Capítulo 6: No puede haber relaciones entre los empleados

1579 Words
Capítulo 6: No puede haber relaciones entre los empleados  Si hubiese tenido que definir con una palabra aquel momento, habría escogido: vergüenza. Carlos nos observó a todos detenidamente con recelo y aparente molestia. Se llevó una mano a la boca y tosió de forma sonora. Yo me estaba preparando para lo peor, aquello daba para que me despidieran. —Tienen razón —dijo el atractivo chef haciendo que mi boca se abriera de par en par. —Fue un impulso y una mala decisión de mi parte el solicitar que cambiaran a la señorita Flores de turno. Que sea inexperta, algo torpe y descuidada no significa que no merezca otra oportunidad. Todos asintieron dándole la razón. Yo en cambio entrecerraba los ojos sin saber cómo sentirme. —Gracias por entender chef Alcántara. Disculpe si no me expresé del modo adecuado —respondió Pedro avergonzado. —No se preocupe. Ya hablé con el señor Cabassi y él está encantado de regresar a la joven Flores a su turno original. Mis compañeros de trabajo aplaudieron y le agradecieron a Alcántara por su acción. Yo permanecía estática sin saber qué decir o qué hacer. Tampoco sentía que tuviese que darle las gracias porque después de todo, él era el que había hecho que me cambiaran de turno en primer lugar. ¿Por qué de un momento a otro cambiaba de idea? ¿Solo por la presión de los demás? Mis compañeros se marcharon luego de un rato dejándome por un breve momento a solas con Alcántara. —Supongo que tienen transporte nocturno —mencionó mirándome fijamente. Asentí. —¿Te molesta si paso a recogerte cuando salgas? —preguntó haciendo que casi me ahogara con mi saliva. Inhalé sin comprender… ¿Aquello realmente estaba sucediendo? ¿Él estaba dando el primer paso? Me sentía nerviosa, nunca antes me había atraído tanto alguien como para sentir todo aquel cosquilleo, aquellas ansias. Asentí de nuevo con más energía. —Me encantaría. —sonreí al verlo y él me devolvió la sonrisa. Mi corazón se derritió, y me fijé en sus amplios hombros una vez que se marchó. El trabajo pasó bastante rápido. Entre mis tareas, tuve que ir a comprar algunos alimentos que faltaban y picar los aliños. También organicé los condimentos y participé en la preparación de una sopa. El lugar se volvió ajetreado a eso de las ocho de la noche. Ya a las 10:00 pm, cuando me tocaba salir, los nervios me invadieron de nuevo. Me había vestido con mi jean más casual y llevaba una camisa roja que no resultaba tan favorecedora. Justo ese día me había dado por llevar mi ropa más ordinaria. Luego de arreglarme un poco, Salí del restaurante y me fijé en Alcántara que me esperaba afuera de su carro. También estaba vestido de forma casual y llevaba su cabello castaño algo despeinado. Sin embargo, se veía tan sensual como el día anterior, solo que más relajado. Al verme caminar hacia él, me sonrió y una vez cerca me dio un beso cálido en la mejilla. —¿Qué quieres hacer? —me preguntó tomándome por sorpresa. —Lo que tú quieras —respondí sin pensar y de forma relajada. Su sonrisa se amplió. —¿Estás segura? Me sonrojé de forma instantánea. —Eh… Pues sí, supongo. ¿Qué quieres hacer tú? Miro su reloj. —Pues, me agradaría conocer la ciudad. Sonreí complacida. Si me hubiese dicho algo típico como “Podemos ver una película en mi casa” o “Podemos tomar alguna bebida en mi casa”, probablemente habría accedido, pero el premio habría sido demasiado simple. Mientras pensaba en eso, me percaté de que como llevaba bastante tiempo sin acción, no me había preocupado por afeitar mi zona intima. Recé en mi interior para que a Alcántara no se le antojara pasar a segunda base. Si eso pasaba, iba a tener que rechazarlo y ¿Quién quería rechazar a aquel Adonis? Hombres como esos se presentaban muy poco en la vida de cualquier mortal. ¿Y si dejaba pasar mi oportunidad? ¡Jesucristo! Nos subimos a su carro y recorrimos las callas que tenían más movimiento en horas de la noche. Le iba comentando cuáles eran los bares más populares, qué música ponían en cada uno y dónde daban las mejores bebidas. —¿Qué edad tienes? —me preguntó concentrado en el manejo. —21 —respondí orgullosa. —Eres una niña —comentó con una mueca de preocupación. Bufé. —¿Quién lo dice? ¿Qué edad tienes tú a ver? Alcántara detuvo el auto en una calle que se veía desierta y se giró hacia mí para verme