La noche había avanzado sin sobresaltos. Las conversaciones, los brindis, las miradas cómplices entre Dastan y yo. Todo parecía fluir con esa armonía delicada que uno no se atreve a romper. Pero lo que realmente me acompañaba en el pecho no era el vino ni los elogios, sino las palabras de Lilian. Nunca pensé que encontraría en su sinceridad algo parecido a una bendición. Ni que sus recuerdos terminarían calmando los míos. Estábamos en el jardín trasero, lejos del bullicio del salón principal. Las luces eran tenues, los setos perfectamente podados, y sobre nosotros brillaban unas pocas estrellas, venciendo como podían el resplandor de la ciudad. Dastan tenía la chaqueta colgada del antebrazo y los primeros botones de la camisa abiertos. Me observaba en silencio, como si aún no supiera có

