Capítulo 4

3601 Words
Cómo tal le había mentido a mi padre sobre el campamento en el instituto, creyó mis palabras tras años y años de sinceridad pura. Jamás había dicho una mentira, y aquella era la primera en cruzar la línea de la zona ‘‘sinceridad’’ a la zona ‘‘mentirosa’’. Claro, estaba la parte más creíble que por alguna razón SÍ corría peligro en ese momento. Y claro estaba, la otra parte en que debía esconderme como huir de Mike. Todo ese mal rollo de la fiesta, y mi tonta absurda decisión. Daniel no estaba contento. Conducíamos en los coches por separado, Daniel y yo en el de papá, Lisa y Rob en el suyo. Podía jurar que el novio de Lisa se comportaba extraño, no había saludado excepto de la esforzada sonrisa que nos esbozó. Y con decir que Daniel, en ese entonces del saber que debía cargar con una mentira, ya comenzaba a pensar que valía madre. O ya valí desde el primer principio que comencé a contar eso; valí todo el tiempo del mundo. Una putísima madre. Cómo correr un riesgo fuera un juego, no estaba en plan de ser Nancy Drew y descubrir el misterio de los partidos de póker. O decubrir a Mike, ni siquiera estaba en mis planes. Me reincorporé luego de que Daniel se hubiera bajado a comprar snacks para el tramo que nos faltaba. No era lejos, pero la ruta de noche era peligrosa. Recibí el paquete de papitas fritas, mientras que él abría una Seven-Up al frente de mis ojos. Lisa y Rob se habían adelantado, al muchacho no le agradaba nuestra presencia y no nos miraba ni siquiera un poquito. Qué testarudo. Tomé un sorbo de la botella. Daniel, con un gesto tierno como audaz, limpió con su pulgar mi comisura mojada por culpa de la bebida. Me alejé un instante, sintiendo que aquello provenía de algo que no era correcto y seguramente Aaron le hubiera golpeado por hacerme ese tipo de cosas cursis. Tapé la bebida, guardé las papitas fritas y apoyé mi rostro totalmente en la palma de mi mano. —Estaba pensando qué... —soltó Daniel de repente, me giré apenas un poco para visualizarlo apenas con la poca luz en el coche—, ¿por qué ir al instituto si te puedes ir conmigo? No digo que escapemos, pero, podríamos ir a Suiza en vez de estar en esta mentira acechadora. ¿Crees que nuestro padre realmente nos crea? Me quedé perpleja ante la indecisa propuesta de Daniel. —¿Qué dices? Lisa nos debe estar esperando, vayamos al instituto. No quiero ir a Suiza contigo, Daniel. Lo nuestro no funcionará jamás, somos hermanastros; ¿no lo recuerdas? —espeté con seguridad, aunque ya comenzaba a incomodarme aquel momento. —¿Y a quién tiene que importarle que seamos hermanastros? —A todos. —Respondí secamente. —¿Con decir todos... te refieres a Aaron y los demás? —preguntó por mera curiosidad. Le asentí girando mi cabeza para mirar la ventanilla. Aunque lo oportuno fue después, cuando sentí su mano fría tocarme la pierna izquierda. De un ademán le alejé la mano. Daniel al parecer captó aquella decisión, pues había algo dentro de mí que decía que aquello no era correcto aunque no fuera mi sangre. Mi conexión se iba estirando poco a poco en dirección a Aaron. Quizás en la forma de cuidarme y protegerme aquella noche, pero aunque fuera medio idiota y salvajemente un cretino, comenzaba a gustarme su actitud; en vez de la cursilada amarillenta y fogosa de Daniel. De todas formas, estaba mal. —Apresuráte, nos deben estar esperando. Aunque mi furia comenzaba a crecer, Daniel obedeció. Arrancó el coche y salimos disparados al instituto. Lo bueno, es que el resto del viaje fue puro silencio. Ni siquiera tenía ganas de dirigirle la palabra, y aunque fuera por hablar de «nosotros», no podría aguantar dos segundos sin pronunciarle a Aaron o Lisa. —Sé que debes estar enojada, pero creería que si cambiaras de opinión... tú y yo podríamos ir a un hotel esta noche y no ir a la pintoresca casucha de ricos, además creo que... —¡Cállate, Daniel, ya cállate! —exclamé furiosa, provocando que él frenara sin dudarlo