fijamente. —28. Cuando dijo aquello me emocioné de forma instantánea. La verdad tenía la idea de que era un poco más viejo, no porque lo pareciera, sino por todo lo que había logrado. ¿Ser el chef más reconocido del país? ¿Tan joven? Mi cuerpo se contrajo de una forma deliciosa cuando me percaté de que el me evaluaba en silencio. «Que dé el primer paso, que dé el primer paso», pensaba mientras me relamía los labios imaginando a qué sabría su boca. Carlos puso una mano en mi mejilla y se acercó a mí despacio. Nuestras respiraciones se aceleraron y podíamos notar el aliento del otro. —No puede existir relaciones entre los empleados —susurró de forma sensual saboreando cada palabra. —Nadie tiene que enterarse —respondí a mi vez acortando más nuestra distancia. —¿Estás segura? —preguntó tomando mi cara con ambas manos. Nos miramos unos segundos y asentí decidida. Estaba más que segura, no me importaba. Si en ese momento él me hubiese pedido mi alma o cualquier otra cosa, habría accedido con tal de que me tocara y me comiera con su boca. Carlos juntó nuestros labios despacio e ingresó su lengua en mi boca. Iba bastante lento, parecía que estaba pidiendo permiso antes de entrar en una casa. Le correspondí del mismo modo y nos probamos en silencio. Su boca sabía a menta y su saliva me resultaba fresca. Se sentía tan divino aquella sensación que estaba completamente lista para cualquier cosa. Dejándome llevar por el deseo con algunos movimientos torpes, me subí encima de él con su ayuda. Comencé a moverme despacio y sentí su erección bajo mi cuerpo. Carlos empezó a tocar mis pechos, mi trasero, mis piernas. No importaba la ropa, él se movía debajo de mí, para que lo sintiera con mayor fuerza. Un jadeo se escapó de mis labios y el me miró complacido. —Quiero que vayamos despacio —me dijo dándome un rápido beso en la boca. —Quiero disfrutarte por completo. Sentí que me mojaba. Si hubiese sido por mí, lo habría hecho en aquel mismo instante. Había dejado de importarme hasta que él notara los vellos de mi cuerpo. —Es primera vez que me dicen algo así —respondí contra su oreja. —No soy virgen por si las moscas. Él rió haciendo que yo también terminara riendo. —No es eso. Si quieres te lo hago ahora mismo, pero me gustaría contar con más tiempo para que ambos lo disfrutemos. Mañana tengo algunos pendientes. Asentí. —Yo también, tengo un aburrido almuerzo familiar. —¿Qué piensas del lunes? Podemos encontrarnos en algún lado o te busco en tu casa si quieres. Sonreí. —Eres extraño Alcántara. ¿Estás seguro de que no quieres hacerlo? —Marisela, deja de tentarme. Besé sus labios y me moví de nuevo encima de él. —Quiero que me cojas —susurré —no me importa que sea aquí y ahora. Solo hazlo. Y ahí estaba yo. Dejándome llevar por mis hormonas. ¿Cómo le decía a mi cuerpo que se aguantara hasta el lunes? Eso era imposible mientras tuviese a aquel hombre debajo de mí. Carlos movió el asiento del carro hacia atrás y se desabrochó el pantalón. —Tú lo has pedido. Y así, nos fundimos el uno con el otro en medio de la oscuridad. Me pasé al puesto de copiloto para quitarme el pantalón y la pantis y una vez él se hubo bajado su bóxer y su pantalón, pues se puso el preservativo y eso. Quisiera decir que fue cómodo y todo eso, pero tener sexo en un coche no era una tarea sencilla. Además, era arriesgada. Una vez ambos estuvimos listos, me subí encima de él y el resto fue pan comido. Carlos me penetró con fuerza y tomó mi cabello para intensificar su agarre. Yo por mi parte me moví encima de él sintiendo que tocaba el cielo. Su pene era proporcionado y en un inicio, resultó una tortura placentera, pero luego paso a ser mi perdición. No pasó mucho tiempo cuando sentí que llegaba al orgasmo, pero el continuaba en su tarea y se movía más rápido. Con una de sus manos, subió mi camisa y bajó mi sostén para dejar libre uno de mis senos. Se lo llevó a la boca con agilidad y en ese preciso momento tuve un orgasmo por segunda vez. Gemí con más fuerza y pasados unos segundos Carlos llegó conmigo. Y ahí, luego de dos deliciosos orgasmos, sudados y jadeando, me percaté de que podía enamorarme de aquel hombre. No sabía si era por el placer que me había causado, no sabía si era por su apariencia, pero Carlos sin duda, era para mí el hombre perfecto.        
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD