tibio, y en la mesilla descansaba una taza de café humeante, junto a una nota doblada con precisión casi ceremonial. "He bajado a correr. Vuelvo antes de que puedas echarme de menos. D." Sonreí. Porque ya le echaba de menos. Me levanté despacio, envuelta en la camisa blanca que aún olía a su piel. Caminé hasta la ventana. El cristal estaba empañado por el contraste entre el calor de la habitación y el fresco del exterior. Apoyé la frente contra él y cerré los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía miedo. Después de la intensidad, de los gestos que no eran sólo físicos, sino profundamente emocionales, algo