dos veces—. ¡No quiero ser nada de ti! ¡No me gustas! ¡¿Puedes dejar de hacerme creer que esto es amor?! ¡¿Tú que coño entiendes del amor?! Se quedó callado presionando sus manos contra el volante, mientras que sentía subir y bajar mi pecho con perfecto descontrol. Retomamos la ruta de nuevo, llegando al instituto en pocos minutos. Me bajé al ver que Wesley nos estaba esperando en la entrada, Lisa se despidió de su novio mientras que Daniel me ignoraba. Ni siquiera había bajado a quitar mi maleta del baúl. Ni siquiera en decirme algo después de mi grito, y se lo merecía. Se fue de inmediato, aunque Rob quedó siendo un buen príncipe junto a su amada Lisa. Se despidieron con un beso, largo y super cursi. Entré junto a Wesley, aunque notaba un aire pesado y algo tenebroso en el instituto. Algunas chicas que no iban junto a sus padres, y otras que saludaban a Lisa en cuanto entró. Wesley nos indicó, que por tener nuestra sala vacía, dormiríamos en las suites que quedaban a disposición sólo los fin de semanas. Las suites del instituto, tenían dos camas grandes y un baño exclusivo para no tener que recorrer el pasillo oscuro con una interna a pila. Me había encantado la idea, salir de la rutina al menos un poco o disfrutar de que aquel peligro estaba siendo un rico sabor al gusto de quedarse en el instituto el fin de semana. No era mi elección, era el de Daniel y Aaron, qué con gusto acepté. No tenía otra opción más que esa, o fingir irme de vacaciones lejos de Sicilia. Acomodé mis maletas en la cama, Lisa llegó después. Visualicé a Wesley correr apresurada detrás de Lisa, quién se asustó a la llegada de la temerosa Morticia Addams. Su cabello estaba suelto y desordenado, con el pecho subiendo y bajando. Le señaló a Lisa que se corriera, así visualizarme mejor. —Mae, alguien quiere verte. —¿Verte, Mae? ¿Quién puede ser a esta maldita hora? —se quejó Lisa. —Señorita Wang, en este instituto no le enseñamos a maldecir... —espetó Wesley. Me quedé pensativa, aunque mi pregunta fue directa y sencilla: —¿Te ha dicho quién es? —Aaron, me dijo que se llama así —respondió Wesley, esbocé una sonrisa de oreja a oreja, ¡ni siquiera esperaba su visita!—. Sólo dijo que bajes de inmediato, quiere darte algo. Le sonreí como loca a Lisa, e inmediato fui detrás de Morticia. En cuanto llegué a las escaleras, ella se quedó en el primer peldaño. Aquello comenzaba a serme más raro aún. Bajé aquella escalera que parecía de caracol hasta llegar abajo de todo, y mi sorpresa resolvió aquella duda en la cabeza al ver a Wesley algo desesperada. Era Mike. Vestía de una ropa muy oscura, y visualizaba su arma. No habían guardias, excepto dos que estaban siendo interceptados por los hombres de Mike. Bajé el último peldaño, mirando sus ojos tan profundos como misteriosos. Una sonrisa me desveló del poco sueño que tenía, dejando atrás el mismo aire pesado contra las paredes. —Cariño, ¿no vas a darme un beso? —preguntó, tirando de mi mano para luego de un ademán, bastante posesivo, besarme la mejilla. Miré a Wesley quién me observaba desde el balcón que daba una vista al gran salón principal. Se escondió nuevamente detrás del umbral del pasillo, dejándome sola como descuidada de aquel desconocido que comenzaba a darme más miedo. Y juré por todos los dioses, que Aaron pudiera estar en ese momento. Apreté mis puños contra la falda de mi vestido, tocando sin querer el teléfono celular que tenía debajo de la pequeña faja para disimular estar más delgada. De repente, ese teléfono vibró con fuerza y comenzó a darme un masaje como cosquilleo. —No. Y debes irte, porqué ahora debo irme a dormir, no puedo asistir a tu juego de póker abusivo para ponerme de premio —respondí con valentía, Mike rio apenas. —¡Por todos los cielos! ¿Tan malo me veo? —espetó estirando un poco sus brazos hacía sus costados—. Cariño, te traje algo especial... —agregó, entregándome una caja envuelta en un papel de regalo. La abrí sin