El taxi esperaba en la puerta con el motor encendido. La maleta estaba junto a mí, el asa tensa entre mis dedos, como si soltarla fuera una especie de rendición. Dan estaba de pie frente a mí, con las manos en los bolsillos y esa expresión en el rostro que tanto conocía: mezcla de orgullo, miedo y una tristeza cuidadosamente contenida. Me acerqué. Él me abrazó fuerte. Fuerte como si al soltarme pudiera perderme. —¿Estás segura? —preguntó, su voz baja junto a mi oído. —No —dije con una sonrisa triste—. Pero necesito hacer esto. Aunque me tiemblen las piernas. Aunque me duela dejarte aquí, aunque sea solo por un tiempo. Se separó apenas, lo justo para mirarme a los ojos. —Vuelve —susurró—. Si esto es lo que necesitas, hazlo. Brilla. Pero vuelve. Le acaricié la mejilla con los dedos, gr

