Salí de aquella sala de reuniones con el corazón en la garganta. Sonreí por inercia, por costumbre. No sabía muy bien cómo logré mantenerme entera, cómo mi voz no tembló, cómo mis manos no dejaron caer los papeles. A cada paso sentía que las paredes del edificio se me venían encima. No me giré. No podía mirarle. Llegué a mi oficina como quien huye de algo que todavía no se atreve a nombrar. Cerré la puerta con cuidado, dejé los documentos sobre la mesa, pero no me senté. Me acerqué a la ventana, crucé los brazos y respiré hondo. Necesitaba aire, aunque estuviera dentro. Pocos segundos después, escuché un golpe suave en la puerta. Supe que era él. —Zara… ¿puedo pasar? No me giré. —Pasa. Supe que dudaba, que caminaba con esa manera suya de quien no quiere hacer ruido. Sentí su mirada e