dudas, nuevamente visualizando a Wesley. Era un teléfono celular nuevo. —Debes usarlo para tenerte cerca de mí, ni siquiera se te ocurra tirarlo o hacer algo —farfulló—. Debo saber qué haces y qué no haces. De esta forma, te tendré conmigo siempre. Miré a Wesley quién bajaba de las escaleras, peldaño por peldaño. Disimuladamente, me señaló el teléfono cómo si no lo tuviera que aceptar, aquello estaba prohibido, pero una amenaza era la que Mike había colocado sobre ella, ya que cuando él la miró Wesley escondió su mano detrás de la falda recta rojiza. —No debemos utilizar teléfonos aquí dentro, y además... Mike me interrumpió con un chasquido proveniente de su mano derecha, con la otra comenzaba a tocar suavemente su arma. Wesley subió un peldaño, pero se quedó congelada al ver que Lisa no estaba viendo al otro lado de los grandes balcones que rodeaba la sala. Así también como las pocas alumnas que quedaban ese fin de semana. —Tú harás lo que yo te diga, ¿está claro? Además, tu querida y sobreprotectora directora, te dejará usarlo. ¿Verdad, señorita Wesley? —dijo demasiado seguro de su orgullo. Wesley asintió—. ¿Lo ves? No hay nada de qué temer. Y aunque mi valentía se había disminuido, uno de los guardias comenzaba a forcejear contra uno de los otros hombres de Mike. Él, con su valentía de querer impresionarme con aquella dinastía inexistente, sujetó el arma con fuerza y jaló el gatillo. Detonó una bomba de sensaciones que centrifugaban dentro de mi interior, aquella bala impactó contra la cabeza del guardia, dejándolo en el vacío de una peligrosa muerte. Cayó al suelo a los pies de aquellos hombres, y con un poco de dignidad reunida dentro de mí, grité al cielo tratando de controlar la situación. Algo que volvió a fallar. —¡Por favor, no! No hagas más daño, por favor —supliqué, temblando junto a mis piernas que apenas podían mantenerse en una posición recta—. Ya basta, vete. Déjame en paz, no seré tuya ni de nadie. Mike se removió indeciso. —No haré nada que tú no quieras, excepto que si me pides nuevamente que me vaya —respondió secamente, tomándome del brazo—. Por eso, te vendrás conmigo. —Negué rápidamente, mirando en dirección a Wesley—. Tu directora ya te ha dado el permiso, ¿no es cierto, vieja amargada? —¡Lo siento, Mae! Yo... —pero nada más pudo decir, en cuanto alguien la empujó por la espalda, haciéndole caer por el balcón hasta que su cabeza, de una forma literal, explotó contra el suelo del salón principal. Gritos de ayuda desesperantes, las chicas comenzaron a correr y Lisa se escondió por su seguridad. Fui arrastrada por Mike hasta la entrada, pero traté de zafarme de su agarre. Me dolían las piernas de tanto detenerme por mi cuenta, que hasta le pateé en las piernas para que se detuviera. Aquel teléfono de regalo se resbaló de mis manos, pero fue inoportuno en cuanto Mike se detuvo frente a los peldaños de la entrada, y la voz que frenéticamente habló desde una distancia mínima, sacudió mi corazón por completo. —¿Adónde te la llevas, Mike? Miré por curiosidad, y ver a Aaron parado con su coche por detrás, hizo que mis sentidos de protegerme a mi misma despertasen de su sueño más profundo. Mike me sostuvo con más fuerza aún, pues me tenía sujetada de una manera violenta y posesiva. Aaron se acercó apenas unos centímetros, y Mike retrocedió como si le tuviese miedo. —A tú, el príncipe encantador queriendo salvar a su princesa. Pero lamentablemente, el ogro —y se señaló a si mismo con su arma— se adelantó y te ganó el puesto. —Ah, de idiota no tienes nada. Pero darme un ejemplo al estilo de Shrek, te hace ver cómo un fracaso total —respondió Aaron—. Ahora, me darás a Mae y nadie saldrá herido. Mike rió a carcajadas. —Tú, ¿y qué ejercito me traes ahora? —soltó dándome un empujón hacía los peldaños anteriores. Caí de rodillas, ensuciando mi piel que comenzaba a ser lastimada por las baldosas flojas de la entrada. —No creo necesitar un ejercito de personas —espetó—, no soy un cobarde como tú. Contemplé el orgullo de Mike ponerse de pie al frente de él, dejando el arma a un costado de sus pies e invitado a Aaron a una pelea mano a mano. Sin dudas, Mike fue el primero en lanzar el primer puñetazo. —¡No! ¡Detente, por favor! —grité tratando de ir junto a ellos, pero uno de sus hombres me sostuvo de los brazos, haciéndome doler hasta el punto exacto que sentía que se me adormecían. Entre forcejeo y puñetazos por el aire, Mike comenzó a asfixiar a Aaron contra el pavimento. Con desesperación de ser salvada por aquel «príncipe», me zafé del agarre del tipo rudo, y entré en busca de alguna varilla de las paredes, que colgaban como decoración, para detener a Mike de la absurda pelea. No podía admitirlo, pero debía. Tanto él como Aaron se peleaban por mí, y según todos los libros absurdos juveniles, cuando dos hombres se pelean por una mujer significa que ambos están enamorados de la misma. Tomé la varilla con mis dos manos, siendo advertida por Lisa de que no corriera peligro. De un grito ligero, le avisé que se entrará a las habitaciones como las demás niñas que me veían con la varilla en mano. En cuanto uno de los hombres entró violentamente en busca de mí, corrí rápido hacía la entrada y salté los peldaños para buscar el cuerpo de Mike oprimiendo el de Aaron contra el suelo. Y de un ademán rápido, tan veloz como los murciélagos del castillo de Transilvania, le pegué con la varilla en la cabeza a Mike, quién cayó rendido y —a mi primer parecer— muerto como un venado disparado anteriormente. Tomé a Aaron de los brazos, quién se reincorporó como más pudo. Lo llevé hasta su coche, aunque antes le quité las llaves. Recordé las tantas veces que Daniel me había enseñado a conducir, y dispuse en llevármelo lo más lejos posible. Aquel coche de furia, de terreno y alineado a una fantasía de ricos, calentó su motor al máximo en cuanto nos alejamos del campo del instituto. Ya recorríamos unos par de kilómetros, cuando de repente perdimos de vista a las camionetas de los hombres de Mike. —Mae... —susurró Aaron a mi costado—, ¡Mae! Frené de golpe, había recuperado la conciencia un poco después de haber chocado mis pechos contra el volante. Aaron me miraba, aunque yo sentía su mirada en mí mientras miraba la nada dentro de la furia que me había consumido al verlo en peligro. Se lo debía, le debía mucho más por salvarme de Mike aquella noche. Ahora yo lo salvaba a él de aquel monstruo horripilante. Me bajé del coche, Aaron me siguió por detrás. Y aunque mi pecho subía y bajaba por la adrenalina obtenida de algún lugar —y tras verme película por película de Rapidos & Furiosos—, me sentí la heroína en ese momento. Mis lágrimas salieron sin avisarme, aquel acontecimiento estaba siendo marcado en mi vida de por vida. Aaron se aproximó adelante del coche, mientras que con la furia que aún habitaba en mi corazón y la angustia que comenzaba a crecer dentro de mi mente, abracé a Aaron con rapidez y hundí mi rostro en su pecho. A los segundos, sentí sus brazos rodearme por completo la cintura. Me había abrazado después de reaccionar que comenzaba a destruirme pedazo por pedazo, vena por vena. —Pensé que no ibas a venir nunca, pensé que me dejarías y jamás regresarías —solté entre sollozos, pero Aaron sólo se mantuvo en silencio—. Por Dios, pensé que te iba a matar, y no sé de dónde salió eso de mí. Te lo juro, Aaron, te lo juro. El silencio permaneció alrededor nuestro. Faltaba una cosa más, quizás un beso de agradecimiento. Pero aplané mis labios al sentir que sus brazos de repente me soltaron, y sus manos me sujetaron los hombros. Por primera vez pude ver lo grises que eran sus ojos a la luz de la ruta y de la luna, por primera vez vi que él era tan perfecto como temerosamente imperfecto. —Mae —soltó de repente—, vine por ti porqué... Y no pudo decirme el resto. Se quedó en silencio contemplando mis ojos. Se relamió los labios en el auxilio de desear los míos con una frenética atracción algo confusa. Tenía tantas ganas de besarlo, que aparté mi mirada por vergüenza pura. Nuevamente me abrazó, y entonces, después de estar por un largo tiempo de esa forma, subimos nuevamente al coche. —Jay me advirtió que tu teléfono había sido interceptada por una señal no registrada, entonces supe que Mike te había encontrado —farfulló tomando el volante con fuerza, apretando la dura tela contra la palma de su mano—. Vine aquí luego de cruzarme a Daniel quién no se detuvo ni para decirme que te había dejado allí. Supe entonces, que entre ustedes la cosa iba mal. ¿Entre «nosotros»? —Supongo que debo agradecerle a Jay por esto... —interrumpí antes de que comenzara a recitarme un largo sermón en base a Daniel. Ni siquiera quería oír su nombre, ni saber de él. Todo lo ocurrido se debía a su culpa, y a su astucia de querer forzarme a enamorarme de él. Eso jamás iba a ocurrir teniendo a Aaron delante de mí. Suspiré agitada luego de mirarle a los ojos, pues nos dirigíamos a su casa, aunque él no estaba muy seguro de seguir con ese plan de protegerme en su totalidad. En cuanto llegamos a esa casita del bosque ocultada en alguna parte de Malibú, volví a suspirar sabiendo que iba a estar en paz y segura. En cuanto nos bajamos del coche, Aaron me explicó que seguramente no estaríamos aquí. Que le avisará a Daniel e hiciera alguna mentira para que mi padre se fuera de nuevo a Dubai u otro viaje de negocios. Tratar de ocultarnos por un tiempo, incluyendo a Lisa. No debía tener contacto con ella, ni nadie a quién Mike pudiera lastimar ni hacer daño. Asentí a cada palabra, reconociendo que estaría en peligro nuevamente gracias a qué nuestros planes no eran los mejores, pero tampoco podíamos exigirnos a ser perfectos. Nuestra valentía disminuía, pues el hecho de mi defensa había servido a qué Aaron se diera cuenta que no era como sus «noviecitas». Y qué seguramente, con el tiempo reconocería que podría ser mejor que cualquier otra cosa, e incluyendo a rechazar a Daniel por intentar algo con él; aunque lo de Daniel ya estaba aclarado. Y entonces recordé todo lo sucedido. Me había dado cuenta que tanto el guardia como Wesley habían muerto. Mis alertas despertaron al acordarme que había dejado a Lisa allí, en peligro y sola. Aunque quisiera escapar, sabía perfectamente que a Aaron esa idea le parecería tan absurda como alocada. Solté más de una lágrima antes de ingresar a su casa, disimuladamente me las limpié en cuanto Aaron me hizo pasar a su mansión de ricachones afortunados. Jay me recibió con un gran abrazo, y vi a Aaron alejarse por completo de mí. —¡Por todos los cielos! ¿Estás bien, Mae? —espetó Jay con suma preocupación. —Sí, gracias a ti. —No debes darme las gracias a mí, yo soy el nerd de las computadoras —se encogió de hombros mientras señalaba a Aaron caminar por el pasillo—, debes agradecerle a él. Con una sonrisa asentí, y en cuanto devolví mi vista hacía Jay, lo abracé nuevamente para darle las gracias una vez más. Aquella noche iba a ser inolvidable para mí, en cuanto a todo lo ocurrido, había aprendido que por más que quiera salvarme del peligro, siempre aparecería El Zorro a querer destruir con su espada a todo aquel enemigo que quiera aprovecharse de mí. Qué no podía forzar mi querer por alguien a quién no le pertenecía, a quién no merecía mi amor. Y aunque fuera por decisión propia, confirmaba poco a poco lo rudo que era Aaron y lo mucho que me gustaba que fuera de sincero conmigo. Sólo faltaba una cosa: Conocerlo. Era como un escape sin salida, lleno de paredes altísimas y cocodrilos en pantanos. Me recordaba a la valentía de Indiana Jones, y también me recordaba a la locura que había vivido minutos atrás. Lo único que pedí, fue a Dios que mis padres estuvieran bien. Qué Lisa estuviera viva, y que Wesley no hubiera muerto. Aunque todo lo que pedía, en realidad, era en vano.
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