Entonces mi madre le respondió:
.— Me gustan mucho las sorpresas, pero faltan algunas otras sorpresas. Aquí trajimos, una torta de piña, una coca cola, y muchas galletas, para compartir con ustedes.
Mi tía Isabel, nos invitó a pasar en su casa, todos nos sentamos en el frente de la casa, y salieron los primos, y también el esposo de tía Isabel, salió para estar allí con nosotros.
Algo que nos llamó mucho la atención fue, que muchos vecinos se acercaron a la casa de mi tía Isabel, para saludar con mucho cariño a mis padres. Mis padres tardaron más de una hora para entrar a la casa de mi tía Isabel.
Luego que entraron yo le pregunte a mi padre:
.— ¿Por qué te conoce tanta gente en este sector?
Esa pregunta se la hice delante de todos los que estaban allí.
Entonces mi padre me respondió:
.— Hijo, lo que sucede es que esta es la casa que yo le compre a tu madre cuando nos casamos, y cuando nos íbamos para Venezuela, se la vendimos a tu tía Isabel, exactamente como la ven ahora, así era cuando se la vendimos, hasta los corotos que están dentro de la casa, son los mismos que yo le vendí.
Mi tía Isabel, irrumpió en la conversación y dijo:
.— Hay algo inconcluso que existe en este negocio de la casa, que debemos resolver hoy, mira José, cuando te fuiste a Venezuela, yo solo te abone la mitad del precio de la casa, y te quede debiendo la otra mitad, ahora que estás aquí, te voy a cancelar el restante, para que firmes los documentos de propiedad de la casa, y la pongamos a nombre mío y de mi esposo.
Entonces mi tía Isabel llamo al abogado, para que trajera los documentos de la casa. Y así se resolvió un negocio que duró 23 años.
La tarde fue larga y regresamos a las 10.00 pm, al hotel.
Al día siguiente, se realizaba el desfile de las carrozas del carnaval.
Ese día nos levantamos muy temprano, y salimos a la avenida a ver el desfile, a unos dos kilómetros del hotel, quedaba un centro comercial muy famoso del pueblo, a ese lugar fuimos a buscar lugar, porque allí habían colocado la tribuna principal del desfile, cuando llegamos al sitio, no había lugar para ver el desfile.
Así que nos adelantamos un poco más y encontramos un lugar bastante incómodo. Cuando el evento se puso más interesante, nos fuimos de allí, porque había mucha gente, y chocaban unos con otros, y a mi padre no le gustaba eso, por causa de mi madre y mis hermanas.
Entonces nos salimos de todo ese desorden y nos fuimos a un club, bien retirado de allí, donde había pantalla gigante de televisión y podíamos ver en desfile en pantalla gigante.
Casi terminando el desfile, nos fuimos al hotel, y cuando íbamos llegando ¡Bump! ¡Bump! Escuchamos dos ruidos tan fuertes que se estremeció el carro donde veníamos.
Alguien iba gritando por las calles:
.— ¡La guerrilla está aquí! ¡Están aquí! ¡Vallan a sus casas! ¡Allá están más seguros!
Nosotros y el taxista estábamos es estado de ¡Shock! Realmente no sabíamos que hacer, ya estábamos cerca del hotel, pero mi padre, no quería ir al hotel, porque le parecía un lugar inseguro a causa de los políticos que estaban hospedados en el hotel, porque mi padre estaba seguro de que donde hubiese alguna actividad política, era un punto clave de ataque para la guerrilla. Esto lo hacían los guerrilleros, para mantener sometidos bajo amenazas a los políticos cuando estuviesen gobernando. Mientras nosotros íbamos muy lentos para el Hotel, miles de personas venían corriendo en sentido contrario a nuestra marcha. Escuchábamos los gritos de personas que decían:
.— ¡Fueron dos carros bomba, que explotaron en el centro comercial!
Otros decían:
.— ¡Hay muchos muertos y muchos heridos!
De pronto otros gritaban:
.— ¡Murieron varios políticos y militares en la tarima principal y sus alrededores!
