Salí de su casa con el abrigo colgado del brazo y una sonrisa difícil de borrar. La mañana era clara, de esas que huelen a pan recién hecho y a comienzos tranquilos. Henry cerró la puerta detrás de mí y, sin decir nada, empezó a caminar a mi lado. —¿Vas a acompañarme hasta el metro? —pregunté, sin mirarlo, aunque ya conocía la respuesta. —Voy a acompañarte hasta tu casa —respondió, como si fuera lo más lógico del mundo. Le lancé una mirada de esas que mezclan ironía y cariño, pero él solo sonrió, metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta. —Henry… —Sí, sí, ya sé —me interrumpió antes de que pudiera decirle lo obvio—. Eres fuerte. Independiente. Una mujer que lo puede todo. Ya me lo dijiste antes, y te creo. Se detuvo un segundo, justo en una esquina donde el sol le dibujaba l

