—Quería decirte que lo siento. Lo miré. No era una frase vacía. No venía de la culpa fácil. Lo vi en sus ojos. —Lo siento porque… —continuó— porque pagaste los platos rotos de algo que no tenía que ver contigo. Me cerré. Me escondí detrás de mi decepción. Me dejé ganar por el orgullo. Y tú estuviste ahí, y aun así… te dejé fuera. Mis labios se entreabrieron, pero no dije nada. Porque no quería interrumpirlo. Porque necesitaba escuchar todo. —Me sentí pequeño —añadió—. Fracasado. Y cuando uno se siente así… busca aislarse para no mostrar esa versión rota de sí mismo. Pero contigo no tenía que esconderme. Lo sé. Lo supe siempre. Y aun así lo hice. Se giró hacia mí. Esta vez me miró de frente. Sus ojos tenían algo herido, pero también una ternura que no recordaba tan claramente desde hac