Mi padre no se quería bajar en el hotel, porque podían arremeter contra el hotel, porque allí estaban alojados varios políticos, pero dentro del hotel estaban nuestras maletas, y el dinero de mi padre.
Cuando estábamos a una cuadra del hotel, las calles estaban cerradas por camiones del ejército Colombiano, la policía, y la Guardia Nacional.
Mi padre se bajó del taxi para hablar con un militar,
Y le dijo:
.— Oficial, nosotros estamos hospedados en el hotel Doral, y allí se encuentran todos nuestros equipajes, y necesitamos entrar al hotel.
El militar le dijo:
.— ¿Ustedes no ven noticias?
¿No saben lo que está pasando aquí?
Esperen un momento aquí.
El militar fue hasta el convoy militar, y se trajo 8 militares más, y un periodista con su cámara de televisión.
Como el taxi que nos trasladaba a nosotros era un microbús con aire acondicionado y vidrios ahumados, el militar pensó que allí viajaban guerrilleros.
Que susto para todos nosotros cuando el militar llego a nosotros, muy nervioso, y con un tono de voz muy agresivo.
Cuando el militar se acercó a mi padre le dijo:
.— Coloque lentamente sus manos sobre su cabeza y péguese al carro.
Luego el militar tomo un alta voz y dijo:
.— ¡A todos los que están dentro del microbús, salgan uno por uno, con sus manos en la cabeza, y se pegan al carro.
Cuando todos ya habíamos salido del microbús, varios militares revisaron el microbús, por dentro, por debajo, y por fuera.
Mientras que eso sucedía mi padre pregunto:
.— Oficial, perdone mi pregunta;
¿Usted no se da cuenta de que esta es una familia?
El militar lo interrumpió y le dijo:
.— Por favor, no moleste,
¿O no se da cuenta de que estamos trabajando?
Mi padre se quedó callado, pero con mucha impotencia de no poder ayudar a su familia en esta situación. Mientras estas cosas nos sucedían a nosotros, iban llegando al hotel los políticos y los militares que estaban alojados en el hotel junto con nosotros, también venía con ellos el Gerente del restaurante, iban llegando por el mismo lugar donde nosotros estábamos siendo maltratados por unos militares, pero como estas personas venían en carro militar solo bajaron los vidrios de las ventanas del carro, y los militares les hacían seña que siguieran adelante. Pero sucedió algo importante, que todos los militares y el político, preguntaron:
.— ¿Qué pasa aquí? ¿Quiénes son esas personas?
Cuando mi padre escucho la voz del Coronel, inmediatamente la reconoció, y mi padre se volteó y le llamo la atención,
Y gritando le dijo:
.— ¡Coronel! ¡Coronel! ¡Somos, los turistas Venezolanos que estamos alojados en el Doral con ustedes!
Inmediatamente todos se bajaron del carro militar, y vinieron a nosotros, y al identificarnos, todos se nos acercaron.
Y el Coronel nos preguntó:
.— ¿Qué les pasó a ustedes? ¿Cómo los han tratado mis compañeros militares?
Y mi padre respondió:
.— Coronel, con mucho respeto, y mucha pena, debo informarle, que todavía no sé lo que aquí está pasando, El Oficial encargado, no me ha dado la oportunidad de hablar, y cuando le pregunte al oficial que está pasando, él solo me respondió, no molestes porque estamos trabajando. Esto se lo digo delante del oficial a cargo, porque todo lo que he dicho es solo la verdad.
Hubo un silencio significativo, el Coronel se retiró por tres minutos de la reunión, conversó con el político, y regresó a la reunión.
Y mirando fijamente al militar le dijo:
.— Cabo, le debes una disculpa a esta familia, y a mí me debes una mejor explicación de lo ocurrido en este lugar.
El cabo se volteó, y se acercó a nosotros, y nos dijo:
.— Reconozco que me he equivocado en la forma que actué con ustedes. Ustedes son una familia honorable, les pido a todos, por favor me disculpen por haberlos tratado de esta forma.
Me siento apenado con ustedes.